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Una vida entre libros
Rafael Narbona
06/04/21

Algunos han especulado que el infierno se parece a un círculo. Todos los días son idénticos. Todo se repite. La rutina invade la vida. No hay espacio para lo inesperado e incierto. Si el infierno es así, yo vivo en él desde hace mucho tiempo, pero con una importante salvedad. Lejos de sentirme confinado en una prisión, experimento un júbilo que se aviva con la perspectiva de volver a vivir el mismo día una y otra vez. Solo me preocupa una cosa. Mi existencia no es un círculo perfecto. Un día se romperá. No pienso en las novedades que quizás se produzcan, sino en la irrupción de la muerte. Por desgracia, nuestra vida es una línea que se rompe antes o después. Julián Marías especulaba que la inmortalidad tal vez consistiría en continuar las trayectorias interrumpidas. Confío en que sea así. La otra alternativa es desalentadora. Si solo somos un cuerpo con un cerebro que nos incordia con sus perplejidades, la muerte consistirá en una simple desconexión, no muy distinta de la que se produce cuando apagamos un ordenador o jubilamos un electrodoméstico. Prefiero ser ingenuo –y, por tanto, poético- a un técnico que no ve más allá de sus destornilladores. Si Dios, ese misterio detrás del cual muchos solo aprecian una expresión de miedo, majadería o impotencia, me permite continuar con mis trayectorias interrumpidas, no modificaré un ápice mi rutina. Me seguiré levantando temprano, pasaré la mañana leyendo y la tarde escribiendo, deambularé un rato por la estepa castellana, escucharé a Beethoven, María Callas o John Coltrane, y, antes de acostarme, buscaré la compañía de John Ford, Hitchcock o Billy Wilder.

Algunos tal vez me dirán que estoy desperdiciando la vida, que hay un mundo fuera de mi rutina que debería conocer, que los libros, la música y el cine no pueden reemplazar a las grandes emociones del mundo real. Eludo la tentación de ridiculizar las pasiones ajenas. Muchas de las actividades que otros estiman placenteras me resultan incomprensibles, pero considero que cada uno es muy libre de llenar su tiempo como le plazca. Las invectivas siempre me han parecido estériles y fastidiosas. En vez de deplorar las aficiones ajenas, intentaré explicar por qué mi vida me parece apasionante, pese a su carácter reiterativo. Las apariencias engañan. No es cierto que no pase nada. En realidad, suceden muchas cosas. Cada tres o cuatro días, cambio de interlocutor, sorteando épocas y largas distancias geográficas. Hace unos días, paseé con Virginia Woolf, intentando convencerla de que se librara de las piedras enterradas en sus bolsillos. Leímos juntos Una habitación propia, coincidiendo en que no es posible lanzarse a la aventura de escribir, sin un espacio personal, íntimo, y cierta independencia económica. Con un cuello esbelto, unos rasgos simétricos y una mirada soñadora, Virginia encarna el conflicto entre la belleza y el mundo, la armonía y el caos. Frente al desorden y la dispersión de la biología, la escritura levanta diques para urbanizar el caudal de la vida, salvaje e imprevisible. Hace años que leí Las olas. He olvidado los incidentes de la levísima trama, pero no la atmósfera de la novela. La prosa lírica e introspectiva transmite unidad y equilibrio. No es una cuestión de precisión, sino de ritmo. La vida, sabiamente pautada, corre como un torrente por las páginas. Las palabras imprimen el movimiento de la sangre a la historia de seis personajes que se acercan y se distancian, atrapados por una vorágine de afectos reacia a cálculos e inhibiciones. Virginia Woolf desdeña los preceptos tradicionales sobre la novela, buscando un compás propio, una «integridad, saturada, sin tajos», como apunta en sus diarios. Calor y fluidez. Esas son las virtudes que animan una novela como Las olas, donde nada parece artificial, innecesario o inverosímil.

Gracias a mi rutina, he podido pasar unas horas con Virginia Woolf, aprendiendo cosas que el mundo tiende a ignorar o menospreciar. Poco tiempo después, llamé a la puerta de fray Luis de León, sabiendo que me abriría sin escatimarme su tiempo. Su humanismo es un ejemplo de pasión templada por la sabiduría. Alejado de la retórica y los retruécanos, siempre interpela al lector, buscando la cercanía. Sus libros no son un discurso que encabalga frases desde un púlpito o una cátedra, sino invitaciones al diálogo. No es posible leer sus poemas, traducciones y ensayos sin contrastar su experiencia con la nuestra, interrogándonos sobre qué es la vida, el hombre, la belleza, el bien, Dios. Fray Luis de León nos incita a ser «un mundo perfecto», lo cual significa trascender las discontinuidades entre el yo, el tú y el universo. Hay que abrazar la existencia, celebrando las diferencias, pero sin olvidar que la diversidad solo es posible por la secreta unidad de las cosas. Todo está en todo. Un hombre es todos los hombres. O, más exactamente, en un hombre hay muchos hombres y esa multiplicidad explica nuestra condición de seres sociales, nuestra necesidad de calor y cercanía. El fraile agustino nos muestra que la fraternidad a veces aflora con toda su intensidad en el retiro y la soledad. La paz espiritual nos permite comprender que el otro no es nuestro antagonista, sino nuestro igual. Soporta las mismas flaquezas y frustraciones, los mismos miedos e incertidumbres. Debemos ser indulgentes con los demás, pues nosotros también necesitamos esa indulgencia. En la «Oda a la vida retirada», fray Luis de León sitúa la sabiduría «lejos del mundanal ruido». La soledad no es simple aislamiento, sino un encuentro con nosotros mismos que nos mueve a exaltar el don de la vida: «Quiero vivir contigo / gozar quiero del bien que debo al cielo». Nuestro mundo interior es un gigantesco orbe, un microcosmos que reproduce a pequeña escala las maravillas del universo. Emily Dickinson captó los misterios de la naturaleza en el pequeño jardín de su casa. El universo cabe en una gota de agua o en una brizna de hierba.

Si mi rutina, un compás que se repite inalterable desde hace casi diez años, es una versión de la eternidad, solo cabe concluir que Charles Moeller no se equivocaba al decir que en «la eternidad suceden cosas». Los que son incapaces de apreciar esas cosas, pequeños milagros que pasan inadvertidos, no comprenden que han encallado en una perspectiva insuficiente. Escribo estas líneas escuchando a Maria Callas, conmovido por su voz rebosante de belleza, color y dramatismo. No se equivocó el musicólogo Kurt Pahlen al afirmar que «su canto se asemeja a una herida abierta, donde se escucha el dolor del mundo». Gracias a Philadelphia, la película de Jonathan Demme, el gran público se conmovió con «La mamma morta», el aria de Andrea Chénier. Tom Hanks interpreta a Andrew, un abogado enfermo de SIDA. Denzel Washington es Joe, el letrado que lo representa en una querella por despido improcedente. Si bien alberga prejuicios contra su orientación sexual, la hostilidad inicial de Joe se convierte poco a poco en complicidad, afecto y asombro. Mientras revisan el caso en el apartamento de Andrew, irrumpe la voz de Maria Callas interpretando «La mama morta». Andrew comenta y celebra el aria, con la emoción del moribundo que se interna en el ocaso de su vida: «Yo soy divina, yo soy el olvido, yo soy el dios que desciende del cielo a la tierra para hacer de la tierra un cielo. Yo soy el amor. Yo soy el amor». Conmovido, Joe se despide y ya fuera del apartamento, titubea, planteándose volver, pero no se le ocurre qué decir. Acaba de descubrir que el mundo posee más belleza y misterio del que jamás había imaginado. Los libros que no ha leído, la música que no ha escuchado, son como una gigantesca oquedad. Se ha perdido muchas cosas, pero está aprendiendo. Nunca es tarde.

Un hombre apasionado por la música o la literatura no conoce el tedio. Por el contrario, los que confunden la felicidad con el alboroto y el frenesí, tienden a aburrirse con facilidad. Sus mentes están volcadas hacia fuera, hacia lo que se desliza por la superficie, y no son capaces de apreciar la profundidad de la existencia. A diferencia de otras especies, el ser humano posee una riqueza interior que supera la gama de posibilidades ofrecidas por el entorno. Vivir entre libros no implica alejarse de la vida, sino adentrarse en ella con pasión, sabiendo que es un territorio felizmente inagotable. Soy afortunado. Las circunstancias me han permitido dedicar casi todo mi tiempo a leer y escribir. Es mi trabajo, pero no lo percibo como una obligación. Al igual que David Hume, he experimentado desde joven «una aversión invencible» hacia todo lo que no fuera estudiar, aprender o reflexionar. Por desgracia, he perdido mucho tiempo con la tristeza, pero ahora sé que la verdadera sabiduría consiste en vivir con alegría y serenidad. La biografía de David Hume contiene valiosas enseñanzas. Merece la pena dedicarle un poco de atención. Hijo de una familia perteneciente a la pequeña nobleza terrateniente, Hume nació en 1711 en Edimburgo. Gracias a una pequeña renta, se retiró a vivir a la campiña francesa, descartando cualquier actividad que le alejara del estudio: «Ahí encontré el estilo de vida que tanto había procurado. Resolví que una estricta frugalidad supliera mi falta de patrimonio, a fin de mantener mi independencia intacta y no interesarme más que en mejorar mis aptitudes literarias». Su predisposición a ver el lado favorable y no el desfavorable de las cosas, le ayudó a sobrellevar con humor la indiferencia que despertaron sus primeras obras. Con sabia certeza, apuntó: «Ser naturalmente así, optimista, vale más que poseer un abultadísimo patrimonio». Cuando la celebridad llegó, lo hizo acompañada de una avalancha de críticas. Sin embargo, aprendió enseguida a «ser insensible a las expansiones de la locura pública». En 1775, nota molestias en los riñones, acude a un médico y, tras un examen, le comunican que está gravemente enfermo. No le engañan. Le informan que vivirá dos años, quizás algo menos. «Padecí un rápido deterioro –escribe en una breve carta de despedida que titula “Mi propia vida”-. No he sentido hasta ahora mucho dolor, y, lo que resulta más raro, no obstante mi quebranto, nunca ha decaído mi ánimo. Tal es así que si me viera en el trance de repetir una etapa de mi vida, estaría tentado de elegir esta de ahora. Soy dueño de la misma pasión de siempre hacia el estudio y del mismo regocijo hacia la compañía de mis amistades». En su carta autobiográfica, consciente de que su tiempo se acaba, se describe como un hombre de carácter «abierto y risueño, con capacidad para los afectos y de pasiones muy moderadas. […] Mi amistad no fue rechazada ni por los jóvenes y los rebeldes ni por los estudiosos y los conservadores. No puedo negar que sobrevuela alguna vanidad en esta oración fúnebre que de mí mismo escribo. Confío en que ella no sea tenida por extemporánea y se la sepa situar en su lugar exacto, como una licencia personal que adopto, acepto y firmo». Hume firma esta carta el 18 de abril de 1776. El 25 de agosto se extingue su vida. Su amigo Adam Smith escribió una carta a William Strahan, impresor y editor, relatando sus últimos días: «Aunque más débil pero no abatido, continuó distrayéndose como de costumbre: corregía sus escritos para una nueva edición, leía para entretenerse y frecuentaba la conversación de sus amistades para divertirse; y a veces, en las tardes, jugaba una partida de whist, su pasatiempo favorito. Su alegría era tan manifiesta, y su conversación y su contento se parecían tanto a lo que en él era habitual, que, no obstante los malos síntomas, mucha gente no podía creer que se estaba muriendo». En una ocasión, Hume le comentó a Smith el secreto de su imperturbable dicha: «Nunca hice nada que no deseara hacer». El doctor Blake, que le asistió en las últimas semanas, nos ha dejado sus impresiones: «Nunca manifestó la menor impaciencia; por el contrario, cuando tuvo oportunidad de hablar con quienes le rodeaban, lo hizo con afecto y cariño. Murió con una serenidad insuperable».

Aparentemente anodina, mi vida está –como ya dije- llena de acontecimientos, como leer a Hume, pero sobre todo yo tampoco hago nada que no desee hacer. Desde fuera, todos mis días parecen iguales, pero en realidad no ceso de recorrer otros mundos. Mundos que se llaman Shakespeare, Cervantes, Dante, Proust, Rilke. Puedo apropiarme sin afectación de los dos primeros cuartetos del famoso soneto que Quevedo escribió desde la Torre de Juan de Abad:

Retirado en la paz de estos desiertos,
Con pocos, pero doctos libros juntos,
Vivo en conversación con los difuntos,
Y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
O enmiendan, o fecundan mis asuntos;
Y en músicos callados contrapuntos
Al sueño de la vida hablan despiertos.

Solo hay algo en lo que no puedo estar de acuerdo con Quevedo. Los escritores a los que alude no son difuntos, no están muertos. Nos anticipan la eternidad, donde el tiempo ya no es un río que nos arrastra, sino un jardín poblado de infinitos encuentros. «Muchas cosas he leído y pocas he vivido», escribió Borges. Creo que se equivocó. Pienso que debería haber dicho: «He vivido mucho gracias a que he leído mucho». Una vida entre libros no es una vida desperdiciada, sino una vida con muchas vidas. Si me espera el paraíso, creo que lo reconoceré de inmediato, pues sé con certeza que tiene forma de biblioteca.


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