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La trampa del optimismo
Juan Pablo Serra
27/11/20

La trampa del optimismo. Cómo los años noventa explican el mundo actual
Ramón González Férriz
Ed. Debate, Barcelona, 2020
249 págs. 

Historiar el presente es una de las hazañas intelectuales más arriesgadas que puede llevar a cabo un escritor. Los hechos están muy cerca para sopesar todas sus consecuencias y las fuentes (en su mayoría, mediáticas) tienden a recoger la parte más vistosa de la realidad, aunque esta no sea en todos los casos ni la más importante ni la más determinante. Quizá por ello merece la pena acercarse al último trabajo de Ramón González Férriz (1977), quien ya indagó en los movimientos de mayo del 68 con una aspiración parecida a la de La trampa del optimismo, un libro que pretende reconstruir una serie de acontecimientos —políticos, bélicos, culturales, económicos, tecnológicos— de la década de 1990 cuya incidencia en nuestro presente parece fuera de duda.

El libro exhibe las virtudes a las que nos tiene acostumbrados el ensayista y periodista: la capacidad para el relato minucioso y vibrante (en los capítulos sobre la caída del Muro de Berlín y el surgimiento de los gigantes de Silicon Valley), la habilidad para relacionar algunos hitos de la cultura popular (la serie Friends, la música indie en España y Reino Unido) con la sociología política del momento y, también, la prudencia en el empleo de determinadas interpretaciones de los hechos por parte de autores de referencia (Tony Judt, John Gray, Joseph Stiglitz, Joaquín Estefanía, David Marsh). En esta ocasión, González Férriz da una mayor relevancia a la economía como el detonante que espoleó las transformaciones acaecidas durante la última década del siglo XX y algunas de las consecuencias que hemos vivido en los primeros compases del XXI. Y, tomando pie de la investigación de Daniel Kahneman como explicación última —a la vez, psicológica y antropológica—, concluye que “los líderes políticos y económicos de la década de los noventa mostraron un optimismo inusitado” y tendieron a asumir que, si la historia había llegado a su fin, entonces todo era posible (p. 207).

La sensación de estar inaugurando una época nueva impregnó los años noventa, esencialmente optimistas como bien recuerda González Ferriz en la introducción del libro (pp. 11-12): el fin del comunismo despejaba el camino al progreso, los mercados podrían integrarse, el comercio sería global, las naciones de Europa delegarían soberanía en la UE, la externalización de actividades industriales permitiría tener bienes más baratos y enriquecerse (y democratizarse) a otros países, se extendería una ideología “sintética” con lo mejor de la izquierda y la derecha y hasta habría una cultura común (en inglés, eso sí) gracias a internet. Veinte años después del final de la década de los 90, sabemos que muchas de esas promesas no se cumplieron. El camino hacia el progreso costó miles de muertos en las guerras de Yugoslavia, la globalización abarató los bienes pero también perjudicó a los trabajadores poco cualificados de las sociedades ricas, la integración monetaria en la UE impulsó la modernización de muchos países (España, sin ir más lejos) pero también restó eficacia a los gobiernos nacionales para atajar la crisis subprime, y los experimentos ideológicos como la tercera vía tuvieron una vida corta que desembocó en el enorme desprestigio que hoy arrastra la socialdemocracia. El optimismo, ciertamente, no fue la causa de estos y otros estragos. El problema fue el exceso de optimismo que caracterizaba la visión de los líderes, pues generó “la voluntad explícita de ignorar las consecuencias no solo no deseadas, sino siquiera previstas, de los actos de aquel momento” (p. 210).

En efecto, hubo voces que alertaron de la burbuja de las puntocom y del más que probable pinchazo inmobiliario que vino después. También hubo críticos y escépticos respecto a la viabilidad del euro, que vieron una lucha de filosofías monetarias (con parcial triunfo de la alemana) en el establecimiento de las reglas con que se regiría la política económica de la UE. Y también hubo quien señaló que la implantación de la democracia en países alejados de la influencia occidental no sólo no funcionaría sino que despertaría viejos rencores. Pero confiados unos en las posibilidades económicas —y culturales— de la tecnología, que haría posible la transición digital, y complacientes los otros ante la perspectiva de una Europa futura distinta a todo lo conocido antes, no parece descabellado afirmar que eligieron ignorar las advertencias y asumieron riesgos voluntarios. Por eso, a juicio de González Férriz, el mundo actual, el que vino tras la crisis de 2008, “puede interpretarse como una consecuencia imprevista, accidentada y contradictoria de las decisiones que tomaron los líderes políticos y económicos de la década de los noventa” (p. 14).

Algunos pasajes del libro son matizables. Por ejemplo, el autor asume sin crítica que la derogación de la ley Glass-Steagall en 1999 tuvo un singular impacto en la Gran Recesión, una hipótesis que parece lógica a la razón —los bancos comerciales podrían meterse en operaciones de inversión más arrisgadas— pero que los datos están lejos de corroborar, como ya demostraron Friedman y Krauss en Engineering the Financial Crisis: Systemic Risk and the Failure of Regulation (2011). También da por buena la idea de que, tras el 11-S, la religión ocupó el centro de la política americana, una lectura demasiado literal de las palabras de Bush y su equipo que ignora la tradición histórica y la cultura política estadounidenses en las que esas expresiones tenían —y tienen— sentido. Y, por último, da a entender que si la Unión Europea aspira hoy a ser una potencia autónoma y asumir su papel geopolítico, es como respuesta a la consolidación de China y al distanciamiento de EEUU (el de la administración Trump, se entiende). No obstante, este movimiento aislacionista empezó mucho antes, en 2003, y fue una reacción esperable ante la ruptura del vínculo atlántico comandado por Chirac y Schröder para liderar la oposición a la guerra de Irak. En este sentido, el aislacionanismo de Trump no sólo continúa la vieja tradición original de su país (evitar guerra innecesarias, minimizar la injerencia en el extranjero) sino algo más cercano en el tiempo: la política del mismo Obama respecto a Europa. En realidad, este es un ejemplo de consecuencias imprevistas: sin haberlo pretendido, cuando Chirac y Schöder rompieron el consenso entre los aliados, no sólo iniciaron el retraimiento de Estados Unidos sino que, a la larga, obligaron a la UE a competir con los distintos actores del panorama internacional. Un gesto populista en 2003, en cierto modo, devolvió a Europa a la Historia.

Esta de las consecuencias imprevistas es, creo, la clave interpretativa más interesante que atraviesa el libro. Un funcionario se equivoca al leer un documento legal, un periodista lo entiende mal y ello termina en la apertura de las fronteras de la extinta República Democrática Alemana. Investigadores y jóvenes universitarios buscan el modo de enlazar información, diseñar servicios de correo que se puedan consultar en cualquier lugar o implantar una tienda que intermedia entre clientes y fabricantes para vender cualquier cosa… y aparecen nuevas consecuencias no previstas, como la formación de nuevos monopolios, la dependencia de los ordenadores, el apego a las pantallas y la constatación de que la tecnología aceleró el comercio e hinchó las posibilidades de prosperar en muchos lugares, pero también aumentó la división social y las desigualdades en el acceso a la información.

Esta corazonada de que todo es posible no sólo estaba detrás de la utopía tecnológica. En el recuento de González Férriz, podemos ver que infectó a dirigentes políticos que soñaron con un mundo de intercambios comerciales y guerras benéficas; a empresarios que creyeron que, en internet, bastaba con ser el primero en su nicho y consolidar una marca para que llegaran los beneficios; a banqueros que creyeron posible eliminar el riesgo mediante productos financieros complejos y contabilidad creativa; y, también, a los creadores de cultura. En lo que son dos de los capítulos más provechosos de todo el libro, González Férriz analiza la gestación de la serie Friends (1994-2004) y la deriva del pop independiente en España. ¿Por qué juntos? Por una razón muy precisa: el modo en que ambos productos reflejan el clima moral y la ética propia de los 90, sin ninguna intención de mostrar la periferia de la sociedad ni tampoco de transformarla. Pareciera que el diagnóstico epocal de Fukuyama no fue tan desacertado. De alguna manera, para la cultura que se prescribía en los noventa, todo era posible… menos la modificación de los contornos generales de lo existente.

No obstante, termina el libro, no deberíamos sucumbir a otra trampa: la del pesimismo. Es cierto que La trampa del optimismo no busca ofrecer una solución a los males del presente —el propio autor admite que sólo sería capaz de proponer una versión modernizada de la tercera vía (p. 16)— sino reconstruir el optimismo de los 90 que se demostró equivocado. Pero también lo es que, hoy, estamos en un cambio de época y “es perfectamente posible que seamos capaces de conformarla de tal manera que aún permita el fortalecimiento de la democracia liberal y la vuelva más inclusiva, menos propensa a excesos y burbujas, más prudente” (p. 228). Para ello no cabe más que aprender de la experiencia y de la historia, esa que con tanta viveza comparece ante nuestra memoria gracias a la lectura de La trampa del optimismo.

Juan Pablo Serra (Buenos Aires, 1979) es filósofo, profesor de Humanidades en la Universidad Francisco de Vitoria y de pensamiento político en la Fundación Conversación.


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