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CLÁSICOS
De los peligros que acechan a los antiguos filósofos
Carlos García Gual
nº 67-68 · julio-agosto 2002
LUCIANO CANFORA
Una profesión peligrosa
Trad. de Edgardo Dobry
Anagrama, Barcelona - 208 págs. 11,54 €

Ciertamente el profesor Canfora goza de merecido prestigio como historiador del mundo antiguo. Ha escrito numerosos ensayos y varios libros, y algunos están traducidos al castellano hace poco. Por ejemplo, Ideologías de los estudios clásicos, La biblioteca desaparecida, y Julio César: un dictador democrático. Es un reconocido profesional de la historiografía antigua con ideas propias, ideología marxista, una extensa bibliografía y un ágil estilo narrativo. Sus obras han conseguido una notoria y amplia difusión, favorecida por estas cualidades.

Éste, recién traducido y editado en Anagrama, reúne media docena de ensayos sobre unos cuantos filósofos antiguos y sus conflictos con el poder y la política de su entorno. El título español del libro (Una profesión peligrosa) recoge el de su último ensayo, referido al feroz linchamiento, a manos de una turba de cristianos fanáticos, de la filósofa platónica Hipatia en Alejandría, en 415 d.C. Pero resulta, en mi opinión, muy exagerado referirlo a todo el libroEl «título de la edición original», según la contraportada, es Anleitungen zum Umgang mit Klassikern («Instrucciones para el paseo con los clásicos»). Pero, si la traducción está hecha del alemán, ¿cómo explicar ciertos errores de nombres propios, que parecen provenir de calcos del italiano? Por ejemplo: «Ermarco » (Hermarco), «Alicarnaso» (Halicarnaso), «Demetra» (Deméter), «Antalcida» (Antálcidas), «Demade» (Démades), «Serápide» (Serapis), etc., y mucho más desajustado parece el subtítulo de «La vida cotidiana de los filósofos griegos», añadido en esta edición. Porque los peligros de la filosofía como profesión se manifestaron sólo en muy contados casos: en estos que aquí se examinan, y algún otro en época romana que, en efecto, podría añadírseles. La condena de Sócrates, el destierro de Jenofonte, la venta de Platón como esclavo, los apuros de Aristóteles, las desdichas de Lucrecio y, en fin, la muerte de la docta Hipatia, parecen evidenciar los conflictos de los filósofos con las presiones políticas de su tiempo. Pero, miradas más de cerca, las divergencias de esos conflictos saltan pronto a la vista: Sócrates fue condenado por un tribunal popular en la democracia ateniense; Platón fue esclavizado y vendido por un tirano de Sicilia (pero no tuvo ningún problema en su Atenas patria); es dudoso que Jenofonte fuera considerado un filósofo serio o de profesión (aunque a él le gustaba verse como tal); los disgustos de Aristóteles fueron debidos no a su modo de pensar, sino a su condición de meteco filomacedonio; y las desdichas de Lucrecio son meras suposiciones. En fin, si a Hipatia la asesinaron bestialmente unos monjes enfurecidos en Alejandría, hay que reconocer que los buenos tiempos de la Filosofía antigua habían quedado muy atrás y la atmósfera cristiana de la época no propiciaba la libertad intelectual. Es decir, para entonces, en efecto, el de filósofo era un oficio peligroso, además de un tanto anacrónico. El título queda bien, pues, referido sólo a este último ejemplo.

Los seis casos estudiados tienen en común el hecho de reclamar la atención a los apuros de algunos famosos pensadores y los poderes de su tiempo. Es un mérito de Canfora subrayar que los filósofos habitan en un determinado contexto social, y no en un mundo abstracto de puras ideas, como a veces insinúan los manuales de filosofía. Como ciudadanos pueden atraer la inquina de sus vecinos o verse sometidos a la censura de los poderosos. Dicho esto, creo que exagera un tanto en su suspicacia, y que Voltaire tenía razón cuando elogiaba la tolerancia intelectual de la antigua Atenas. Como el libro de Canfora está destinado a un público muy amplio, suele simplificar bastante, con algún texto citado de por medio, cuando a él le interesa agudizar su punto de vista. Esto sucede, por ejemplo, al tratar de la famosa muerte de Sócrates, un caso trágico, como dijo Hegel, visto de modo demasiado simplista. O con la supuesta implicación de Aristóteles en la repentina muerte de Alejandro en Babilonia. (Si ya es muy dudoso el envenenamiento de Alejandro por Antípatro, la supuesta implicación de Aristóteles en esa maliciosa conjura carece de todo crédito, aunque algún texto antiguo la apunte.) En torno a esa muerte hubo desde muy pronto demasiados chismorreos interesados, y eso sí es un dato irrefutable.

El estilo de Canfora tiende a sacar excesiva punta a ciertos textos citados un tanto al sesgo. Este hábito que puede facilitar la lectura lleva a sugerir interpretaciones excesivas o simplistas. Daré unos pocos ejemplos de un método poco atento a la precisión filológica.

En las páginas 11-12, escribe: «esta memorable noche y madrugada de la primavera de 416, serena y licenciosa, que Platón recoge minuciosamente en El banquete no debe llevar a engaño. Aquel era el estilo de los "grandes" de la ciudad y su séquito de intelectuales; del que, como es obvio, Sócrates formaba parte». En todo lo que sigue, trata esa reunión «de tanta gente guapa» como un hecho real que Platón retratara como testigo y casi como taquígrafo. Pero, como es bien sabido, Platón en 416 tenía sólo catorce o quince años y probablemente no conocía todavía a Sócrates. Cuando escribió su famoso diálogo, hacia 380 a.C., es decir, treinta y cinco años después, Platón se inventó la reunión y sus comensales de acuerdo con sus propias ideas sobre ellos, y sobre Alcibíades, por supuesto. (La presenta, para marcar distancias, como el relato referido antaño por Aristodemo a Apolodoro, quien a su vez nos lo refiere.) En la página 26: Platón lo dice claramente en la Carta séptima: «lo hicieron comparecer [a Sócrates] por ateísmo»... «En cualquier caso, "ateísmo" era una palabra enorme».En la carta VII no se habla de «ateísmo», sino de «impiedad», es decir, asébeia. Que no es lo mismo.

El capítulo sobre Platón, en la página 55, comienza con una afirmación: «Platón era al menos una decena de años más joven que Jenofonte. Éste, siendo aún muy joven, fue salvado en Delion (424) por su maestro, de lo cual se deduce que Jenofonte tenía por entonces al menos veinte años». Tan rotundo aserto se basa sólo en un pasaje de Diógenes Laercio que todos los comentaristas consideran un error del tardío erudito del siglo III d.C. Según el consenso general, Jenofonte era casi coetáneo de Platón y en 424 tenía tres o cuatro años. (A quien sí salvó Sócrates en la batalla fue a Alcibíades, como éste cuenta en El banquete.) Tratando del Teeteto, se dice: «Las letras, cuya invención ha sido adjudicada, poco antes en este mismo diálogo, al dios egipcio Thot...». Pero esa invención se cuenta, como es notorio, en el Fedro.

En la página 103 escribe: «Aristipo cuenta —con la intención evidente de dar una pésima imagen del filósofo, y a partir de fuentes dudosas— que la mujer de la que Aristóteles se enamoró y con la que más tarde se casaría, era en realidad una de las concubinas de Hermias...». Las fuentes de la noticia (que da Diógenes Laercio en V, 3) no sólo eran dudosas, sino que atribuyen a Aristipo un cotilleo casi profético, ya que Aristipo murió hacia 350 a.C. cuando todavía Aristóteles estaba en la Academia de Platón (Canfora no cree la calumnia, pero la cuenta para colorear el relato).

En la página 38, la cita de Epicuro no procede de la Carta a Meneceo, sino de la dirigida a Heródoto, como bien indica su tema de Física. En la página 159 se lee: «El sabio —sostenía Epicuro— “tendrá una doctrina segura y no entrará en la duda”. Afirmación muy poco amable que denota la íntima sospecha, por parte del maestro, de no haber limpiado del todo su doctrina de faltas e incoherencias». La cita no alude a eso; en ella se resume la oposición al escepticismo, contra el que Epicuro siempre estuvo en guardia (como han estudiado Gigante y otros). Por otro lado, la traducción de la frase (de DLX, 121) no es nada precisa: dogmatiéin kaì ouk aporésein quiere decir: «el sabio tendrá principios de creencias y no será escéptico ». Ya en su añeja versión de la colección Loeb, Hicks la traduce así: «He will be a dogmatist but not a mere sceptic». Ese antiescepticismo es importante para ver mejor lo que se dice luego.

En la página 162 se dice: «Epicuro no hizo investigaciones de física ni de geometría...». Bueno, si tenemos en cuenta que la Física de Epicuro tenía nada menos que treinta y siete libros y que entre sus obras había algunas más sobre temas de Física (véase la lista de Diógenes Laercio), parece que sí investigó, y muy a fondo, al respecto. Los fragmentos papiráceos de Herculano de esos libros son numerosos y muestran, con su lenguaje técnico, hasta qué punto el filósofo del Jardín se interesó por investigar la naturaleza de las cosas. Lo que Canfora dice al respecto muestra su desconocimiento de los textos y de la bibliografía reciente sobre Epicuro.

Pero no quiero alargar más estas notas sobre noticias inexactas, sino referirme muy brevemente a la facilidad de inferir de los escuetos datos conocidos mucho más de lo que esos datos dicen. Así, por ejemplo, en la página 52 se habla de la supuesta enemistad de Platón y Jenofonte, apoyando esa inquina en el diverso tratamiento de la figura de Menón, en la Anábasis de un lado y en el diálogo Menón de otro. Después de subrayar «el encarnizamiento de Jenofonte al trazar un perfil no sólo negativo sino incluso repugnante de Menón», cuenta que Platón en su Menón «hace un retrato sumamente favorable. En ese diálogo Menón aparece exento de los defectos que Platón atribuye a los sofistas; al final de la obra se dirige a un Sócrates cada vez más amistoso con el tono que hubiera podido utilizar uno de sus discípulos». Ahora bien, si examinamos la oposición de los retratos presentados por Platón y por Jenofonte, no vemos la razón de que no puedan ser ambos verídicos. Jenofonte conoció a este personaje cuando, en su condición de mercenario y en angustiosas circunstancias, se reveló como un traidor para con sus compañeros. Concedamos que tenía sus buenas razones Jenofonte al presentarlo así. Pero Platón, que escribe años después de la muerte de Menón, y quiere recordarlo o imaginarlo tal como era de joven, cuando se topó con Sócrates e intentaba saber qué era la verdadera excelencia, la areté, la virtud en sentido antiguo, lo retrata como bien resume Guthrie: «Menón es un rico aristócrata de Tesalia, joven, apuesto, vanidoso y arrogante, como muestra el diálogo» (HFG, IV, 232). Desde luego, «aparece exento de los defectos de los sofistas». La razón es que no era ni quiso ser nunca un sofista. Era sólo un joven ambicioso que quería saber qué era la areté y que, como otros de carácter parecido, se acercó a Sócrates. Luego, sin saber qué era la areté, vino a ser ese aventurero turbio abocado a la catástrofe que pinta Jenofonte. Platón sabía, sin duda, cómo se había malogrado el impetuoso joven tesalio, como sabía qué funesto había resultado para Atenas el brioso Alcibíades, tan simpático en El banquete. Pero no veo que la diversa imagen que de Menón —en dos momentos tan distintos— dan los dos escritores pruebe su antagonismo ideológico. Otro punto que valdría la pena precisar, creo, es la oposición entre la imagen de Ciro el Grande que dan uno y otro: Jenofonte en la Ciropedia, y Platón en un pasaje de las Leyes (aquí, en la pág. 51). Este es un tema muy amplio en el que no voy a extenderme aquí; pero creo que debería recordarse que Jenofonte forma su figura ideal de ese rey persa a partir de otro socrático, Antístenes, que lo idealizara antes, y no tiene muchas pretensiones de historiador con esa imagen.

Pero es hora de concluir. Me he alargado en la anotación de algunas inexactitudes puntuales porque creo que el estilo brillante y rápido de Canfora, visto como «riguroso helenista », deja bastante que desear, y simplifica en exceso al escribir para el gran público. Lo cual no resta interés a la mayoría de sus enfoques, que son estimulantes, ni a su perspectiva de conjunto sobre la relación entre la tensión política, el contexto histórico y el pensamiento filosófico. Sólo he querido apuntar ciertas cautelas en puntos muy discutibles. Y recordar que uno de los peligros que acechan a los antiguos filósofos es verse simplificados por algunos historiadores de estilo brillante.

Carlos García Gual es catedrático de Filología Griega en la Universidad Complutense de Madrid. 


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