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LITERATURAS
Bric-à-brac
Andrés Ibáñez
nº 91-92 · julio-agosto 2004
WALLACE STEVENS
De la simple existencia. Antología poética
Ed. y trad. de Andrés Sánchez Robayna
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona - 270 págs. 18,75 €

«¡Tú escribes sobre temas!», le dice Wallace Stevens a Robert Frost. Y Frost replica: «¡Tú escribes sobre bric-à-brac!» (bric-àbrac : fruslerías, baratijas). Al aparecer su siguiente libro, Stevens se lo envía a Frost con la siguiente dedicatoria: «Un poco más de bric-àbrac ». Lo cuenta Robert Frost en la entrevista de The Paris Review, verano-otoño de 1960. Y Frost comenta: «Se lo tomó con buen humor». Las traducciones de poesía nos desilusionan siempre como las fotos que hicimos en el trópico: falta el calor tórrido, el hedor, los perfumes, la humedad, los sonidos recalcitrantes. A pesar de todo, seguimos haciendo, publicando y leyendo con avidez traducciones de poesía. Ezra Pound afirma que hay tres componentes en la poesía: el conceptual, el visual y el musical, de los cuales el último es imposible de traducir, el segundo se puede traducir con relativa fidelidad y el primero es fácilmente traducible. Desde este punto de vista, un poeta será más o menos traducible según sea más o menos conceptual, visual o musical. A Pound se le olvidó advertir que en el poema la música, la imagen y el «concepto», si es que hemos de llamarlo así, forman un continuum y una unidad inseparable. A pesar de todo, es posible que sea cierto que hay poetas que no desaparecen del todo en la traducción, y es muy posible que Wallace Stevens sea, felizmente para todos, uno de estos poetas. El volumen que tenemos entre manos no es realmente una traducción de poemas de Wallace Stevens, es algo más: es el encuentro de dos poetas o, si me lo permiten, el encuentro no casual del paraguas Stevens y la máquina de coser Sánchez Robayna sobre la mesa de traducciones. Por esa misma razón también, Sánchez Robayna no intenta una selección representativa de los «mejores poemas» de Wallace Stevens, sino que traduce lo que más le gusta, sin dejarse llevar por otro criterio, me parece, que el placer sensual y puramente individual del lector «reclinado allí y leyendo hasta altas horas». El problema de la traducción de la poesía es, en cierto modo, el mismo que el de la poesía en sí. ¿Por qué Sánchez Robayna traduce «The day was green» por «El día era azul»? ¿Por qué traduce la palabra «green» por «azul»? Podemos suponer, si tenemos poca imaginación, que Sánchez Robayna ignora que «green» significa «verde» en inglés o que se trata de un duende de imprenta, o bien suponer, con mejor sentido común, que se trata de una decisión del traductor-poeta o del poeta-traductor, una decisión tan desafiante que casi podría convertirse en una declaración de intenciones cuyo primer punto, o quizá cuyo único punto, sería que traducir un poema es escribirlo de nuevo. Traducir poesía implica una negociación constante entre los representantes de tres partidos enormemente antagónicos: el del sentido, el de la música y el de la imagen (teniendo en cuenta, además, que la música modifica el sentido, que el sentido modifica la imagen, que la imagen tiene su propio sentido, que el sentido tiene su propia música, etc.). Estas negociaciones, como es lógico, han de terminar siempre en compromisos en los que todos tienen que ceder un poco a fin de lograr un acuerdo. Tres ejemplos, los dos primeros de «Té en el palacio de Hoon», de Armonio. Primer ejemplo. En inglés dice «Idescended the western day», y en español «yo... bajase por el final del día». En este caso, el traductor no traduce, sino que interpreta, y al interpretar, reduce un abanico entero de posibilidades a una sola lámina de madera. «Western day», «día occidental».


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