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Leviatán encadenado o la política de la Reina Roja
Rafael Núñez Florencio
01/10/20

Como tantos otros lectores, me acerqué en su momento al primer libro en español de Daron Acemoglu y James A. Robinson atraído por su titulo: Por qué fracasan los países. Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza (traducción de Marta García Madera, ediciones Deusto, Barcelona, 2012). Recuerdo perfectamente la portada del libro, en la que destacaba la primera parte del título en letras gigantescas, conformando uno de esos lances de manual en los que una acuñación acertada facilitaba el éxito del producto. Hay que reconocer también que la sinopsis de la contraportada resultaba seductora y, aún más, que dicha atracción se mantenía en los primeros compases del libro gracias a la comparación, a uno y otro lado de la frontera que separa México de Estados Unidos, entre dos pueblos con el mismo nombre, «Nogales» (uno en Arizona, el otro en Sonora). Según los autores, mejor que de dos localidades habría que hablar de una sola, dividida por una alambrada, solo que la renta media del lado estadounidense triplicaba la del sector mexicano. ¿Cómo explicar, no ya la diferencia sino, en este caso, el contraste? Aquí, como era obvio, no valían de mucho las explicaciones tradicionales, como el clima o la ubicación geográfica, y ni siquiera servían, al menos como punto de partida, las condiciones sanitarias, las costumbres o las pautas culturales. Con estas premisas se bosquejaba lo que iba a convertirse en argumentación medular de la obra: la clave estaba en las diferentes instituciones que moldeaban las sociedades a uno y otro lado de la frontera. Partiendo de la constatación empírica de que las instituciones de Estados Unidos eran más vigorosas y pujantes que las mexicanas, los autores se embarcaban en una larga singladura, plagada de ejemplos concretos en el presente y en la historia, para dictaminar qué factores promueven condiciones políticas adecuadas para el progreso y qué otras causas provocan resultados adversos.

El éxito del libro, no solo entre especialistas sino, casi me atrevo a decir, entre el gran público o, al menos, parcelas de opinión que desbordaban el estricto ámbito de economistas y politólogos, conllevó la popularización de conceptos como instituciones inclusivas o elites extractivas para caracterizar los mecanismos eficaces de cooperación por un lado y, por otro, la existencia de grupos de poder que atendían exclusivamente a su propio beneficio. Por lo que a mí respecta —no sé en qué medida mi caso es o no representativo— examiné el libro con atención decreciente por tres motivos, que en términos simplificados serían las siguientes: primero, mi renuencia —casi de principio— a aceptar una única explicación global para dictaminar por qué unos países son prósperos y otros permanecen anclados en la pobreza; segundo, porque esa única razón se repetía ad nauseam a lo largo de las más de quinientas páginas, haciendo la lectura fatigosa, y tercero, porque en el recorrido para apuntalar su tesis, los autores hacían un totum revolutum de coyunturas heterogéneas que, desde mi humilde punto de vista, necesitaban más bien un acercamiento menos encorsetado. Digo ahora todo esto para explicar por qué razón me había resistido hasta ahora a hincarle el diente a la nueva obra de Acemoglu y Robinson, que apareció hace unos meses en el mercado español, convenientemente publicitada ya desde la misma portada como «de los autores de Por qué fracasan los países, con más de 150.000 ejemplares vendidos en español». El nuevo libro en cuestión lleva como título El pasillo estrecho: Estados, sociedades y cómo alcanzar la libertad (traducción de Ramón González Férriz y Marta Valdivieso, Deusto, Barcelona, 2019). En la portada se desliza también una pregunta que remite al título anterior: «¿Por qué en algunos países florece la libertad y en otros el autoritarismo?». En definitiva, todo indicaba una avispada operación de marketing para vender este otro volumen al socaire del primero. De ahí mi suspicacia y la resistencia para embarcarme en su lectura. Al final, pudo más mi curiosidad, rasgo que quienes tengan la paciencia de seguir mi reflexión un par de párrafos más, podrán dictaminar si fue en esta ocasión virtud o defecto.

El punto de partida es sencillamente que la libertad no representa el orden natural de las cosas. Formulada así, la afirmación no tiene nada de original y, en el peor de los casos, descontada su manifiesta imprecisión, puede pasar por una perogrullada, pero no me parece mal que dicho principio se reitere las veces que hagan falta porque. con más frecuencia aún, los privilegiados que gozamos de ella en sociedades prósperas tendemos a olvidar que es un bien delicado, producto las más de las veces de un precario juego de fuerzas que en cualquier momento puede romperse. La libertad es históricamente una conquista pero en ningún caso el acceso y disfrute de la misma aquí y ahora constituye ninguna garantía de su preservación en un futuro más o menos lejano. Si se incurre en la licencia de hablar de un orden natural o una normalidad —en el sentido de lo que ha sido y sigue siendo más habitual en las sociedades humanas—, es obvio que lo usual en proporciones abrumadoras ha sido el despotismo, la tiranía, el sometimiento, la violencia, la anarquía, la guerra o cualquiera de las expresiones equivalentes de dominio implacable de unos hombres sobre otros. Así que no hay más remedio que conceder que toda reflexión acerca de cómo lograr la libertad y, más aún, cómo mantenerla, constituye un asunto de la máxima importancia en todo momento, pero más ahora, cuando se abre una fase incierta de transformación que afecta a la humanidad en su conjunto como resultado del proceso de globalización y revolución tecnológica. En sus planteamientos doctrinales, Acemoglu y Robinson se mantienen en el esquema clásico de contraposición entre Locke y Hobbes, con la introducción de pequeñas matizaciones o adaptaciones de los postulados de ambos pensadores. Pero lo que caracteriza a Acemoglu y Robinson —como ya pasaba en su obra anterior— es que detienen de modo tan sistemático como abrupto las disquisiciones teóricas para dar cabida al examen de casos concretos, tomados del presente o del pasado y de no importa qué tipo de sociedad, desde la Siria actual, sometida a una feroz guerra civil, a la epopeya de Gilgamesh, pasando luego por los padres fundadores de los Estados Unidos y la lucha pionera por los derechos femeninos en el Reino Unido. Eso solo para empezar. Reconocerán, aparte de otras consideraciones, que la mezcla es desconcertante. Pero, en fin, dejemos aparte las cuestiones metodológicas y vayamos al meollo.

Si por algo se distinguen Acemoglu y Robinson es por no difuminar en modo alguno sus argumentos (aunque no sé si utilizar aquí el plural es una concesión piadosa). Más bien pecan, en mi opinión, de excesivamente esquemáticos y reiterativos. Ya en los compases iniciales plantean sin ambages la tesis que se convertirá en hilo conductor de estas páginas: para que la libertad florezca, tanto el Estado como la sociedad deben ser robustos, de manera que entre ambos se mantenga una permanente tensión o, si se prefiere, un equilibrio inestable. Si el vigor solo lo tiene el primero, la relación se perturba hacia el autoritarismo o el despotismo. Si lo posee solo la segunda, la balanza se inclina entonces hacia la anarquía. El Estado tiene que ser fuerte para controlar la violencia, hacer cumplir las leyes y proporcionar servicios públicos y, a su vez, la sociedad tiene que presentar la consistencia suficiente como para frenar las posibles extralimitaciones del poder establecido. Entre la represión de un Estado tiránico y la violencia que se genera cuando no hay autoridad constituida, «hay un pasillo estrecho hacia la libertad», una vía que nada tiene que ver con el atajo revolucionario sino con «una lucha constante y diaria» en la que «el Estado y la sociedad se equilibran mutuamente». Se trata de una lucha sorda en la que cada polo asume que su objetivo no es anular al otro sino cooperar armoniosamente —aunque en un procedimiento no exento de tensiones— para lograr un beneficio mutuo. Como queda dicho, no es un proceso fácil, razón que justifica la aparición de otra acuñación clave, la de «Leviatán encadenado»: del mismo modo que el Estado se arroga la potestad de contener mediante los instrumentos de coerción a su alcance a los grupos que hacen imposible la convivencia, la sociedad en su conjunto —«los ciudadanos corrientes»— deben encadenar simbólicamente al Estado para evitar sus excesos y obligarle a respetar los derechos de todas las personas. Solo los Estados encadenados usan su poder para proteger la libertad. Solo el Leviatán encadenado crea los incentivos y oportunidades para la prosperidad económica y el progreso social.

El enfatizado equilibrio entre Estado y sociedad adopta la forma de una peculiar carrera cuyo éxito —en definitiva, el éxito de los dos— es que ninguno adelante al otro. De una manera un tanto forzada, pero muy congruente con el espíritu o el tono del ensayo, Acemoglu y Robinson se sacan de la manga el episodio de la Reina Roja de Alicia en el país de las maravillas. El pasaje de la famosa obra de Lewis Carrol sirve a estos efectos para ilustrar la paradoja de que hay que correr de modo incesante, no para adelantar al otro sino para quedarse en el mismo punto de partida. Para entendernos, algo así como correr en la cinta del gimnasio. Al lector que desconozca la obra anterior de estos autores la analogía le parecerá chusca probablemente, pero lo cierto es que la evocación del episodio de la Reina Roja se convierte en una referencia constante a lo largo de estas páginas, desde el comienzo al final. No crean que exagero: he hecho la búsqueda digital y el sintagma «Reina Roja» aparece en el texto la friolera de ¡134 veces! En el fondo, no añade nada sustancialmente distinto a la teoría antes explicitada acerca de los contrapesos o compensaciones: la sociedad debe correr al compás del Estado y este a su vez debe seguir el ritmo, tanto para mantener su autonomía como para dar satisfacción a los requerimientos de la comunidad.

La clave de esta competición, como se dijo, consiste paradójicamente en que ninguno de los contendientes se imponga o simplemente deje atrás al otro. El empate permanente es el triunfo de todos, pero, como todo empate, implica una continua inestabilidad, pues los avances y retrocesos tienen que ser sistemáticamente compensados. En estas circunstancias se comprenderá plenamente la insistencia de los autores en la estrechez del pasillo por el que transita la libertad y lo fácil que resulta que sea víctima de los excesos y defectos de las fuerzas en liza. Otra cosa muy distinta es que Acemoglu y Robinson se sientan en la necesidad de ilustrar esta tesis con un interminable recorrido por la historia de la humanidad y por la geopolítica del presente. Tanto les da demorarse en las reformas de Solón en la antigua Atenas como desmenuzar los entresijos de poder en la China comunista, pero también analizan el caso de los gwembe tonga —un pueblo del sur de Zambia—, el sistema de gobierno en la Siena medieval, las diferencias políticas entre Suiza, Prusia y Montenegro, el sistema de castas en la India, la represión en la Alemania nazi, la peculiaridad del Estado argentino, la formación del imperio mahometano, los movimientos contra la discriminación racial en Sudáfrica, y así sucesivamente. A todas luces, una desmesura que pone a prueba al paciente lector.

A todo esto, se preguntarán ustedes y, sobre todo, los que conozcan el anterior volumen de Acemoglu y Robinson, si en esta nueva obra divergen, confirman o matizan la tesis que desarrollaban en Por qué fracasan los países. Los mismos autores plantean explícitamente la cuestión, sosteniendo que el marco conceptual que aquí desarrollan es la continuación natural de lo establecido en su libro anterior: «El Leviatán encadenado no solo es la culminación de las instituciones políticas inclusivas que son necesarias para que haya instituciones económicas inclusivas. También depende fundamentalmente del efecto de la Reina Roja, la capacidad de la sociedad para limitar, controlar y enfrentarse al Estado y a las elites políticas». Las normas sociales contienen al Estado que, no obstante, debe «tener el poder de hacer cumplir las leyes, resolver los conflictos, proporcionar servicios públicos y apoyar a las instituciones económicas que crean oportunidades e incentivos económicos». La argumentación, como puede apreciarse, es redundante y en cualquier caso no salimos de un círculo interpretativo poco esclarecedor.

Todo ello refuerza mi impresión de que El pasillo estrecho reproduce e incluso profundiza los mismos defectos de Por qué fracasan los países, sin conservar algunas de sus virtudes, como cierta frescura u osadía metodológica. La decepción y fatiga que me producen la lectura de las casi setecientas páginas de esta obra —una extensión inflada y a todas luces poco justificada para tan magro contenido teórico— solo se compensa parcialmente con la llegada al último capítulo, en el que se establece un diálogo con Hayek, con importantes acotaciones críticas al liberalismo doctrinario. En síntesis, Acemoglu y Robinson parece que se decantan por el modelo socialdemócrata en su versión sueca o escandinava en general, como expresión suprema del tránsito exitoso por ese pasillo que logra un «equilibrio entre el Estado y el mercado». Con todo, los autores insisten en que no hay un modelo cerrado o estático, sino todo lo contrario, una dinámica profundamente inestable: todas las sociedades y Estados del mundo se enfrentan hoy a nuevos retos y esto implica estar en una alerta continua para idear nuevas soluciones, siempre provisionales por definición. La Reina Roja nunca da respiro.

 


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