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HISTORIA
Los catalanes y la política española
Rafael Núñez Florencio
nº 4 · abril 1997
J. A. VACA DE OSMA
Los catalanes en la historia de España
Biblioteca Nueva, Madrid, 1996 -

J. M. AINAUD DE LASARTE
Ministros catalanes en Madrid
Planeta, Barcelona, 1996 -

Paradojas del juego político: cuando menos se esperaba, el bipartidismo imperfecto y las reglas del sistema –la ley d'Hont y la aritmética parlamentaria– han puesto nuevamente sobre el tapete la cuestión de la «participación catalana en el gobierno de Madrid». Tema reiterada (y por tanto sospechosamente) mal planteado, no ya sólo por la cuestión formal de reducir el gobierno de la nación a su emplazamiento urbano, sino sobre todo por el abuso –inversamente proporcional a lo anterior– de confundir el gentilicio (los catalanes) con lo que es simplemente un partido (la minoría mayoritaria dentro de su territorio autónomo). Pero, en fin, no es éste el lugar más adecuado para deslizarnos por los arcanos de la retórica nacionalista. En cualquier caso, como es bien sabido, el tema no es nuevo, e incluso puede decirse que en su vertiente más elaborada desemboca en preocupaciones clásicas, casi recurrentes, como el proceso de unificación y la posterior vertebración de España. Algunos análisis históricos insoslayables se han escrito sobre el particular en las últimas décadas: baste citar obras y autores de la talla de J. H. Elliot –La rebelión de los catalanes: un estudio sobre la decadencia de España (15981640)– y P. Vilar –Cataluña en la España moderna: investigaciones sobre los fundamentos económicos de las estructuras nacionales–. Desde una perspectiva más cercana a lo que aquí comentamos puede mencionarse la monumental obra de Jesús Pabón dedicada a Cambó, un tipo de análisis fructífero que se prolonga hasta nuestros días (Borja de Riquer: L'últim Cambó (1936-1947): la dreta catalanista davant la guerra civil i el primer franquisme). Los libros que motivan esta nota se mueven, como el lector atento sospechará, a un nivel más modesto: no aspiran tanto a la novedad u originalidad cuanto a la divulgación, situándose por tanto a la altura de un público no especialmente versado en estas lides. En este sentido puede ya adelantarse que cumplen sobradamente su cometido. Vaca de Osma, ilustre diplomático, «historiador por vocación», traza una templada, medida y bienintencionada interpretación de la aportación catalana a la construcción histórica de España, respetuosa por un lado con la óptica del nacionalismo catalán, pero defensora por otro del componente integrador (reconocimiento del «hecho diferencial» catalán en el conjunto de la nación española). Historia tradicional, en sentido casi exclusivamente político, escrita desde el sentido común, con el expreso deseo de aunar voluntades en una empresa común que concierne a todos los españoles. A veces sin embargo las buenas intenciones son insuficientes, no ya por algunas inexactitudes o imprecisiones que pudieran atribuirse al esquematismo o a la voluntad de síntesis, sino por determinadas interpretaciones ideológicas –en su sentido más peyorativo– que afectan desde los «orígenes históricos de Cataluña» antes incluso del surgimiento de Hispania (suficiente para erizar el cabello a cualquier historiador riguroso) hasta una versión pintoresca –por decirlo suavemente– de la guerra civil. Ainaud de Lasarte, historiador, abogado y político convergente, ya nos había ofrecido un adelanto en forma de artículo del mismo asunto que aquí aborda («Ministros catalanes en Madrid», en X. Vidal-Folch (ed.): Los catalanes y el poder, 1994). Su obra es amena, está escrita con desenfado e innegable agilidad, de modo que consigue básicamente su objetivo de simple introducción al tema. Pero es mucho más discutible la pretensión de fondo de la obra. El libro pretende justificarse como intento de llenar parcialmente un hueco historiográfico que el autor considera importante y hasta sorprendente: la ausencia de una visión global de la contribución de los catalanes a los gobiernos de España. Pero esa participación se entiende por una parte desde la óptica deformante del nacionalismo –Ainaud pretende conocer a «quienes habían representado a Cataluña (?) en la política española» durante dos siglos–, y por otro lado en un sentido muy restrictivo –las personas concretas, es decir los catalanes con nombre y apellidos, que se sentaron alguna vez en los sillones del Consejo de Ministros–. Pero ¿qué mínimo común denominador tienen Alòs de Mora –ministro bajo Fernando VII–, el general Prim, Víctor Concas, Federica Montseny, López Rodó y Narcís Serra, por citar sólo a vuelapluma? Ninguno de esos personajes llegaron al gobierno por ni para representar a Cataluña, ni lucharon en defensa de ésta, sino de sus ideas o sus partidos. No está de más recordar estas obviedades, pues de la repetición de tales manipulaciones se nutre incansablemente la mitología nacionalista.


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