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POESÍA
Clasicismo popular
Eduardo Moga
ESCRITOR Y CRÍTICO LITERARIO
nº 119 · noviembre 2006
Antonio Pereira
METEOROS. POESÍA, 1962-2006
Calambur, Madrid - 374 pp. 20 €

En sus tres primeros libros, publicados en el breve lapso de un lustro (El regreso, de 1964; Del montey los caminos, de 1966; y Cancionero de Sagres, de 1969), más las piezas inéditas incluidas en la antología Contar y seguir, de 1972, Antonio Pereira (Villafranca del Bierzo, 1923) se acredita como un poeta social, por más que, incomprensiblemente, no aparezca en la canónica Poesía social, de Leopoldo de Luis. Sus versos son versos pegados al suelo, en el sentido más literal de la expresión: cantan a la tierra y a sus moradores; ensalzan la vida sudorosa de las gentes de pueblo, o la gélida y gris de los vecinos de cualquier villa de provincias. El proyecto tópico horaciano de la alabanza de aldea impregna estos poemas noblemente rurales. El poeta, embarcado en el viaje de la vida, recorre los caminos mundanos, pero halla raíz y refugio en la ciudad; y, ya intramuros, en la casa y la familia. La protesta de Pereira, que denuncia la pobreza y la emigración, y que adquiere, aquí y allá, someros tintes políticos, se ve desmentida por un sustancial acuerdo con la realidad. Sus versos, de perfiles guillenianos, son celebratorios: antes cántico y exaltación que lamento existencial. En realidad, se trata de una poesía arraigada: una poesía que, frente a la exasperación de otras propuestas –los hervores surreales de Álvarez Ortega o la afilada aridez de Blues castellano, de su coterráneo Gamoneda–, proclama que el mundo está bien hecho.A ello contribuye la fe del poeta: Pereira cree en Dios, y convoca a Dios en sus poemas. En «Los míos», de El regreso, por ejemplo, el Creador bendice con su mirada, «desde lo alto», a una familia unida por el amor. Pereira escudriña asimismo los objetos cotidianos, las cosas nimias, para formular sus serenos alegatos. Cobran éstos, entonces, una dimensión intrahistórica, como quería Unamuno: describen los sucesos minúsculos que tejen el devenir de las personas y, por extensión, de las naciones.Algunos funcionan; otros empalagan, como «Del libro de la madre», de Situaciones de ánimo, en el que se poetiza la confitura de membrillo –«dulce carne, suavidad de rosa»–, hecha por las amorosas manos de la madre para el hijo marinero. El poeta no descuida cantar los grandes progresos de la técnica –el tren, el avión– desde los ojos de sus labriegos o de sus oficinistas, pasmados de doliente admiración, pero sus proclamas nada tienen que ver con el furor eléctrico de Marinetti: son más bien el lamento por un futuro inalcanzable, sustituido por la resignada aceptación del presente. Y todo ello envuelto en unas formas romanceriles –«soy devoto del Romancero», escribe el poeta en su epílogo– y, en general, inspiradas por la lírica popular, como demuestran los octosílabos, las asonancias, la serranilla del poema homónimo y hasta los apóstrofes a la madre contenidos en los poemas de la sección «Consolación a Claudia», perteneciente a Dibujo de figura, que recuerdan a los diálogos de amor entre madres e hijas de la lírica medieval castellana.

Precisamente a partir de Dibujo de figura, publicado en 1972, y, sobre todo, desde Una tarde a las ocho, que data de 1995, hasta Viva voz, libro inédito que se da a conocer en Meteoros, se observa un giro hacia cierto experimentalismo, con una expresión más indagatoria, más osada y menos convencional, aunque Pereira siga recreándose en asuntos cotidianos. También hay un mayor despliegue de la intimidad del autor –como su relación con las mujeres, cubierta por un velo de delicado erotismo–, y más sazón elegíaca. El poeta abandona la versificación tradicional, y hasta se aventura con el poema en prosa, un indudable rasgo de modernidad.Asoma, incluso, un cierto irracionalismo y se cuestiona la identidad, otra constante contemporánea. No obstante, Pereira no renuncia a lo narrativo, como revelan los poemas «La casa de mi amigo era más luminosa» o «Las guerras unen mucho», entre otros, y sigue propugnando una poesía clara, natural y necesaria. Viva voz, en fin, reúne numerosos poemas de circunstancias –a poetas y pintores amigos–, pero también algunos de los mejores de toda la obra de Antonio Pereira. Subrayo «Pablo creciendo (Homenaje a Picasso)», «Elección de la amada», «Alba» y «Sobre los muertos».

 


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