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LITERATURA ESPAÑOLA
Un juego expresionista
Santos Alonso
nº 9 · septiembre 1997
JAVIER TOMEO
Los misterios de la ópera
Anagrama, Barcelona, 1997 - 169

Tal vez para escapar del tono grave, realista y necesario que requieren el enfrentamiento a la realidad coetánea y el testimonio de las contradicciones e incoherencias de nuestro tiempo, las novelas de Javier Tomeo han ido progresando en los últimos años hacia un concepto de historias mínimas –mínimas en argumento y trama, mínimas en caracterización de personajes y espacios-que responden a la intención de un juego literario basado en algunos aspectos –humor y chispazos de ingenio con notables rasgos del expresionismo y del esperpento– ya presentes a lo largo y ancho de toda su obra narrativa.

El lector de Tomeo asiste a un «juego» de máscaras y a una representación teatral aparentemente descoyuntada, a un vaivén circular de sombras y de pasos perdidos en los episodios de la mediocridad cotidiana, mal llevada y soportada, que conducen a la sonrisa o la carcajada. No es para menos, si el novelista va trazando en sus criaturas farsescas los perfiles inequívocos de los fantoches grotescos a la manera de Valle-Inclán o de Gutiérrez Solana; si en vez de profundizar en el alma atormentada de los personajes y la tensión de los espacios, reduce su óptica a la síntesis de la caricatura o, por el contrario, la multiplica hasta llegar al territorio de la exageración expresionista y casi inverosímil; si, en fin, concibe el lenguaje como una cadena de golpes de efecto para provocar la sorpresa y la hilaridad.

Tras este juego sería posible vislumbrar otras perspectivas y otros sentidos sobre la existencia humana, y así ha ocurrido en anteriores obras del autor. Sin embargo, en ocasiones, como sucede en Los misterios de la ópera, la comprensión de estos significados indirectos, incluso para el lector más avisado, está condicionada por su referencia explícita en el texto: sólo se entienden porque se dicen y se explican, de modo que el alcance simbólico de la novela se ha echado a perder sin dar lugar a la sugerencia y, por desgracia, puede más el divertimento anecdótico y lingüístico de casi todas sus páginas que el significado existencial que se pretende al final a bote pronto y sin aviso.

Forzado es este salto significativo y poco creíbles, por tanto, las palabras finales de los personajes sobre las vueltas y revueltas alrededor de las ilusiones humanas y sobre el fracaso de las mejores intenciones, sobre todo cuando entre ellos, hasta ese momento, no ha habido otra cosa que capotazos dialécticos de corto aliento con reglas establecidas de antemano. Más aún, no parece coherente hacer todo el recorrido en una dirección sin expectativas y luego sacar de la chistera un remedio gratuito que justifique un juego que, por el hecho de serlo y ser aceptado como tal, no necesita justificación.

Porque no es más que eso, pese a la intención del autor, y basta. Tomeo, creemos, debió quedarse ahí y no traspasar la puerta del simbolismo fácil. La concepción teatral de la novela, hábilmente organizada en un diálogo interminable entre dos personajes, en el que se registra el interrogatorio de un «juez» a una cantante de ópera que se pierde misteriosamente por los sótanos del teatro en el momento de salir a escena el día del estreno, observados con regocijo por una pequeña comparsa de personajes que permanecen al fondo del decorado y que cobran vida en las escasas acotaciones del narrador, era sobrado motivo para que un escritor como él, dotado de enorme capacidad para la literatura ingeniosa y grotesca, desplegara sin más sus palabras de aristas afiladas y expresara la mediocridad o la estupidez del ser humano, tan evidentes, por otra parte, en la caracterización superficial de ambos personajes.

Como divertimento expresionista, pues, ha de tomarse esta novela. Ahí se encuentra lo mejor de la escritura de Tomeo. Y si no, fíjese el lector en el relato casi bizantino de la cantante, en su vigilia nocturna y peregrina por todos los recovecos del teatro. Tal vez nunca se ha visto un teatro con más sótanos y pasadizos, galerías y aposentos, y un personaje tan disfrazado y representado por otro que no es capaz de encontrar una salida al carnaval de máscaras que ha fabricado a su alrededor.


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