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LINGÜÍSTICA
La familia lingüística indoeuropea 
Francisco Rodríguez Adrados
Francisco Rodríguez Adrados es catedrático de la UCM y miembro de la Real Academia Española.
nº 46 · octubre 2000
JOSEPH H. GREENE
Indoeuropean and its Closets Relatives. The Eurasiatic Language Family, Vol. I Grammar
Stanford University Press, Stanford

Digamos algo, previamente, sobre el tema y el autor. El tema es la comparación de la familia lingüística indoeuropea con otras familias lingüísticas dentro de la que el autor llama la familia eurasiática: para él, el indoeuropeo, el urálico (samoyedo y finougrio), el altaico (el turco, mongol y tungusio, el gilyak (al norte de Sakhalin y enfrente en el continente), el coreano-japonés-ainu, el chucotio (en Kamchatka y el noroeste de Siberia) y el esquimo-aleutino. Naturalmente, esta es una toma de posición no compartida por todos, véase más abajo. En el volumen actual, enfoca el tema desde el ángulo de la gramática; el léxico (que es más frecuentemente usado en este tipo de estudios), es dejado para un volumen ulterior.

En cuanto al autor, Greenberg es muy conocido por una serie de obras comparativas fuera del indoeuropeo (IE en adelante) o entre el indoeuropeo y otras lenguas: sobre las lenguas africanas sobre todo y, dentro de ellas, el grupo nilosahariano, denominación que ha sustituido a la anterior de camítico. Pero ha trabajado, también, mucho, sobre el tema de los universales del lenguaje, al que ha dedicado varios libros. Sobre este último tema, remito al lector a mi Lingüística estructural, II, Madrid, Gredos, 1974, págs. 890 y ss., y a mi trabajo más reciente «Hacia una tipología de las combinaciones de rasgos lingüísticos» (en Language Change and Typological Variation: in honor of Winfred P. Lehmann, II, Washington, 1999, págs. 388-396, con bibliografía).

Es claro que el autor rebasa los estudios de tipo comparativo; a veces los combina con los tipológicos, apoyándose en la glotocronología de Morris Swadesh y otros: un intento de establecer la antigüedad de las relaciones entre ramas lingüísticas diversas sobre la base de la frecuencia de los elementos de vocabulario comunes.

Por supuesto, esta es una ciencia sumamente arriesgada. Al lado de las precisiones logradas en la reconstrucción del indoeuropeo y sus diversas familias, se ha avanzado menos, pero se ha avanzado, en lo relativo a otras familias lingüísticas: semítico, urálico, altaico, bantú, nilosahariano, etc.; también en las de América, pero con grandes incertidumbres: véase, entre nosotros, el Catálogo de las lenguas de América del Sur de Antonio Tovar, 1961, entre múltiple bibliografía.

El establecimiento de las relaciones entre las lenguas, que en principio estaba dominado por el debate, más bien precientífico, entre monogénesis (una sola lengua original, la de Adán y Eva) y poligénesis, quedó desprestigiado en un cierto momento, cuando la Sociedad de Lingüística de París prohibió ese debate, por estéril. Es bien claro, en todo caso, el origen secundario, tardío del lenguaje dentro de la humanidad y la existencia de rasgos comunes entre todas las lenguas del mundo, sean del origen que sea: véase mi trabajo «La lengua en el mundo de lo humano» (en IV jornadas de Lingüística, M. Casas y Mª D. Muñoz, eds., Cádiz, 1999, págs. 13-25).

Pero, prescindiendo de esto, la reconstrucción científica, más o menos discutible, de una lengua común indoeuropea sentó las bases no sólo para postular otras lenguas comunes reconstruidas para las diversas ramas del IE, sino, también, para la hipótesis de lenguas muy antiguas de las que derivarían otras ramas lingüísticas. Y para relacionar éstas con el IE. Este es un libro en esa dirección: queda, a partir de esta línea, todavía muy lejos, el poder llegar a postular una lengua común universal, base de las demás: pura hipótesis hoy por hoy.

En realidad, el estudio comparativo de distintas ramas lingüísticas comenzó con los intentos de Hermann Möller (1906) de unir indoeuropeo y semítico; siguió A. Cuny en 1937 con su hipótesis que unía el camitosemítico al indoeuropeo. Pero la afinidad de estos dos grandes grupos (e incluso la de camítico y semítico) es considerada cada vez más como dudoso o en todo caso de fecha muy antigua; por delante de ella, desde Holger Pedersen, en los años treinta, se establece la relación entre IE y finougrio; también luego con el grupo altaico en sentido amplio, que incluye turco, mongol, manchú y varias lenguas, hasta el esquimal. Pedersen dio el nombre de nostrático a la lengua original de todas ellas y a las mismas en conjunto.

Sobre ella, con variantes en el detalle, ha venido trabajando una amplia escuela en Rusia: Starostin, Dolgoposky, Shevoroskin, Illich-Svitich, etc. Y con ella han coincidido estudiosos americanos como nuestro autor, Bomhard y otros.

Quedan, naturalmente, problemas, como el de la unidad del altaico, a veces discutida; el de la pertenencia o no a este grupo del ainu y el japonés (a veces enlazado con lenguas del grupo austronesio, como proponen algunos estudiosos japoneses). En el capítulo I de nuestro libro «The historical Background» se encontrará una detenida discusión sobre el tema. Ya he adelantado su posición.

El lector estará esperando las bases que se utilizan para establecer las comparaciones entre las diversas ramas. Hay que decir que fundamentalmente se basan en el léxico: algo bien arriesgado, la verdad, puesto que las palabras son viajeras, es muy difícil distinguir entre transmisión vertical y horizontal. Nuestro autor, como he dicho, deja esto para un segundo volumen y dedica el primero a la gramática. No es que este terreno haya estado totalmente abandonado: en una buena medida, en lo relativo sobre todo a los pronombres personales y las desinencias verbales, pisa generalmente terreno ya explorado. Añade nuevos datos. E intenta aportar nuevos elementos fonéticos y morfológicos que cree comunes.

Hablando como indoeuropeísta, que es mi punto de partida, veo grandes dificultades en la comparación morfológica. Algunos de sus elementos, quizá muchos de los mencionados por nuestro autor, son a todas luces arcaicos. Otros no: coger al azar tal desinencia casual o tal participio de esta o la otra lengua, por ejemplo, es arriesgado por el simple hecho de que con frecuencia se trata de desarrollos morfológicos recientes que, por tanto, no deben ser objeto de comparación.

Hay que decir que Greenberg trabaja con un indoeuropeo plano, se conforma con la aducción de tal o cual forma de tal o cual lengua. Todo vale. Pero hoy podemos establecer una estratigrafía del indoeuropeo, cuya fase más antigua es no flexional; una intermedia es monotemática (ninguna oposición de temas para marcar oposiciones como masculino/femenino, presente/aoristo/perfecto, indicativo/subjuntivo, adjetivo base/comparativo/superlativo, etc. Esta es la fase preservada en anatolio y, como mínimo resto, en otras lenguas. Luego viene la fase más reciente, la del IE reconstruido por Brugmann y los demás: el politemático.

Greenberg no sabe nada de esto. ¿Por qué no cita, por ejemplo, el Manual de Lingüística Indoeuropea de Adrados-Bernabé-Mendoza (Madrid, 1995-1998) donde se da, además, la bibliografía pertinente? De mí cita tan sólo, por encima e insuficientemente, mi teoría sobre el etrusco como indoeuropeo anatolio (sin duda porque está publicada en una revista americana, el Journal of Indo-European Studies).

Así no se puede trabajar: deja en una base falsa casi todo lo relativo al IE. No puede hacerse comparación de lenguas sin establecer previamente los estadios arcaicos de cada una. Esta es la causa del fracaso de comparaciones como las que se han venido haciendo del vasco con el georgiano, por ejemplo: nadie ha reconstruido un georgiano común, nadie sabe lo que en esas lenguas es antiguo o reciente.

Por esta razón, este libro y otros comparables no pasan de presentar sugestiones, ideas posibles. Es un método de trabajo que se ha difundido en lingüística: lo del I assume: propongo, es posible, quizá. A veces nos convence, otras mucho menos. En suma, ignoramos la profundidad cronológica del nacimiento del más antiguo IE o finougrio, por ejemplo: y si tomamos elementos morfológicos indoeuropeos del nivel brugmanniano, posiblemente del tercer milenio o poco antes, es arriesgado compararlos con otros turcos, japoneses o esquimales no sabemos de qué antigüedad ni de qué localización geográfica antigua.

En fin, como digo, el grado de verosimilitud de las comparaciones que en el libro se proponen y el grado de certeza del parentesco entre ciertas ramas lingüísticas, cuando de ellas se toman elementos de comparación escasos y aislados, es muy variable. La comparación del IE y el urálico sigue siendo la más plausible de todas.

Muy concretamente, los resultados del capítulo II, «Some Aspects of the Comparative Phonology of Euroasiatic», me dejan sumamente escéptico.

La alternancia de oclusiva y nasal en final de palabra, propia de una serie de lenguas que van del esquimal al urálico, está ausente del IE. Las alternancias vocálicas indoeuropeas clásicas, bien descritas, no se hallan fuera de aquí; y buscar en IE una harmonía tonal alto/bajo sólo se consigue con un totum revolutum de datos aislados en que alternan e e i, sin duda por razones muy variables y desde luego sin sistematismo alguno. Y decir (pág. 45) que la «o estable» (en la que creo, desde luego) viene de la fusión de dos vocales alternantes, es puro disparo al aire. Ni hay huella en IE de una oposición fonológica k/g. Ni tampoco de dos variedades de r y dos de l.

Por lo que atañe a la fonología no hay ni una propuesta medio segura que relacione a las otras lenguas con el IE. Para el resto hay mayores verosimilitudes, pero no me atrevo a opinar más decisivamente.

El autor vuelca su mayor interés y su mayor aportación de datos originales en el capítulo III, «Grammatical Evidence for Euroasiatic». Aquí los resultados son mixtos.

Son nada menos de 78 los rasgos morfológicos estudiados. Entre ellos hay, desde luego, paralelos que parecen claros para la mayor parte de las lenguas del grupo: quiero decir, paralelos entre el indoeuropeo y las otras lenguas (hay luego problemas sobre la distribución en ellas). Otros los creo fallidos o bien los rasgos en cuestión sólo se dan en anatolio o representan, en todo caso, evoluciones recientes. Otras veces, simplemente, se atribuyen al IE categorías morfológicas que nunca tuvo o que sólo adquirió en sus estadios más recientes, producto de evolución interna. Por dar algunos ejemplos (indico entre paréntesis el número en la relación de Greenberg):

a) Hay algunos paralelos entre el IE y otras lenguas, sobre todo finougrio y altaico, que parecen establecidos. Por ejemplo, el pronombre de primera persona M (1); el de segunda S y T (4 y 5, el que sea marca de 2ª y 3ª pers. es dudoso); el plural I (16, pero en IE es relativamente reciente); el acus. M (24, pero el etrusco demuestra que su difusión fue secundaria); el gen. N (25); los nombres verbales en S (46, pero no tienen relación con el aoristo); el causativo S y el conativo SK (53); las negaciones N y M (56 y 57), la negación L (58, sólo en anatolio); los interrogativos K y J (60 y 61, pero el segundo en IE es relativo); el dativo A, E (72, sólo en anatolio). Todo esto apunta, como mucho, al IE II, el monotemático.

b) Otros paralelos pueden considerarse reales, pero las categorías que marcan en IE clásico (el III o politemático) deben considerarse resultado de una evolución: el loc. I (16, es extensión de una forma radical; los participios (39, 42, 43, 44, proceden de adjetivos); un posesivo y un gerundioparticipio también L (40, 45, son originariamente adjetivos).

c) Se atribuyen al IE categorías que nunca tuvo, al menos en época antigua, tal el futuro (S, 52); los nominalizadores L y M (38, 39); el comitativo (34); el hortativo (L, 48); los absolutivos NA, KA, L (22, 23, 67); el incompletivo (ALA, 55). Los casos oblicuos son recientes en IE: el Loc. BH (28) y el TA (32: toda la base es un rarísimo elemento adverbial -dha, -dhe); el Abl. T (33), etc. Otras veces, al revés, un elemento indoeuropeo apenas se halla fuera (68: la reduplicación en «dar» y no sólo en «dar»). Nótese que el llamar «verbos» a las que son raíces nominal-verbales (pág. 170) se despega de lo que sabemos del más antiguo IE.

d) Puede haber categorías indoeuropeas que jamás tuvieron las marcas aquí reseñadas. A veces, es cierto, el mismo Greenberg lo dice. Resulta extraño hablar de KI (N) como dual IE (14: por lo demás, el dual IE lo considero reciente); R (I) no es plural en IE (17); no existe el imperativo (47, con la extraña teoría de que K se convierte en una laringal, conservada en hetita); un reflexivo M (79); un denominativo T (49); etc.

En fin, con estos datos no puede darse una respuesta definitiva a cada una de las hipótesis avanzadas: pero muchas parecen carentes de demostración o incluso contrarias a nuestros datos sobre el antiguo IE. Si las comparaciones aquí propuestas son ciertas, éste tendría una morfología riquísima y un uso más rico aún de muchas marcas: piénsese, por ejemplo, en los múltiples usos propuestos para L. Tenemos ante nosotros una verdadera jungla morfológica, por otra parte no descrita sistemáticamente. Y ello cuando creemos que, al contrario, el más antiguo indoeuropeo era morfológicamente simple, funcionaba con palabras-raíces con alargamientos que luego se morfologizaron creando un sistema de complejidad creciente.

Esto es lo que he expuesto en el libro citado Adrados-Bernabé-Mendoza y en múltiples publicaciones, pero se deduce también de las enseñanzas de Benveniste, Meillet, Specht, Hirt, Kurylowitz, Watkins y tantos lingüistas más.

Hay que comprender que los materiales son heterogéneos y mal estudiados en cuanto a cronología relativa y correspondencias fonéticas. Sin una base morfológica y léxica es difícil sentar un sistema de correspondencias fonéticas; y sin este sistema, es difícil avanzar.

A medida que nos alejamos del IE, el panorama se hace más complejo. Son más asequibles las afinidades con el finougrio, luego con el altaico; son más problemáticas las demás. No son imposibles, desde luego. Pero si los contactos eran en una fase con poca morfología y con sufijos que sólo luego se especializaron variamente, no son fáciles de establecer. Y menos en lo relativo a la relación con las lenguas semíticas y las nilosaharianas, por no hablar de las demás.

Por otra parte, el libro apenas aporta investigaciones sobre las relaciones internas dentro de las diferentes familias. En el primer capítulo se toca el tema, ya lo dije, pero, insisto, no hay una investigación precisa sobre la pertenencia o no al eurasiático del japonés o el ainu; algo más se precisa sobre las relaciones internas del altaico. Sobre el IE ya he dicho que todos los datos son tratados como homogéneos, sin más, lo que es a todas luces erróneo.

Piénsese que el indoeuropeo que reconstruimos habría que colocarlo en las estepas del Asia Central en fechas no muy remotas: en el tercer milenio el politemático, digamos que en el cuarto el monotemático. Antes está el preflexional, con el que es difícil avanzar en morfología comparada, puesto que no tenía morfología en nuestro sentido.

Son profundidades temporales relativamente bajas, el contacto con las lenguas de América, si lo hubo, hay que colocarlo 30.000 años antes de Cristo o antes. La glotocronología señala que pocos restos de unidad pudieron quedar. Y todavía estas son profundidades relativamente bajas. ¿Qué pensar de la lengua del 300.000 a. C. o antes, la del hombre de Atapuerca o el de Neandertal? Y sin embargo, es misterioso que por tradición ya genealógica, ya horizontal, todas las lenguas posean una serie de universales (nivel fonológico y significativo, léxico y gramática, niveles de signos, interacción con el contexto, funciones, neutralización, referentes abstractos, etc.). Como los hay de los ritos, los instrumentos, las armas, los tejidos y cerámica, el valor de metales y piedras preciosas.

Realmente, que haya lingüistas que intentan, al menos, rebasar los límites de las familias conocidas, es un testimonio del afán humano por saber. Pero luchan con materiales inseguros y científicamente incontrolables en gran medida. De momento, este tipo de estudios es todavía en buena medida precientífico, hecho de adivinaciones y propuestas incontrolables sobre materiales difíciles.

Este libro revela conocimientos amplios (menos seguros en indoeuropeo), espíritu de exploración y audacia. Sin duda que se ha progresado en este campo desde los tiempos de Möller y no digamos de la lingüística especulativa y casi mítica. Pero demuestra que estamos muy lejos de llegar a conclusiones mínimamente seguras. Con todo, el lector se sentirá atraído, su afán de saber y su imaginación saldrán ganando.

El libro termina con un estudio especial sobre el ainu y con útiles índices.


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