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LITERATURAS
Amy Tan
Isabel Durán Giménez-Rico
nº 2 · febrero 1997
Amy Tan
Los cien sentidos secretos
Trad. de Jordi Fibla
Tusquets, Barcelona, 1996 - 386 págs.

La veintena de años que separan el primer éxito editorial de una escritora chinoamericana, La mujer guerrera (Maxine Hong Kingston, 1976) y la última novela de Amy Tam, Los cien sentidos secretos, son palpables en cómo abordan las dos autoras el tema de la integración de la minoría china en una cultura extranjera. Si Kingston revelaba la pobreza de los barrios chinos en California, el racismo endémico, los traumas de aculturización en un ambiente hostil, y su propio intento de alterar las jerarquías sexistas, la también californiana Amy Tan ha creado a una protagonista absolutamente «multicultural» (su padre chino, su madre americana, su padrastro italoamericano y su marido, mitad hawaiano-chino, mitad anglosajón, son parte del melting pot al que ellos llaman «parrillada americana mixta»). Olivia vive en un San Francisco moderno y cosmopolita, es ambivalente o casi escéptica sobre los aspectos místicos de su herencia china, está separada y a punto de divorciarse de Simon, su marido y socio en una agencia de publicidad, se graduó en Berkeley, consumió drogas en su juventud mientras hablaba del mestizaje como única respuesta al racismo, y es ahora una yuppie establecida y algo neurótica, con una preciosa casa a las afueras de la ciudad y un perrito llamado Bubba, cuya custodia comparte con su ex marido. Pero, siguiendo la técnica ya utilizada en sus dos anteriores novelas, El club de la buena estrella (1989) y La esposa del dios del fuego (1991), Tan yuxtapone a Olivia, esta narradora egoísta, escéptica, lógica y racional, con la otra narradora, Kwan, la hermanastra llegada de China que «tiene ojos Yin», que transciende lo racional, que cree en los fantasmas, en el amor incondicional, en la inocencia simple que no prejuzga. Y sus dos voces que constantemente se entrecruzan sirven, a la vez, para mostrar el vacío cultural y religioso entre América y China, la crisis generacional entre madres e hijas, o la conexión entre pasado y presente, entre locura y cordura, entre fábula y realidad.

Olivia se encarga de narrar la «parte americana», mientras que Kwan toma la palabra a modo de cuentacuentos cuando, de niñas, obsequiaba a su hermana pequeña con relatos sobre su otra vida en China en el siglo XIX , anterior a su actual reencarnación. Son tan mágicos y misteriosos sus relatos que acabarán llevándola a un hospital psiquiátrico durante una temporada. A medida que la historia progresa, Tan entrelaza el mundo contemporáneo y urbano de Olivia con el ancestral y rural del pueblo de Kwan, cuando las dos hermanas y Simon viajan juntos a China. Y es a partir de este viaje iniciático cuando el lector empieza a percibir que no se trata de un relato sobre mitos, leyendas o supersticiones chinas, sino que la novela de Tan adquiere la grandeza y la universalidad de las grandes novelas clásicas americanas. Porque es una novela de búsqueda; porque es una novela de conversión; porque nos invita a valorar la vida sencilla y a ver el milagro en lo cotidiano; porque el lector, como Olivia, cierra el libro creyendo en la existencia de esos «cien sentidos secretos» que todos poseemos pero que nos negamos a utilizar; porque, en definitiva, es una novela sobre el amor, la fe y la muerte que, una vez más, nos recuerda que «la verdad no radica en la lógica sino en la esperanza».


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