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La verdad literaria
Justo Navarro
23/10/13

Una vez, en un periódico, cité el que quizá sea el cuento de ciencia ficción más breve, de Anthony Burgess: «Aquel día el sol salió por el oeste». Pero me equivoqué y no lo cite así, sino mal: «Aquel día el sol salió por el este». Tal como yo lo escribí, el cuento decía la verdad: todos los días sale el sol por el este. Pero, al decir la verdad, se convertía en insignificante, en un sinsentido como cuento.

Estas son las cosas de la literatura: para que el relato de Burgess sea un relato verdadero, tiene que decir algo falso, o falso, por lo menos, en nuestro mundo posible. Tiene que crear otro mundo, otra posibilidad de mundo.

Quizá por esta afinidad con la falsedad, los literatos no merezcan demasiada consideración cuando se dirigen a los demás como individuos sujetos de derechos y obligaciones, y no como autores de mundos literarios. Hace unos días compré en York, en una librería de ocasión y segunda mano que hay cerca de la catedral, el libro Thomas Hardy’s ‘Poetical Matter’ Notebook, editado por Pamela Dalziel y Michael Millgate (Oxford, Oxford University Press, 2009). Me costó 4,99 libras. Se liquidaba, es nuevo. Sólo quedaban un par de ejemplares. La portada reproduce lo que Hardy escribió a mano, sobre el título (Poetical Matter I), en la primera página de su cuaderno: «Libro para ser destruido, sin hacer copia, a mi muerte. T. H.»

Se trata de una serie de apuntes para futuras obras, anotaciones mínimas tomadas de cuadernos de distintas épocas que, pasados a limpio, iban a la basura, como a la basura estaba destinado ese cuaderno final. La voluntad del escritor Hardy no mereció el respeto de sus herederos: no tomaron en serio sus palabras. Y me temo que los que compramos el libro, tampoco.


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