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SOCIOLOGÍA
Efectos (de escritura) especiales
Jorge Lozano
nº 2 · febrero 1997
Jean Braudillard
El crimen perfecto
Trad. de Joaquín Jordá
Anagrama, Barcelona, 1996 - 205 págs.

Nos tiene acostumbrados Baudrillard en sus textos a ir forzando las hipótesis hasta el paroxismo, a radicalizar los conceptos hasta su disolución en una especie de movimiento browniano cuyo sentido es isotrópico, a promover un pensamiento distinto del pensamiento crítico que se va ocupando cada vez más de los fenómenos extremos. En su discurso se reconocen figuras que ha ido utilizando en toda su obra: anamorfosis, banda de Moëbius o la confusión, tantas veces citada, entre el mapa y el territorio según «los cartógrafos del imperio» de Borges.

Como él mismo dice, para pensar los fenómenos extremos el pensamiento tiene que convertirse en fenómeno extremo, debe abandonar cualquier pretensión crítica, cualquier ilusión dialéctica, cualquier esperanza racional y entrar a su vez en una fase paradójica, irónica y paroxística.

En la operación de demolición que ha ido realizando es difícil reconocer la vigencia de sus mismos conceptos. Así, la simulación, que otrora fuera brillantemente formulada como la «precesión de los simulacros», ya no se opone a cierta concepción de la realidad sino a la ilusión. Si se pudiera hablar de diagnóstico se percibe en este libro un «colmo de realidad», una realidad que absorbe todas las diferencias y confunde los términos enfrentados. Era precisamente el establecimiento de diferencias lo que caracterizaba a la crítica; abolidas las diferencias y por ende la crítica, se pasa a una fase de indiferencia generalizada. Caso que tuviere sentido hablar de pasiones, quizá como El indiferente de Proust, sólo cabría para él reconocer una, justamente la indiferencia.

Se ha insistido mucho sobre la alteración del objeto por el sujeto en la observación; Baudrillard prefiere plantearse el problema de la alteración inversa y –como gusta de decir– su efecto de espejo diabólico. En su afición por metáforas víricas se pregunta: ¿acaso los virus no nos han descubierto a nosotros tanto, por lo menos, como nosotros los hemos descubierto a ellos, con todas las consecuencias que de ahí se desprenden? Y si se aceptan los principios de reversibilidad en microuniversos, ¿por qué no aceptarlos en lo macro? Ubicado en la Patafísica –la de aquel obeso ridículo y flatulento Ubu–, la defiende como la ciencia imaginaria de nuestro mundo, la ciencia del exceso, de los efectos excesivos, paródicos, paroxísticos y, en especial, del exceso del vacío y de la insignificancia.

Si por alguna más o menos afortunada ocurrencia, se calificara a Jean Baudrillard, como el Andy Warhol de la sociología, no creo que le disgustara mucho. De El crimen perfecto –sin criminal, sin víctima y sin móvil– se puede decir lo mismo que el autor dice de Warhol: «Podemos multiplicar una imagen de Warhol hasta el infinito, pero nos resulta imposible profundizarla en detalle. Que yo sepa –dice Baudrillard– no existe un solo detalle ampliado de una obra de Warhol. Cada una de ellas funciona ya como un holograma, en la que no hay diferencia entre el detalle y el conjunto, y donde la mirada se difunde ampliamente por un objeto sin sustancia, hasta confundirse con su presencia virtual». Quizá quepa señalar que el origen de El crimen perfecto es un texto de idéntico título que se editó con motivo de la exposición de fotografías de Jean Baudrillard en la Bienal de Venecia. ¿Un Jean Baudrillard que, como decía Michaux del artista, se resiste con todas sus fuerzas a la pulsión fundamental de no dejar huellas?

La única forma espiritual del mundo moderno –que ha aniquilado a todas las demás– es, para él, la ironía, única que es depositaria del secreto (máxima conquista de la humanidad, según Simmel). Pero ya no es una función del sujeto, es una función objetiva, la del mundo objetual y artificial que nos rodea, y en el que según Baudrillard se refleja la ausencia y la transparencia del sujeto. A la función crítica del sujeto, ha sucedido, afirma, la función irónica del objeto. Dos hipótesis, pues, irreconciliables: la del exterminio de cualquier ilusión del mundo por la técnica y lo virtual o la de un destino irónico de toda ciencia y de todo conocimiento por lo que se perpetuarían el mundo y la ilusión del mundo. Ambas son, dice, irreconciliables y simultáneamente «verdaderas».

Todo ello es concebible, se me antoja, sólo como efectos especiales. De escritura. Como él mismo dice en el libro que comentamos: «Sea cual sea su objeto la escritura debe dejar irradiar su ilusión y convertirla en un enigma inaprehensible, inadmisible para los realpolíticos del concepto. El objetivo de la escritura consiste en alterar su objeto, seducirlo, hacerlo desaparecer ante sus propios ojos». Como los efectos especiales. En este caso, de escritura.


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