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El demiurgo impaciente. Azaña para millenials
Juan Claudio de Ramón
17/10/20

Tarde comencé a ser español
Manuel Azaña, El jardín de los frailes.

¿Quién es Manuel Azaña para mi generación? Cada hornada española en los últimos cien años ha tenido el suyo y lo ha interpretado a su modo. Nacido en 1880, para sus coetáneos fue el político de floración tardía y deslumbrante que encarnó, con voluntad prometeica al principio y estoicismo de mártir al final, la Segunda República. Un hombre solitario y arisco cuya elocuencia podía reunir a doscientas mil almas en campo abierto pero a quien le sobraba con las orejas para contar a sus amigos. La fascinación irradiaba, recordemos, a izquierda y derecha: la primera biografía, admirativa, la escribe en 1932 el fascista Giménez Caballero y, en octubre de 1935, Jose Antonio aún advierte esperanzado en Azaña «la ocasión cesárea» de realizar los destinos del país. Ya en guerra, perdido el fervor de los partidarios, se redobló el encono de los enemigos: el alcalaíno era un monstruo anticlerical, cobarde y jacobino sobre quien un físico menos que agraciado atraía los apodos más hirientes: El Ogro, El Sapo, Napoleón Verrugas o Doña Manolita («Soy el primer hombre en la Historia contra el que se maneja la fealdad como arma política»). Llega la dictadura: cancelación metódica de su memoria, modificación incluida de la toponimia medieval del pueblo toledano de nombre “Azaña”, rebautizado Numancia de la Sagra. La resurrección se demora hasta los años sesenta: unas obras completas aparecidas en México a cargo de Juan Marichal descorren la lápida del sepulcro. Son la mina a la que una generación de comentaristas baja para descubrir vetas inexploradas en el pensamiento del alcalaíno. Emerge una figura compleja, fascinante, trágica, rebelde a juicios sumarios. Durante la Transición, el tribuno recupera su prestigio; gusta, o cuando menos es tolerado, en ambas orillas; en la izquierda, porque la falta de vínculo directo o indirecto con episodios de violencia en su biografía permitía rescatar el pecio segundorrepublicano con un decoro que otros nombres no prestaban; en la derecha, porque a despecho de sus errores, en Azaña se detectaba claro y limpio un pensamiento nacional y liberal. El patriota desesperado de la guerra y el exilio sobrepujaba al gobernante que no aceptaba que en la República hubiera más derecha que él.

Para explicarse esta «simpatía póstuma del antipático», Enric Ucelay-Da Cal no duda en señalar la justificada admiración que provoca la obra escrita de Azaña. El escritor resulta mucho más tratable que el político. Doy fe. Este verano, un poco por accidente –un amigo me regaló la biografía, la universidad me pedía un trabajillo sobre pensamiento español– pero también por pura inevitabilidad –el hito es forzoso para quien se interesa de verdad por España– caí, por vez primera, sobre el Azaña de papel. Sustraje del domicilio paterno –hurto consentido– las obras completas metódica y bellamente editadas por Santos Juliá y me dispuse a hacerme una opinión por cuenta propia del Azaña histórico. El gozo ha sido inmenso. El problema español, Estudios de Política Francesa Contemporánea, Tres generaciones del Ateneo o La velada en Benicarló son ya inolvidables lecturas formativas. Pero adelanto también que los muchos momentos de admiración se codeaban con los de irritación, y en ocasiones, de franca desaprobación. No se trata de una reacción original, lo sé. Le ocurre a casi todo el mundo con Azaña.

Formularé mi principal reproche más adelante. Volvamos a la pregunta inicial. ¿Quién fue, millenial español, don Manuel Azaña? No hay motivo para no dar por bueno su autorretrato: «un intelectual, un liberal, un burgués». Así se definió para un periódico extranjero al llegar en 1931 al poder. Acto seguido cabe preguntarse: ¿hay un lugar más peligroso para un intelectual liberal y burgués que los años treinta del pasado siglo? ¿No hubiera debido don Manuel templar mejor la atmósfera? Que Azaña estaba mal ubicado, fuera de compás histórico, dispuesto a hacer por su cuenta una revolución liberal cuando todo el mundo se preparaba para el advenimiento del comunismo o del estado fascista, es algo que salta a la vista. También a la suya: «Me atreveré a decir que es usted un caso de arcaísmo político. Está usted dominado por el sentimentalismo liberal del siglo XIX que no se lleva en nuestra edad de hierro», le hace decir a un personaje de La Velada, para referirse a sí mismo. Y en la misma página: «El propósito político y social de la República era de aquel siglo [XIX]. Se quería hacer un poco de revolución francesa, combinada con la economía dirigida y el estatismo…». ¡Un poco de revolución francesa! ¿Cabe mayor ligereza? ¿Es posible concebir orgullo más desmedido? Porque aquí está el hueso de la cuestión. Una y otra vez a lo largo de su obra, Azaña repite que en España la revolución liberal está por hacer, que los liberales españoles han fracasado vilmente (desautorizaba así a la saga familiar: su abuelo había proclamado la Constitución de Cádiz en Alcalá); que la nación, en suma, no existe. Él será su demiurgo, la comadrona encargada del parto distócico de lo que ciento treinta años de empresa liberal no habían acertado a alumbrar. Azaña se nos aparece así como el último representante de varias estirpes españolas ilustres. El último nacionalista liberal, entregado a la creación de una comunidad de ciudadanos libres e iguales, y conscientes de serlo; el último –a su pesar– noventayochista, dolido en el alma por el atraso del país; el último institucionista, abroquelado en la creencia del imperativo de la educación y la secularización; el último regeneracionista, decidido a volcar sus ansiedades en la acción política, a fin de montar la máquina del Estado para modernizar el país («del Estado es el único Dios de quien podemos esperar que el milagro se verifique» escribe en El problema español); el último, en fin, afrancesado, el francófilo irredento persuadido de que cuanto hace falta existe ya en la tercera república francesa, que será su obstinado modelo, con desdén de cuanto pudiera aportar la tradición liberal española.

Este último renglón de la personalidad de Azaña me parece determinante. De todas mis lecturas iniciáticas, quizá la que más me ha sorprendido han sido los «Estudios de Política Francesa Contemporánea». He aquí, a despecho de su fama de escritor fragmentario y diletante, un completo tratado de teoría política donde la idea republicana de patria brilla en pulcros axiomas. Pero lo pasmoso del texto son los demorados capítulos que Azaña consagra al estudio de lo que él considera la reacción nacionalista y conservadora contra el republicanismo galo: Renan, Taine, Barrés y Maurras. Sorprende la premiosidad y el detalle que pone Azaña en su estudio. El respeto, la admiración se diría, con que aborda doctrinas rivales que en ocasiones son protofascistas, no se condice con el supuesto sectarismo del alcalaíno, y hace sospechar que Azaña hasta lamentaba la ausencia en nuestro país de contrarrevolucionarios a la altura de los franceses. ¿No eran acaso conservadores de talla Donoso Cortés, Jaime Balmes o Menéndez Pelayo? Hay momentos, y no pocos, en que es fácil llegar a la conclusión de que si Azaña hubiera tenido en algo más su propia tradición, no habría cometido algunos errores.

¿Cuáles son esos errores? Ya hemos anotado su excesivo orgullo, esa hybris fundadora de repúblicas exprés. Llevado en volandas a la presidencia del gobierno por un 14 de abril pacífico y engañosamente multitudinario, Azaña creyó tener el camino expedito de resolver todos los problemas de golpe: el agrario, el militar, el religioso, el territorial. Solo lidiar con éxito con uno de esos inmensos puercoespines habría bastado para pasar a la historia como un gran reformador. Pero el problema es mayor si consideramos que Azaña quiso llevar a cabo la tarea en soledad, rompiendo con el ala conservadora del movimiento republicano encarnado por Lerroux y apoyándose en un socialismo que solo cultivaba una idea instrumental de la República, estación de paso hacia la revolución. Era la impaciencia del demiurgo. Nunca llegaría del todo Azaña a reconocer este error de cálculo, prefiriendo consolarse en la idea de que un odio cruel y telúrico había emergido de la tierra para arruinar el proyecto.  

Pero admitido el error o no, de lo que no cabe duda es de que Azaña apuró el cáliz de la tragedia hasta el final. En la desgarradora noche de agosto de 1936 en que supo del asalto y asesinato de viejos compañeros suyos del Partido Reformista, empezando por Melquíades Álvarez, inocentes de todo crimen, en la cárcel Modelo de Madrid a manos de milicianos, empezó su particular ascenso al Gólgota. «Yo también hubiese querido morirme aquella noche, o que me mataran», dirá unos meses después por medio de Garcés, su alter ego de La Velada de Benicarló. ¿Por qué no dimitió entonces como Presidente de la República? Al llegar a este paso de su biografía las razones se me hacen oscuras. Dimitir y partir al exilio en Francia, engrosando las filas de lo que empezaba a llamarse la Tercera España, hubiera sido lo cómodo para él, y difícil de objetar. Máxime cuando el propio Azaña dejó de creer en la posibilidad de vencer en la guerra. Al fin y al cabo, como escribe su biógrafo Juliá, «Quedarse no fue lo normal entre quienes pensaron que la guerra había escindido a los españoles en dos bandos irreconciliables y que no tenían nada que hacer en esa lucha». Pero Azaña se queda. Es esto lo que requiere explicación. Y Juliá, en duros y enérgicos párrafos, la ofrece: sencillamente Azaña declinó ingresar en esa Tercera España que poco a poco iba juntándose en el exilio. Sus razones eran políticas y morales. En primer lugar, Azaña nunca hizo amago, ya de justificar, ya de comprender la rebelión militar: «aunque hubiesen sido ciertos todos los males que se cargaban a la República no hacía falta la guerra. Era inútil para remediar aquellos males. Los agravaba todos». En segundo lugar, sentía su dimisión y salida de España como una afrenta al sacrificio de los combatientes, «lo único respetable» de la guerra; en tercer lugar, su lealtad a la causa de la República: por desengañado que estuviese de sus compañeros de viaje, la República la había traído él, la había querido él, y por tanto le tocaba permanecer en su puesto. Si alguna vez alguien encarnó la máxima moral que afirma que cada palo debe aguantar su vela, fue Azaña en los años de la guerra, cuando rehusó marcharse, perdida ya toda esperanza.

Aquella noche de agosto en que a Azaña se le hundió el mundo tiene también otra lectura trágica, llena de simbolismo: la del parricidio. Acierta a verlo Jose María Marco, cuando escribe: «En su autobiografía ideal, él mismo debió de haber comprendido el asesinato de Melquíades Álvarez como la culminación atroz de su propia empresa de crítica al liberalismo templado y pactista de sus mayores». La tradición traicionada, de la que Azaña quiso hacer tabla rasa, y que le devolvía mirada angustiada en el mismo trance de expirar. Pero si esa autocrítica quedó pendiente, lo cierto es que la dejó implícita en sus textos tardíos. La evolución había sido evidente. Baste comparar el diferente concepto de patria que Azaña maneja al principio y al final de su carrera política. En su discurso de 1918 como candidato al Congreso de los Diputados por el Partido Reformista le oímos decir, con claro timbre republicanista:

Esta patria de la que yo os hablo no es la monarquía, ni la religión, ni el territorio nacional; no es la tierra que nos ha visto nacer ni la tierra que nos cobija, ni las tradiciones de nuestros antepasados, ni los recuerdos familiares, ni otra porción de sentimientos placenteros o tiernos […] La patria en la que yo pienso al deciros estas cosas es nuestra propia obra, la hacemos libremente; es la asociación de hombres libres que viven bajo su ley, hecha por ellos, que vive de garantía y defensa de nuestros derechos; a su amparo, las clases sociales y los individuos todos trabajan por su mejoramiento y emancipación […] la patria se confunde con la justicia4.

En 1938, en cambio:

Cuando hablo de mi nación, que es la de todos vosotros y de nuestra patria, que es España, cuyas seis letras sonoras restallan hoy en nuestra alma como un grito de guerra y mañana con una exclamación de júbilo y paz, cuando yo hablo de nuestra nación y de España, que así se llama, estoy pensando en todo su ser, en lo físico y en lo moral, en sus tierras, fértiles o áridas, en sus paisajes, emocionantes o no; en sus mesetas, y en sus jardines, y en sus huertos, y en sus diversas lenguas y en sus tradiciones locales. En todo eso pienso; pero todo eso junto, unido por la misma ilustre historia, constituye un ser moral vivo que se llama España, y que es lo que existe y por lo que se lucha, y en cuyo territorio transcurre la guerra, no de un territorio imaginado o fantástico.

Es decir, de manera tardía Azaña termina por afirmar la existencia de una comunidad moral que es previa a la constitución o al régimen político en que se constituye en cada momento. Tal es el significado de una de sus frases más conocidas, pronunciada también en época de guerra y que le sirve para una meditación en La Velada de Benicarló: «El Museo del Prado es más importante que la monarquía y la república juntas». Lejos de ser una humorada o una ocurrencia, tal frase solo puede significar que España, simbolizada y resumida en su más preciada colección de pinturas, es distinta de la monarquía o la república, y más valiosa que cualquier forma de gobierno. Por fin, en el postrer momento, se abre Azaña a la tradición española, esa tradición que en su juventud pensó valía menos que nada, solo por no estar debidamente acompasada a la de un país, Francia, que había tomado la delantera en la modernidad. Pero Azaña debió haberse percatado de que si España había tenido su 98, Francia había tenido su Sedán. Un examen más caritativo de la historia española le habría revelado que el atraso de España era relativo, que la obra del liberalismo español a la que sus mayores habían contribuido no era enteramente fallida; que su pretensión, en suma, de erigirse en demiurgo de una nación inexistente qué el estaba llamado a construir en breve plazo, como un Hércules, no solo era desmedida, sino también innecesaria. España seguía, con atraso, sí, pero no invencible, su camino a la modernidad. Esa encarnación en la tierra, ese dolor genuino de patria, que no podía ser tan solo el de la pérdida de la libertad, sino de algo más profundo e íntimo, se prolonga y se hace más intenso conforme se acerca el final. Tres meses después terminada la guerra, en carta a Ángel Ossorio, escribe Azaña: «En este conflicto, mi juicio me llevaría a la repulsa, a volverme de espaldas a todo cuanto la razón condena. No puedo hacerlo. Mi duelo de español se sobrepone a todo. Esta servidumbre voluntaria me ha de acompañar siempre, y nunca podré ser un desarraigado». De sobra está cualquier subrayado.

¿Qué lecciones, en fin, cabe extraer de la peripecia de este liberal español y de su desdichada historia? Señalo una: que no hay patriotismo republicano –así diría él, nosotros podemos decir constitucional– sin patriotismo nacional. Que nunca se lucha por la libertad en abstracto, sino por esta nuestra libertad en común, labrada en esta tierra, por nuestros antepasados. Que una nación moderna, una nación republicana, bien puede definirse con palabras que él usaba de otro modo: una tradición corregida por la razón. De la obra de Azaña, no menos la literaria que la política, me quedan muchas reflexiones y algún que otro reproche que será mejor dejar en el tintero. Al fin y al cabo, aquí solo quería dar noticia de un descubrimiento; tardío y poco original, cierto, pero como dice un amigo, hay cosas que cada generación debe descubrir por su cuenta. Por lo pronto, puedo decir que la lectura Azaña me ha servido para dejar zanjada una cuestión, digamos, topográfica. A partir de hora, en mi guía sentimental del mundo, junto al nombre de Montauban, queda anotado: merece el desvío


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