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Maldito Mayo del 68
Rafael Narbona
05/04/19

El Mayo del 68 constituyó una verdadera revolución. Dejó una huella perdurable en la política, la moral y el arte. No aportó nada esencial. Más bien destruyó muchas cosas. En una época de bienestar y libertades, planteó la liquidación de la democracia burguesa, apuntando como alternativa la China de Mao. El Libro Rojo del Gran Timonel se convirtió en la biblia de los estudiantes amotinados. «Seamos realistas –se chillaba en las manifestaciones–. Pidamos lo imposible». Lo imposible, lo utópico, consistía en instaurar una «dictadura democrática» que acabara con el imperialismo y sus lacayos. No era una cuestión que debiera dirimirse en las urnas, con debates, programas y elecciones, sino en las calles y en las plazas, con barricadas y adoquines: «No vamos a reivindicar nada, no vamos a pedir nada. Tomaremos, ocuparemos».

El enemigo era el capitalismo, un sistema inhumano y opresor. Indudablemente, el capitalismo es un sistema imperfecto, como cualquier otra fórmula social y económica, pero es innegable que ha creado una riqueza impensable en épocas anteriores. Al incrementar los bienes y los servicios, mejoró las condiciones de vida de la mayoría, abriendo nuevas perspectivas. No es casual que la prosperidad material corriera en paralelo al avance de las libertades democráticas. La ley de la oferta y la demanda no funciona sin canales de comunicación que hacen posible la circulación de los productos y las ideas. Transformado en economía social de mercado, el capitalismo garantizó servicios básicos como la educación, la sanidad y las pensiones. En 1968, Francia disfrutaba de unos envidiables niveles de bienestar, pero eso no frenó a los estudiantes, que soñaban con el paraíso socialista. Quizá la mayoría desconocía la existencia del archipiélago Gulag, donde los disidentes sufrían esclavitud, desnutrición y tortura. O no había oído hablar de los incontables asesinatos cometidos durante la Revolución Cultural.

La herencia política del Mayo del 68 fue el radicalismo político de izquierdas, que –entre otras cosas– propició la aparición de las Brigadas Rojas, la Baader-Meinhof, los GRAPO y otras organizaciones similares. Todos estos grupos terroristas reivindicaban con idéntico entusiasmo la figura del Che Guevara, según el cual el perfecto revolucionario es una «fría máquina de matar». La caída del Muro de Berlín en 1989 enfrió el prestigio del radicalismo revolucionario de izquierdas, pero la aciaga crisis de 2008 encendió de nuevo la fantasía de «asaltar los cielos». El Mayo del 68 volvió a estar de moda y se identificó de nuevo al capitalismo con el becerro de oro. Al mismo tiempo, brotó el populismo de derechas, con tintes xenófobos, y anticapitalistas. Atrapado entre dos fuegos, el europeísmo se tambalea desde entonces, haciendo peligrar un modelo de sociedad que ha prodigado las mayores dosis de bienestar, libertad y tolerancia de la historia.

En el ámbito de la moral, el Mayo del 68 atacó a la familia tradicional, agitó la bandera del feminismo y exigió la liberación sexual, alegando que un buen orgasmo podía ser tan revolucionario como un cóctel mólotov. El feminismo es una causa demasiado seria para cuestionar su necesidad, pero caben matices. Las dos primeras olas del feminismo luchaban contra las discriminaciones legales y sociales. Ambas surgieron en contextos de opresión real. La tercera ola no se conforma con derribar barreras y lograr la igualdad. Tomando el testigo del Mayo del 68, embiste contra la familia, a la que define como institución básica del «heteropatriarcado». El «amor libre», ahora llamado «poliamor», es la puerta de salida de este modelo. Según la «teoría queer», la identidad sexual es una construcción social y no una tendencia natural. En el amor y el sexo, todo vale, siempre que se haga con libertad. La prostitución y la pornografía no son actividades incompatibles con la dignidad humana, sino conductas perfectamente lícitas si no se ejercen bajo coacción. Me cuesta trabajo creer que alguien elija libremente vender su cuerpo o exhibirlo para saciar pasiones insanas. ¿Cuáles son los resultados de esta interpretación de la sexualidad y los afectos? La crisis de la familia ha agudizado los problemas de soledad y desarraigo, condenando muchas veces al individuo a enfrentarse en solitario a la muerte, la pobreza o la enfermedad. La liberación sexual es una falsa utopía. Cuando se extingue el deseo, los vínculos se debilitan hasta desaparecer. La pornografía, la prostitución y el amor libre no han significado un mayor grado de libertad, sino una cosificación del ser humano. La pornografía y la prostitución fomentan la percepción del otro como objeto. Un objeto al que se puede maltratar, humillar, comprar y degradar. El amor libre o «poliamor» no implica una vejación, pero sí una banalización de los afectos. No es amor, sino frivolidad. El otro como pasatiempo, sin compromisos ni obligaciones.

En el terreno del arte, el Mayo del 68 se rebeló contra todo lo que oliera a patriarcado, colonialismo, cristianismo o clasicismo. Es decir, contra cualquier forma de tradición. El cine de John Ford, la pintura de Ingres, la filosofía humanista –cristiana o no– y el liberalismo político se condenaron como ejemplos de la podredumbre capitalista. El furor revolucionario salpicó incluso a Tintín, un «boy scout» presuntamente racista, misógino, anticomunista y antisemita. Esos prejuicios no han desaparecido. Las nuevas generaciones desprecian a los clásicos, lo cual ha propiciado que el arte, el cine y la literatura se diluyan en la cultura de masas, alumbrando obras cada vez más insustanciales.

Cuando miro hacia atrás, no puedo evitar cierta tristeza. ¡Maldito Mayo del 68! De aquellos polvos vienen estos lodos. Las buenas cosas del pasado no volverán, pero siempre nos quedará el consuelo de leer a clásicos como Chesterton, que escribió: «Lo correcto es lo correcto, aunque no lo haga nadie». Borges afirma que Oscar Wilde, «casi siempre, tiene razón». Creo que Chesterton, al que el autor de Otras inquisiciones admiraba con fervor, merecía más ese reconocimiento.


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