Rdl
Mostrar imágenes
Artículo
LITERATURA ESPAÑOLA
La voz del personaje
Santos Alonso
Profesor de teoría de la literatura en la universidad
nº 124 · abril 2007
Fernando Quiñones
Los ojos del tiempo. Culpable o el ala de la sombra
Alianza, Madrid - 232 pp. 15,50 €

El escritor gaditano Fernando Quiñones murió en 1998, a los sesenta y ocho años, después de haber publicado una amplia obra narrativa, poética y ensayística. Las dos novelas cortas que comentamos son, al parecer, las últimas obras que dejó terminadas –o casi terminadas– en vida, como demuestra su editora Nieves Vázquez Recio en las anotaciones a los dos textos. Dichas anotaciones reflejan no sólo la elaboración literaria de las historias, sino también el proceso de creación y corrección de la escritura tal y como fue depurándola el autor en su manuscrito.

Ambas novelas comparten idénticos principios técnicos y literarios y parecidas formas discursivas. Quiñones, como ya había hecho en algunas de sus obras más conocidas, por ejemplo, Las mil noches de Hortensia Romero (1979), utiliza el recurso contemporáneo de ocultar al narrador en favor del personaje que, convertido en narrador por delegación, cuenta su historia desde un punto de vista confidencial.

En la primera, Los ojos del tiempo, con una estructura similar a la de la novela citada, deja al protagonista, un tal Nono, enhebrar su historia (hablar «de lo demás, de las cosas mías»: cosas que siempre quedan entreveladas para el lector) por medio de una confesión que un narrador inicial, como si fuera un periodista paciente y curioso, va trasladando en forma de dietario a su libreta o a su grabadora. De esta historia se deduce, o puede deducirse, una reflexión sobre el paso del tiempo o, también, una mirada sobre los

aspectos de la vida que importan a la gente y que el tiempo va transformando ine­xo­ra­ble­mente.
Pero lo más destacado del relato es quizá su modalidad narrativa basada en el discurso del personaje. En primer lugar, el novelista recurre a la figura que en alguna corriente teórica se conoce como narratario, ese personaje que se convierte en narrador reflejo ante otro personaje que actúa de destinatario del relato. Por otra parte, Nono, como hiciera Hortensia Romero, se recrea en consideraciones que atañen a la gente, a la ciudad de Cádiz, a las minucias cotidianas que van forjando la existencia; pero lo hace con un lenguaje que pretende estilizar el registro coloquial y popular, aspecto que, es conveniente decirlo, siempre fue muy del gusto de Fernando Quiñones.

En la segunda, Culpable o El ala de la sombra, también es el personaje quien conduce la narración. Ahora bien, ya no se trata de un discurso hablado, reflejo estilizado de la lengua coloquial, sino, salvo unos escasísimos momentos dialogados, de un discurso de pensamiento que casi podría identificarse con el monólogo interior; tampoco se trata de un relato de «sus cosas», sino del recorrido mental por su conflicto personal. Damián Oguiza, conocido político y alto funcionario, está detenido por su supuesta implicación en la muerte de un joven. A partir de ahí, la novela fluye por el monólogo con el fin de hilvanar los sentimientos y convicciones del personaje, de reconstruir su dialéctica interior, su memoria y sus desasosiegos para hurgar en el sentido posible de la inocencia o de la culpa.

Este legado póstumo de Fernando Quiñones no añade, por tanto, nada nuevo a su valoración como escritor ni descubre algo distinto a lo ya ofrecido por el conjunto de su obra anterior. El lector vuelve a encontrarse, sin duda, ante un autor estimable (a pesar de algunas incorrecciones, como el uso de «contra menos» y «contra más» en lugar de «cuanto menos» y «cuanto más», pp. 169 y 191), amante del género narrativo corto y fascinado por el lenguaje coloquial, pero no –creemos– ante unos títulos que perdurarán en el tiempo. 


rdl