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LITERATURA ESPAÑOLA
Atmósfera familiar
Israel Prados
CRÍTICO LITERARIO
nº 149 · mayo 2009
José Luis Borau
EL AMIGO DE INVIERNO
Menoscuatro, Palencia - 270 pp. 16 €

El amigo de invierno se ha presentado, con feliz oportunidad, como corolario del reconocimiento profesional de José Luis Borau (miembro reciente de la Real Academia Española) y, por tanto, ostenta la impronta de una visión del mundo cuajada en el oficio y en la competencia (en el lenguaje cinematográfico, sobre todo), lo que no significa que se haya aprovechado esa mirada de autor como pretexto para reciclar materiales de derribo; de hecho, hasta los lectores que desconozcan la trayectoria cuentística del zaragozano –Camisa de once varas, Premio «Tigre Juan», y Navidad, horrible Navidad, ambos de 2003– podrán percibir en el volumen, compuesto por cinco cuentos y una nouvelle, la sensación de encontrarse ante una atmósfera familiar; tanto, que a veces se sobrepone a los intereses que la generan.

Esa impresión de familiaridad procede, por una parte, del fácil reconocimiento de los genes literarios que José Luis Borau comparte con sus coetáneos, los cuentistas del medio siglo. «El país de Arituyena», crónica de una juventud disoluta agostada en la posguerra, «amoR letoH», juego de perspectivas en torno a la iniciación sexual, o «El amigo de invierno», entrañable historia –la mejor del conjunto– de cómplices renuncias entre un yerno y su suegro, se hermanan con los cuentos de un Aldecoa o de un Fernández Santos no sólo por su ambientación histórica, sino también por el utillaje narrativo y por la calidez moral. Por otra parte, las señas de identidad literaria de Borau (la mirada sarcástica pero piadosa hacia sus criaturas o la comprensión de sus silencios) propician que esa coloración nostálgica contagie a los demás relatos, situados en épocas y lugares distintos, y otorguen una unidad de tono a todo el volumen.

Hubiera sido deseable, sin embargo, que la voz del autor no se filtrase con tanta evidencia (en forma de apuntes documentalistas o de expresiones de época) en el discurso de los narradores, pues en muchos momentos, en lugar de dar brillo, difumina los contrastes, como el sepia en las fotografías.


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