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LITERATURA ESPAÑOLA
Montaña y memoria
Sergi Doria
CRÍTICO LITERARIO
nº 136 · abril 2008
María Barbal
País íntimo
Destino, Barcelona - 382 pp. 20,50 €

María Barbal (Tremp, 1949) vivió su infancia y adolescencia en la comarca del Pallars. En aquellos parajes, de masías desvencijadas e iglesias románicas, inventariaba con su padre las eti­mo­lo­gías y topónimos de la Guerra Civil, especialmente violenta en aquella comarca. La circunstancia geográfica es pertinente para abordar País íntimo. Publicada en catalán en 2005, condensa un corpus temático que alcanzó la cima en Pedra de tartera (1985): guerra, montaña, demonios familiares, éxodo y de­sarrai­go urbano.

En País íntimo, Barbal novela la experiencia de su generación. La protagoniza Rita Albera, una hija enfrentada a una madre. Cada accidente biográfico provoca la ­reacción de esa mujer madura que conserva en su memoria dolorida la ejecución del abuelo, en noviembre de 1938, por los franquistas. Una madre que dispensa epítetos descalificadores que Rita incluye en el memorial de agravios: «Me llamas melindrosa, lloramigas, quejica, zángana, metomentodo, malasombra, escarola o calamidad, incluso charrana, arrastrada. Pero ignorante, lerda, jamás de los jamases. Tú fuiste pocos años al colegio, yo lo hago desde los tres años». La confrontación maternofilial se revela más despiadada que la de padres e hijos. La artillería femenina abarca una mayor amplitud de matices, una crueldad que supera las trifulcas masculinas, enfocadas a valores machistas, como la virilidad o la valentía. Madre e hija transmiten elevadas dosis de ansiedad y estrategias de dominio. La primera, para ostentar una jerarquía que la consuele de los azotes de esa guerra que la dejó seca y malherida; la segunda, para liberarse de esa férula traumatizante. Ambas defienden «países íntimos», gestos y frases que, al evolucionar sus vidas, confluirán en responsabilidades comunes. De la huida, al reencuentro. De la controversia, a la comprensión.

Alejada de los paisajes originarios, Rita aprehenderá ese «país íntimo» materno antes vedado: fusilamientos, antepasados que combatieron y se amaron desde bandos opuestos... Momentos sepultados en el glaciar del silencio colectivo. Egoísmo de la tristeza porque «la pena no se reparte». En su ascensión a la montaña de la memoria, Barbal elude el sectarismo y asume la complejidad de la circunstancia personal; pero su novela deja una sensación de déjà-vu, un encasillamiento en los personajes, una redundancia temática de la que la autora ilerdense no consigue escapar.

 


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