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LITERATURA ESPAÑOLA
De la práctica a la teoría
Laura Freixas
es escritora.
nº 23 · noviembre 1998
ANDRÉS TRAPIELLO
El escritor de diarios
Península, Barcelona, 1998 - 254 págs.

¿Se puede ser escritor y crítico, autor de una obra literaria valiosa y también de una reflexión convincente sobre el género que se practica? La negativa sería ingenua: correspondería a una visión romántica del escritor como genio irracional, puramente intuitivo; visión no sólo trasnochada sino desmentida por los excelentes ensayos que debemos a un Salinas o un Kundera, pasando por Duras, Gil de Biedma, Woolf o Cortázar.

Como sabrá el lector, Andrés Trapiello viene publicando desde 1990 sucesivos volúmenes de su diario; es en nuestra opinión el mejor diarista español contemporáneo. Entonces, ¿por qué su ensayo sobre El escritor de diarios es tan decepcionante?

La respuesta parece obvia: por su falta de rigor. Trapiello –al igual, ay, que numerosos críticos, que en este tema tocan de oído– empieza por no definir el objeto de su ensayo, ni distinguirlo de otros géneros afines, lo cual produce perlas como: «Flaubert, al llevar su propio y verdadero diario, aunque en forma epistolar...» (pág. 76). No cita bibliografía alguna, ni siquiera la más elemental, como el clásico Le journal intime de A. Girard (1963) o el más moderno, con el mismo título, de B. Didier (1976), o el número monográfico de la revista Anthropos (diciembre de 1991) sobre La autobiografía y sus problemas teóricos. Ese desconocimiento le lleva constantemente a callejones sin salida. Por ejemplo, dedica algunas páginas (33 y ss.) a los orígenes del diario íntimo, y no halla otro precedente que los diarios de navegación. Borra así de un plumazo todos los otros textos que confluyeron en el género: los diarios de burgueses de los siglos XV y XVI, los cuadernos de notas de artistas como Durero o Da Vinci, las introspecciones redactadas día a día por los reformadores religiosos y sus seguidores, en la Alemania e Inglaterra de los siglos XVII y XVIII ... No tiene en cuenta ni la influencia de la Reforma, ni la de la Revolución francesa, ni comprende que la nueva concepción del tiempo propia de la modernidad hace que aparezcan a la vez y con el mismo nombre (diario, journal) el diario íntimo y el periódico. No encuentra, por lo tanto, justificación alguna a esa extraña costumbre que tienen los diaristas de fechar lo que escriben, y sólo se le ocurre la peregrina explicación de que se trata de «un explícito homenaje» a los navegadores, «resto atrofiado de una memoria romántica, como esos espolones de ciertas aves que en un remoto origen tuvieron una función combativa».

La afirmación es absurda; su expresión es hermosa. Y es que el error de Trapiello, a nuestro entender, ha sido no deslindar el oficio de crítico –o historiador– y el de escritor, identidades que una misma persona puede reunir, pero que no pueden confundirse. El primero requiere rigor y erudición; el segundo puede hablar con la autoridad que le confiere su experiencia –no sus conocimientos–, con la arbitrariedad a la que el creador no así el crítico, tiene derecho, y con las cualidades propias del literato, que a Trapiello no le faltan. Es precisamente cuando ejerce como tal, en la segunda parte del libro –cuando por así decirlo baja de la tarima y se toma un café con los lectores–, es entonces cuando aparece el Trapiello que apreciamos. Sus breves biografías de literatos pintorescos son verdaderas joyas; sus opiniones sobre algunos diaristas, contundentes, aunque más que discutibles; sus consideraciones sobre el papel de la pistola –que compara con el de los nenúfares de la poesía modernista– en la actual novela española, hilarantes. Poético, deslenguado, atrabiliario, en la línea de sus maestros Pla y Baroja, es este el mejor Trapiello. Pero más que en El escritor de diarios, es en sus propios diarios donde resplandece.


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