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En un ladrillo
Julio Aramberri
23/11/20

No sé si Joe Biden sabrá bailar el chotis, tampoco sé si alguien se acuerda ya de él, del chotis quiero decir, porque, aunque se dice que es el baile típico madrileño, yo no he visto bailar ninguno en las discotecas, que es donde bailan los que hoy saben bailar. El chotis, también conocido como la polka escocesa (Schottische Polka), llegó a Madrid allá por 1850 y no duró mucho más de medio siglo. Para mi generación, la de los boomers de la posguerra civil, era ya una reliquia. La gracia del chotis consistía que el hombre lo bailaba en un ladrillo, es decir, no se movía mientras su pareja giraba en torno a él. Y aquí es donde entra el nuevo presidente estadounidense, en lo del ladrillo, porque Biden va a necesitar mucho esmero para no salirse de donde lo han colocado los electores y que no es precisamente donde él se había ubicado en su campaña electoral.

A primera vista se diría que su espacio no es tan estrecho. En la elección 2020 Biden ha obtenido un gran triunfo personal. Con un total de 79,3 millones de votantes hasta el 18 de noviembre y a falta de que se complete el recuento en Georgia, el número de sus votantes ha sido el más alto que haya obtenido hasta la fecha ningún otro presidente y, por supuesto ningún otro candidato demócrata, incluido Obama. No en balde han sido éstas las elecciones con la mayor participación electoral (66%) de la historia estadounidense. Pero algo similar podría decir Trump con sus 73,5 millones. La suya ha sido una derrota más llevadera de cuanto anunciaban sus adversarios. Ya se encargará él de recordarlo cuando tenga que renunciar al chicaneo poselectoral y se plantee su papel político dentro del Partido Republicano. Pero ese futuro está aún en las rodillas de los dioses.

Desde 2016 los medios progresistas estadounidenses han señalado la pertinacia con la que el Partido Demócrata gana el voto popular, luego frustrada cuando sus candidatos (Al Gore en 2000; Hillary Clinton en 2016) no consiguen la presidencia en el Colegio Electoral. Y de ahí una moraleja machaconamente exhibida: hay que cambiar la forma de elegir al presidente para que siempre se imponga el voto de la mayoría. Sin necesidad de entrar en la discusión, la letra de la Constitución es clara: «Cada estado nombrará, según la fórmula que su legislatura decida, un número de electores igual al total de senadores y representantes con que el estado cuente en el Congreso» (Artículo II, Sección 1, Párrafo 2). Un cambio de sistema necesitaría de una reforma constitucional con escasas posibilidades de imponerse en las actuales circunstancias.

De hecho, el martilleo de los medios anti-Trump sobre la carencia de representatividad del Colegio Electoral iba directamente encaminada a deslegitimar otra eventual victoria de Trump con las mismas características de 2016 —minoritaria en voto popular— pero, en el futuro inmediato, la discusión perderá fuerza porque Biden se ha impuesto tanto en las urnas como en el Colegio Electoral.

No está de más recordar, empero, que la adopción de un sistema de elección directa supondría dejar los resultados de las futuras elecciones en las manos de California, pues es allí donde el desequilibrio en fuerza electoral de los dos partidos se hace notar con mayor firmeza. Biden ganó el estado con una diferencia de 5 millones de votos, justo los que hubiera necesitado Trump para igualarse con él. La diferencia entre el número de votantes californianos con el del resto del país ha sido, pues, determinante en la decisión popular y no parece que ese dato demográfico vaya a cambiar súbitamente en los próximos 4-8 años. Desde hace tiempo, California se ha convertido en un régimen de partido, si no único, sí abrumadoramente hegemónico.

No es dable discutir el resultado en términos de limpieza política. El predominio demócrata se ha impuesto por mecanismos intachables que los medios progresistas achacan a su capacidad de anticipación. Estados Unidos acabaría por ser lo que hoy augura California.

¿Será Biden quien lo consiga?

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Joe Biden tiene una larguísima carrera política que resultaría barroco relatar de nuevo. Wikipedia provee un resumen prácticamente oficial para quien quiera bucear en ella. Elegido senador por Delaware en 1972, cuando tenía 29 años, Biden pasó la mayor parte de su tiempo en esa institución hasta que en 2008 fue reclutado para la campaña de Obama y elegido vicepresidente de Estados Unidos. En 2016 parecía que su carrera política había llegado a su fin cuando el Partido Demócrata lo relegó en la elección presidencial y prefirió a Hillary Clinton. El fracaso de su rival reavivó su ambición —rumoreada en 1984 y 2016; tanteada y fallida en 1988 y en 2008— de convertirse en presidente de su país, lo que finalmente logró el pasado 3 de noviembre. A sus 78 años será el presidente de mayor edad que haya tenido Estados Unidos.

Pese a su larga carrera, el interrogante de quién es realmente Biden sigue sin una respuesta clara. Sus biógrafos tampoco se ponen de acuerdo a la hora de definirle.

Evan Osnos, un reputado colaborador del New Yorker acaba de publicar un recuento hagiográfico (Joe Biden: The Life, the Run, and What Matters Now. Scribner: Nueva York 2020) donde esa ambición surge en respuesta a una llamada de la Historia, con mayúscula. «Un hombre de cuarenta y cinco años —blanco, padre de tres hijos— se despertó en el suelo de su habitación en el hotel. Había estado inconsciente durante cinco horas. Apenas podía mover las piernas. No sabía cómo había llegado allí. Sólo recordaba un relámpago de dolor; había pronunciado un discurso en Rochester, Nueva York y de vuelta a su habitación se había sentido como si un cuchillo de carnicero le trozara el cráneo». Innecesario preguntar su nombre, aunque no el escenario. Acababa de comprobar que sus esfuerzos para convertirse en presidente de Estados Unidos resultaban baldíos y un aneurisma se encargó de apuntillarlos.

Flash forward a 2020. «Las circunstancias de una vida completa y de un país en peligro se habían aliado para plantar a Joe Biden en el centro de una encrucijada americana aguijando un exigente deseo, en el país y en el mundo, por comprender de qué estaba hecho, cómo pensaba, qué tenía, qué le faltaba. En el mismo instante en que su país yacía postrado ante los ojos del mundo Biden había arribado a su estación».

La de Osnos es la narrativa que se impuso en 2019 para sacar a Biden del olvido. Esa fábula incluía, sí, una enorme ambición —a quién se le puede reprochar que quiera a subir a lo más alto— atemperada por las tragedias que le habían acechado a lo largo de su vida (Biden había perdido a su primera esposa y a su hija de un año en un accidente de tráfico al poco de haber ganado su escaño de senador; Beau, otro de sus hijos, murió de cáncer en 2015; el aneurisma de 1988); por su resistencia ante la adversidad; y por su consumada integridad. El epítome, en fin, de la auténtica clase media americana por oposición al usurpador que se había apoderado de la presidencia en 2016.

Un cuento necesario, y no para salvar al país de ese usurpador, sino al Partido Demócrata de las exigencias de sus votantes más jóvenes y más estrictos, contraataca Branko Marcetic (Yesterday’s Man. The Case Against Joe Biden, Verso, Londres-Nueva York 2020) poseído de una honda furia sandernista. «Si ya en 2008 estaba fuera de su tiempo, hoy Biden está fuera de onda». No de otra forma pueden entenderse sus bandazos. El antiguo crítico que se financiaba con los donativos de sus seguidores mantenía ahora su campaña con las contribuciones de las grandes compañías. El candidato que excitaba a los jóvenes ya no conseguía hacerlo ahora. Quien decía haber fundado su carrera y su vida en la honestidad y la honradez no hacía sino repetir las frases hechas de las compañías de seguros. El personaje a quien los grupos ecologistas habían visto como al primer ecologista del país se arrancaba ahora con un plan carente de seriedad.

Biden gusta de definir su carrera como una entrega a su coherencia intelectual y a sus principios éticos sin ceder a la ideología o a la línea de partidista, pero esa vocación celestial suya que le lleva a decir la verdad, al bipartidismo y a la integridad se parece sospechosamente al deseo de entenderse a toda costa con el centrismo político y, ya se sabe, el centro siempre depende más del tironeo conservador. Hasta ahí Marcetic.

Entre ambos extremos algunos pensamos —y aquí tomo pie de mi lectura de Richard Ben Cramer (What It Takes: The Way to the White House. Vintage Books: Nueva York 1993) — que a Biden le salen por una higa lo uno y lo otro. Políticamente es un folio en blanco capaz de imprimirse con cualquier texto que resulte apropiado en cada coyuntura. Que es un oportunista, vaya. Ya en 1988, en aquella infructuosa faena de conseguir la nominación presidencial se apreció con claridad que Biden, pese a quererlo, no tenía mensaje propio alguno que trasmitir. En septiembre 1987 anunciaba el final de su campaña tras un escándalo de plagio. Su oración presidencial ante la convención partidaria de Sacramento había estado plagada de frases briosas plagiadas, entre otros, de Robert Kennedy y de Neil Kinnock, el líder laborista británico.

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Pero el triunfo 2020 es en buena medida obra suya, personal. Biden centró toda su campaña electoral en subrayar sus diferencias con Trump en dos aspectos que tuvieron gran aceptación entre los votantes. Uno de ellos, su carácter dialogante y no intrusivo. Desde su llegada a la presidencia en 2016 Trump no había sabido, no había querido o no había conseguido presentarse como el presidente de todos los americanos. En general sus acciones estuvieron siempre dirigidas a sus seguidores incondicionales, que le correspondían. Su apoyo a lo largo de los pasados cuatro años no ha subido nunca de forma estable por encima del 50%, pero al tiempo sólo raramente ha caído por debajo del 44%. Al final, empero, los electores independientes se cansaron de no ser tenidos en cuenta y decidieron acudir a las urnas y votar por su contrincante.

El segundo factor ha sido, a mi entender, más significativo: su actitud ante Covid-19. El virus de Wuhan, una catástrofe inédita para la mayoría de los habitantes del planeta, ha creado una oleada de pavor especialmente notable entre los ciudadanos de los países desarrollados acostumbrados a vivir con menores sobresaltos. La incertidumbre colectiva permitió a los gobernantes imponer restricciones de derechos nunca anteriormente experimentadas de forma tan radical salvo en tiempos de guerra. Desarmados ante la incapacidad de científicos, epidemiólogos y demás expertos para ofrecer respuestas convincentes a la pandemia, muchos ciudadanos aceptaron con alivio los confinamientos y optaron por una incierta seguridad aun a riesgo de la catástrofe económica. Una catástrofe que electoralmente no era tan temible para los demócratas, pues precisamente ese punto era el único en que los votantes aprobaban mayoritariamente a Trump (58%).

Biden y el Partido Demócrata se olvidaron por una vez de Franklin Roosevelt (There is nothing to fear but fear itself) y se sumaron sin duelo al miedo colectivo, reclamando una incierta seguridad aun a costa del rápido deterioro de la economía y de virtudes tan celebradas entre el pueblo americano como el optimismo y el desprecio al riesgo. Valiéndose de las razones que le ofrecía su pertenencia a uno de los grupos más golpeados por la pandemia, el de los mayores de sesenta y cinco años, Biden se encerró en el sótano de su casa de Delaware y contribuyó con su ejemplo al aumento del miedo colectivo.

Lo señalaba razonablemente la versión estadounidense de The Spectator. «Pese a todos sus fallos personales, Trump se definió como el antídoto a esta ética salvacionista. [Tras su superación del contagio viral y la vuelta a la Casa Blanca JA] se deshizo de la máscara y pronunció las palabras que antaño definían a un líder: tenemos que perseverar, no podemos dejarnos aterrar, sigamos adelante. Y en la más llamativa muestra del cambio radical que se ha producido en la cultura americana, el establecimiento demócrata y los medios de comunicación reaccionaron a ese mensaje con gritos de rabia y de desprecio».

Hubo mucho de actitud ventajista en la posición del recién elegido presidente y de sus apoyos mediáticos al agravar en la medida de sus fuerzas el llamamiento a la seguridad, al tiempo que se hacía recaer la responsabilidad por las muertes de forma exclusiva sobre Trump y los gobernadores de los estados republicanos. No es menos cierto que la crisis sanitaria va a continuar más allá del día de la inauguración de Biden y será interesante ver cómo tratan los medios sus inevitables llamadas a la superación del virus y a la recuperación de la economía. Sea como fuere, su actitud anterior ha sido la segunda gran causa de la derrota de Trump. Un 41% de los entrevistados a la salida de los colegios electorales manifestaron que esa cuestión había sido decisiva en su voto.

Hay un tercer elemento sobre el que se ha hablado menos, aunque posiblemente haya resultado el más eficaz para la victoria electoral: la unidad del Partido Demócrata. En 2016 una buena parte de los seguidores de Sanders decidieron quedarse en casa antes de contribuir al éxito de Hillary Clinton, a la que veían excesivamente enfeudada con las grandes empresas y los grandes intereses financieros americanos. Era un riesgo que no podía correrse de nuevo.

Las primarias 2020 no auguraban nada bueno en su deriva contraria. Había demasiados candidatos y casi todos ellos    reflejaban una inclinación clara y preocupante del partido hacia la izquierda, muy especialmente en la opción de Bernie Sanders, que exhibía sin atenuantes la etiqueta socialista y no distinguía demasiado entre los regímenes socialdemócratas nórdicos y el socialismo del siglo XXI de algunos países sudamericanos.

Es difícil entender cómo en ese medio radicalizado pudo finalmente imponerse la candidatura de Biden, que era la más vaporosa en cuestiones ideológicas. La explicación aceptada ha sido la de su triunfo en Carolina del Sur, donde los demócratas negros se volcaron abrumadoramente en su apoyo. Pero todo hace pensar que, en algún momento, tanto el sector Sanders como el establecimiento demócrata coincidieron en la necesidad de un acuerdo de socorros mutuos: un programa radical que contentaría a los sandernistas, y a ejecutar por un político oportunista y de la confianza de la casa.

No le va a resultar fácil a Biden imponer su ritmo en ese chotis.


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