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LITERATURA HISPANOAMERICANA
Lápidas y corolarios
Max Gurian
ESCRITOR
nº 146 · febrero 2009
Horacio Castellanos Moya
TIRANA MEMORIA
Tusquets, Barcelona - 358 pp. 19 €

La vida errante de Horacio Castellanos Moya tiene un epicentro narrativo tan voluble como definido: El Salvador y sus alrededores. Amenazado de muerte tras la publicación de El asco (1997), una diatriba que desnudó sin recato la farsa de la ontología local, el escritor hondureño debió abandonar su patria adoptiva e iniciar una larga serie de exilios y mudanzas que se han plasmado en su obra como lentes nuevas con las que observar, a la distancia, los horrores del primer amor. Tirana memoria, su reciente novela, continúa este proyecto de indagación ficcional en torno a la historia de una región del globo que aúna centro y periferia en un istmo en permanente convulsión política.

En 1944, mientras en Europa se dirimen las suertes de la Segunda Guerra Mundial, en El Salvador se gesta una huelga que signará la caída del régimen totalitario del general Hernández Martínez, «un general con complejo de brujo» que abusa del poder desde diciembre de 1931. Símbolo y figuración del mal, el dictador nunca es identificado con su nombre en la novela; se le confiere, en cambio, un conjunto de apelativos –el presidente, el brujo nazi, el hombre– que insinúan la conflictiva equivalencia institucional de esos rótulos durante la década del 40. Tirana memoria, por ende, narra el proceso de desmitificación del general y su mandato, y, a la par, la metamorfosis política de una sociedad. El relato de tales acontecimientos privilegia la perspectiva femenina y queda, en gran medida, a cargo de Haydée, una señora de clase alta, devota de los cirios y las faenas domésticas a pesar de haberse casado con el intelectual comunista Pericles Aragón. El encarcelamiento de su marido y la huida de su hijo Clemen, partícipe en un fallido golpe de estado, harán que Haydée transforme la angustia y la espera en escritura, que consigne en su diario íntimo los avatares cotidianos de una comunidad en crisis y su propia mutación personal.

Castellanos Moya retoma aquí la saga de la familia Aragón, apuntalada en Desmoronamiento (2006) e iniciada en Donde no estén ustedes (2003), texto cuyas páginas finales nos ofrecían una máxima (y un título) que tensa toda su producción: «La memoria es una tirana implacable». La arbitrariedad de los recuerdos y de los olvidos, sus insistencias escandalosas, confronta a los personajes con la propia genealogía en un acto de revisionismo forzoso que liga el registro del inconsciente con la lógica suspicaz del enfrentamiento político. Tirana memoria entrelaza la lucha por el Estado con el devenir de un linaje de hacendados y militares para quienes el destino de la patria, según la típica fórmula oligarca, es un asunto de familia, una imposición que no admite desertores y que juzga todo gesto contestatario como alta traición. En efecto, un epígrafe de Elias Canetti advierte al lector que los hombres perciben el legado de los muertos como «una exigencia que les abruma», un resto cuantioso que «se resiste a extinguirse». El mismo Castellanos Moya, en un ensayo reciente, definió la política como un precepto heredado, «una maldición que me marcó desde siempre». Sus textos, de hecho, exhiben esa marca maldita; son lápidas y corolarios, testamentos con instrucciones que los personajes desoyen o repudian –en apego a la noción de hamartia de la poética clásica–, oráculos que buscan intérpretes y experiencias que desmientan sus augurios.

En estas páginas, sin embargo, el sino de los hombres es absuelto e historizado por las mujeres. La novela propone un contrapunto de géneros que tiene un correlato formal al intercalar las entradas del diario de Haydée con los diálogos que mantienen Clemen y su primo Jimmy mientras intentan abandonar el país. Rebautizados Justo y Tino, los prófugos conforman una pareja dispareja que encarna posiciones antitéticas, ambas inútiles a la hora de concretar el objetivo común de derrocar al tirano. El desfile de disfraces que éstos adoptan durante su escape le permite a Castellanos Moya rescatar el repertorio humorístico del slapstick y convertir al dúo en una adaptación salvadoreña de Stan Laurel y Oliver Hardy.

Ante el fracaso de los hombres, Haydée escribe. Esta práctica, concebida como una nueva adolescencia, modifica sus límites y prioridades. Haydée asiste, testigo de sí misma, a las consecuencias inesperadas de esa escritura: una toma de conciencia social y, más aún, una acción concreta de resistencia y organización política. La asunción de la palabra no se circunscribe al ámbito privado ni al papel. La circulación oral de la información responde a un modo discursivo propio de la sociabilidad femenina: el chisme. Palabra pública y clandestina, el chisme logra sortear, de boca en boca, la censura del régimen. Los rumores y el secreteo, esas tretas del débil, se tornan revolucionarios. Un amigo de los Aragón sintetiza así el rol genético de las mujeres en la familia: «El viejo Pericles aseguraba que la rebeldía le venía de lejos, que su rencor era herencia materna».

La decepción y la violencia tiñen el universo de Castellanos Moya y se evidencian en los cuerpos y en las voces de sus personajes, arrasados unos por el cáncer, la cirrosis o el suicidio; las últimas, incontinentes y posesas. En Tirana memoria, no obstante, se extrañan esas entonaciones rabiosas que el escritor supo concertar en otros textos. Atrapadas en una letanía paranoica, esas «voces crispadas», como las designa el crítico Ezequiel de Rosso, dan rienda suelta a la histeria nacionalista o a su reverso gemelo, el rechazo exaltado de la propia cultura, provocando la incomodidad del lector biempensante. ¿Cómo sobrevivir en una Centroamérica empobrecida y paramilitarizada, a sus discursos de exclusión? La literatura de Castellanos Moya es esta pregunta intensa, una catarsis que se busca y nunca adviene.


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