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LITERATURA ESPAÑOLA
Elocuente juventud
Juan Carlos Peinado
nº 15 · marzo 1998
MARÍA JESÚS MINGOT
El vértigo de las cuatro y media
Libertarias Prodhufi, Madrid, 1997 - 196 págs.

Adolescencia: lugar más o menos grato o incómodo, inercia de la infancia y sinopsis cifrada de la madurez. Para cierta narrativa actual: lugar donde necesariamente toda zozobra tiene asiento, feracísimo terreno en el que el «yo» narrador, desde la cómoda distancia de los años, planta confiado sus retoños líricos y/o elegiacos, injertando, para conferir cierta ilusión de factura novelesca, algunas anécdotas validadas por el previo marchamo de «experiencia iniciática».

Tal es el esquema al que El vértigode las cuatro y media, primera novela de María Jesús Mingot, parece ahormarse rigurosamente. En efecto, leído el primer capítulo, nadie se sorprenderá ya del flirteo homófilo entre Alberto –el narrador– y el seminarista Pedro, ni de la relación que, escindido entre el candor platónico y el atisbo de la perversidad, mantiene aquél con la mal maridada Anunciación. Hasta la perturbación radical que supone la agonía y muerte de la madre de Alberto parece confirmar el propósito (o, en todo caso, el resultado) de confeccionar una historia de ilusiones perdidas e inocencias mancilladas comme il faut. Una impresión esta que viene reforzada por la elección de un contexto provinciano y rural para el desarrollo de la novela, pues las fuertes dosis de bucolismo paisajístico y, a veces, de costumbrismo casi decimonónico no parecen tener otro sentido que contribuir a la creación de una atmósfera edénica y moralmente rígida a un mismo tiempo; propicia, en suma, para entablar la consabida lucha del adolescente confuso y brillante con su entorno. Al margen de lo convencional y, en buena medida, lo superado de tal planteamiento, lo que verdaderamente enturbia el discurso narrativo es la profusión descriptiva, empeñada en fracturar la fluidez de los diálogos o de los acontecimientos con informaciones que fluctúan entre la prescindibilidad y lo cursi (¿cómo calificar si no «el ubérrimo concurso del atardecer fue resbalando hacia una sobriedad extrema que me embargó de una mansa e inenarrable tristeza», pág. 99?).

Pero, al fin y al cabo, la citada «inflación descriptiva» no deja de ser una faceta externa e inofensiva comparada con la perspectiva desde la que el narrador pretende revelar los entresijos íntimos del sentimiento. Es aquí donde la novela naufraga completamente, en primer lugar por la ausencia de una prudente distancia entre el narrador y sus experiencias pretéritas, con lo que al joven Alberto se le acaban confiriendo unas atribuciones emocionales e intelectuales desmesuradas e impropias, una lucidez y penetración psicológica no ya inverosímiles, pero grandilocuentes y, en el fondo, hueras. Cuando no se incurre sencillamente en lo descabellado, como en la sorpresa de Alberto que, tras un tiempo sin ver a su amigo Pedro, observa su metamorfosis «sorprendiéndome al primer golpe de vista un cierto desbordamiento de todo su ser» (pág. 179). Inquietante facundia del narrador que vemos transferida a los personajes (sean adultos o jóvenes cabreros) en unos diálogos que son con mucho lo peor de la novela, tanto por su rigidez general, como por las frecuentes y dolorosas salidas de tono («La huella del pecado acabó por inundarlo todo –manifiesta informalmente Alberto–; eso sí, a cambio de mi alma», pág. 27). Por lo demás, el importante lunar de los diálogos es el correlato exacto de un estilo ampuloso y estéril, adicto al epíteto fácil y trufado de tópicos de poliantea literaria («mejillas arreboladas» y «frondosas brumas»).

Se podría abundar en otros aspectos defectuosos o francamente fallidos de la novela, como el descuido del ritmo narrativo, la relegación de los personajes secundarios al trazo burdo o la premura y arbitrariedad con que se cierra la obra. Tachas que, sin embargo, habrían resultado menos ostentosas en una narración más fresca (no confundir con «liviana») y sujeta a un punto de vista menos autocomplaciente. Claro que, entonces, hacer memoria ya no sería el rumboso ejercicio de explanar los «sentimientos más inefables y profundos».


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