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La gran familia: la España de ayer
Rafael Narbona
04/01/19

Cuando estudiaba Filosofía en la Universidad Complutense, mis compañeros hablaban con devoción del cine de Bernardo Bertolucci, Luchino Visconti, Éric Rohmer y Michelangelo Antonioni. Si alguien se atrevía a elogiar a John Ford, Raoul Walsh o Alfred Hitchcock, se exponía a ser calificado de fascista y reaccionario. Por entonces, casi todo el mundo había visto Centauros del desierto, Murieron con las botas puestas o Cortina rasgada. A principios de los años ochenta, sólo había dos canales de televisión y los clásicos se reservaban para las franjas horarias con más público. En la Facultad de Filosofía, aún se respiraba el aire enfebrecido del Mayo francés y comenzaba a despuntar la movida madrileña. La mayoría de mis compañeros oscilaban entre el marxismo-leninismo matizado por Louis Althusser, un pop descerebrado y hortera (que fingía ser el colmo de la sofisticación y el ingenio), y las herméticas enseñanzas de Wilhelm Reich y Jacques Lacan. Se soñaba con asaltar los cielos al ritmo de Alaska y los Pegamoides para aniquilar los peores inventos de la burguesía: la familia patriarcal, la democracia capitalista, el sentimiento religioso y el abyecto patriotismo. Desde ese punto de vista, Centauros del desierto sólo era un panfleto racista; Murieron con las botas puestas, puro y deplorable militarismo; Cortina rasgada, burda propaganda anticomunista. Ni siquiera se reconocían los méritos formales de los grandes maestros de la dirección cinematográfica. Cualquier secuencia de La luna (1979), una película increíblemente afectada y pretenciosa, se consideraba superior a toda la filmografía de John Ford. Comparar el cine de tiros, indios y vaqueros con las sublimes incursiones de Bertolucci en la oscura región de los tabúes, constituía una imperdonable herejía.

Yo no me libré del marxismo, ni de la movida. Es difícil discrepar de una mayoría intolerante y fanática. Leí a Marx y a Foucault con grandes dosis de sufrimiento, y bailé con resignación en Rock-Ola, escuchando letras que incitaban al infanticidio, la necrofilia y la sobredosis. Nada nuevo bajo el sol. Nada digno de recordar o celebrar. La idea de «epatar al burgués» no fue una invención de la movida, pero se sacó del armario para hacer ruido y simular la irrupción de algo distinto y original. ¿Cuáles fueron los frutos de ese fenómeno? Un puñado de canciones de escaso mérito artístico, vidas destrozadas por el alcohol y las drogas, y el escarnio de los valores que habían proporcionado estabilidad y esperanza a las generaciones anteriores. Aunque sus protagonistas lo nieguen, la movida fue un retoño del Mayo del 68. Su rasgo más creativo consistió en renovar el armario, reemplazando el pañuelo de fantasía de los jipis por un imperdible o un colgante con forma de murciélago.

Aunque el sarpullido revolucionario ha remitido notablemente, el populismo de izquierdas continúa presentando a la familia, la religión y la economía de mercado como los grandes enemigos de la humanidad. Un fatalismo nietzscheano se ha adueñado de casi todas las conciencias, imponiendo una perspectiva cortoplacista. Hay que vivir el instante y no pensar en mañana, pues el porvenir del hombre es la nada. Quizá sería mejor no haber nacido, pero, ya que estamos aquí, no hagamos caso a quienes nos hablan de la virtud o la prudencia. Este discurso convive con un crecimiento imparable de la soledad, la insatisfacción, el escepticismo y la melancolía. En nombre de presuntas liberaciones, el hombre se ha quedado a la intemperie, desarraigado y sin esperanza. El Mayo del 68 fracasó en la política, pero goza de una sólida hegemonía cultural. No sé si se trata de una victoria irreversible, pero yo he de admitir que siento nostalgia del ayer.

Hace unas semanas volví a ver La gran familia. Dirigida por Fernando Palacios y estrenada en 1962, la película cautivó al gran público, que se identificó con los problemas y peripecias de sus personajes. Nunca he simpatizado con la dictadura franquista, pero recuerdo la década de los sesenta con añoranza. No debe confundirse la forma política de una época con la vida cotidiana de la sociedad que vive bajo sus leyes. En esos años, muchas familias se parecían a la de Carlos Alonso (Alberto Closas), Mercedes (Amparo Soler Leal) y su numerosa prole. La presencia del abuelo (Pepe Isbert) no era un capricho del guion, sino el fiel reflejo de un tiempo en el que aún convivían tres generaciones, compartiendo ilusiones y fracasos. Inspirándose en los chispeantes diálogos de Tono, Mihura y Jardiel Poncela, Rafael J. Salvia, Pedro Masó y Antonio Vich escribieron un guion con una trama tan sencilla como eficaz. Carlos, el cabeza de familia, es aparejador y tiene varios empleos. Simpático, optimista, trabajador, íntegro y comprensivo, ejerce su autoridad cuando es necesario, pero nunca es intolerante o inflexible. Cuando uno de sus hijos mayores suspende varias asignaturas en la universidad por llevar una vida de crápula, lo deja sin vacaciones en la playa, pero levanta el castigo tras escuchar las protestas de sus hermanos y el abuelo, pidiendo una medida menos severa. Mercedes, la madre, no es una mujer sumisa, sino una administradora realista y eficaz. No sobreprotege a sus hijos, ni los culpabiliza. Sólo pierde los nervios cuando Chencho, el más pequeño, se pierde en la Plaza Mayor horas antes de la Nochebuena. Su compenetración con su marido se renueva con cada experiencia, creando el entorno cálido y estable que necesitan los hijos para convertirse en adultos equilibrados y responsables. El abuelo es un niño grande que aporta ternura y diversión. El inolvidable Pepe Isbert realiza una interpretación entrañable que ha quedado grabada en la memoria colectiva de varias generaciones, especialmente cuando busca desesperadamente a su nieto, repitiendo su nombre («¡Chencho!») con su inconfundible ronquera. Se ha dicho que José Luis López Vázquez sobreactúa en su papel de padrino. No creo que sea así. El estilo interpretativo de López Vázquez se confunde con su hiperbólica personalidad dramática. Al igual que Pepe Isbert, sus creaciones son una prolongación de su peculiar manera de estar ante la cámara, produciendo la ilusión de no inventar ni crear nada, pues cada gesto, dejo o modulación parecen el testimonio de algo natural e inevitable.

Declarada «Película de Interés Nacional», La gran familia ha sido acusada de complicidad ideológica con la dictadura. Imagino que hablar en su favor te convierte en sospechoso de franquismo. Yo no advierto nada de eso en una película con un espíritu similar al de ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946). Se trata de dos clásicos que celebran el amor en familia y el sentido del sacrificio, destacando la importancia de vivir para los otros y no sólo para uno mismo. Yo suelo volver a verlas todos los años, casi siempre por navidad, y nada me hará abandonar ese hábito, aunque algunos lo utilicen para tildarme de retrógrado y reaccionario. Que otros dediquen su tiempo a Bertolucci, Althusser y Alaska y los Pegamoides. Tienen mi comprensión y mi compasión.


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