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La guerra civil española en el cine
Rafael Narbona
14/12/18

No soy un experto en las películas realizadas sobre la guerra civil española, pero sí puedo apuntar que el fin de la dictadura no acarreó una perspectiva ecuánime del acontecimiento más trágico de nuestra historia reciente. Quizá porque con la Transición llegó la hora de ajustar cuentas y mostrar otra versión de los hechos. Películas como Sin novedad en el Alcázar (Augusto Genina, 1940), Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1942) o Balarrasa (José Antonio Nieves Conde, 1951) ofrecían una visión caricaturesca del bando republicano, atribuyéndole toda clase de perversiones morales e ideológicas. Los «rojos» eran seres demoníacos con rasgos orientales, cuya meta era destruir la civilización occidental, perpetrando todas las atrocidades imaginables. Las películas del régimen ocultaban sistemáticamente el fondo de barbarie e intolerancia que había forjado el espíritu de los sublevados. Basta recordar algunas frases de los ideólogos de las políticas de exterminio para comprobar que nunca se buscó la paz, el diálogo o el entendimiento con el adversario. En 1934, Onésimo Redondo manifestaba abiertamente las intenciones de las milicias de las JONS: «¡Preparad las armas! Aficionaos al chasquido de la pistola, acariciad el puñal, haceos inseparables de la estaca vindicativa». Luciano de la Calzada, diputado de la CEDA por Valladolid, no se mostró menos beligerante en el mitin del 23 de abril de 1934, cuando habló a doscientas mil personas en el Monasterio de San Lorenzo del Escorial: «España es una afirmación del pasado y una ruta hacia el futuro. Sólo quien viva esa afirmación y camine por esa ruta puede llamarse español. Todo lo demás (judíos, heresiarcas, protestantes, comuneros, moriscos, enciclopedistas, afrancesados, masones, krausistas, liberales, marxistas) fue y es una minoría discrepante al margen de la nacionalidad, y por fuera y frente a la Patria es la anti-Patria».

Raza produce vergüenza ajena, pero técnicamente no es una película despreciable. Sáenz de Heredia logra un ritmo narrativo ágil y ameno, tan eficaz en el registro dramático como en las escenas de comedia. A veces se desliza hacia un esteticismo relamido, pero en otras ocasiones rueda planos que captan convincentemente la psicología de los personajes, sin necesidad de apoyarse en el diálogo. La interpretación de Alfredo Mayo es impecable. En cambio, el guion es pura retórica tradicionalista. Su exaltación de los valores militares y religiosos es torpe, previsible y cargante.

Sin novedad en el Alcázar es una película con más cualidades cinematográficas. Su guion es un canto a los mismos valores, pero no resulta tan burdo. Augusto Genina transmite con credibilidad la angustia de los asediados, su vida cotidiana en condiciones de suma precariedad y su firme determinación de sobreponerse a cualquier revés. El romance que salpica la trama no se despeña por la afectación y la cursilería, acentuando el clima humano que se respira en la fortificación sitiada. Con un buen ritmo narrativo y unos efectos especiales bastante dignos, podría verse como una película de aventuras, con una tensión dramática parecida a la de El Álamo (John Wayne, 1960) o Zulú (Cy Endfield, 1964). Eso sí, sería inútil buscar la verdad histórica en una película concebida para convertir el asedio del Alcázar de Toledo en mito. En ningún momento se menciona que el verdadero artífice de la rebelión fue Pedro Romero Bassart, teniente coronel de la Guardia Civil. De hecho, sin los ochocientos agentes de la Benemérita que se sublevaron y refugiaron en el Alcázar no habría sido posible frenar el asalto de las fuerzas republicanas, pues el resto de la guarnición estaba compuesta por ciento diez civiles. Y, evidentemente, se omite que las tropas de Varela, después de liberar el Alcázar, mataron a los doscientos milicianos y soldados de la infantería republicana que se reponían de sus heridas en el Hospital de San Juan Bautista, según el testimonio del periodista John T. Whitaker.

Balarrasa es una buena película que mezcla con acierto la épica del género bélico, la chispa de la comedia y el dramatismo del cine negro. Fernando Fernán-Gómez interpreta con su talento habitual al capitán Mendoza, que renuncia a la carrera militar para ordenarse sacerdote. Desiderio (Manolo Morán) sirvió bajo su mando y al finalizar la guerra se hizo taxista. Su reencuentro propicia todo tipo de situaciones cómicas. Morán es uno de los grandes secundarios del cine español. Al igual que Pepe Isbert, siempre estará asociado a la década de los cincuenta y los sesenta, cuando el Seiscientos y la nevera revolucionaban la vida de las familias, incorporándolas poco a poco a una incipiente clase media, donde la escasez quedaba atrás y el consumo crecía imparablemente. No quiero dejar de mencionar a José María Rodero, que hace el papel de tímido y enmadrado catedrático de instituto, cuyo sueño es casarse con una hermana de Mendoza. La escena en que un Fernando Fernán-Gómez con sotana le incita a emplear la fuerza contra un frívolo y corpulento rival es particularmente divertida. La muerte del protagonista en la remota Alaska, adonde se ha desplazado como misionero, no es un final brillante, pero no destroza la película, que se queda flotando en la memoria como una comedia con un mensaje edificante o, si se prefiere, moralista: «Hay que intentar no morir con las manos vacías».

Desde la Transición, las películas sobre la Guerra Civil han ensalzando al bando republicano hasta el extremo de componer una fábula moral muy alejada de la realidad. Tierra y Libertad (Ken Loach, 1995), Libertarias (Vicente Aranda, 1996) o ¡Ay, Carmela! (Carlos Saura, 1990), con mayores o menos cualidades cinematográficas, idealizan a los combatientes republicanos, justificando la represión revolucionaria como una exigencia de la guerra. El sacerdote fusilado en Tierra y Libertad dispara a las milicias del POUM desde el campanario de la iglesia y ha delatado a varios vecinos durante la ocupación del pueblo por las tropas sublevadas, enviándolos a una muerte segura. Es tristemente cierto que algunos sacerdotes –no muchos, según Paul Preston− empuñaron las armas para colaborar con los rebeldes, pero sería injusto invocar esos casos para excusar el asesinato de casi siete mil religiosos. En Barbastro, las milicias anarquistas fusilaron a medio centenar de misioneros claretianos, la mayoría menores de veinticinco años. El obispo, Florentino Asensio Barroso, fue castrado y, posteriormente, cosido a tiros. Su último gesto consistió en bendecir al pelotón de fusilamiento.

Algunos líderes republicanos condenaron los crímenes de la retaguardia. Indalecio Prieto pidió en la radio «pechos duros para el combate», pero «con corazones sensibles, capaces de estremecerse ante el dolor humano y albergar piedad». Dolores Ibárruri replicó a Prieto que ante el enemigo no cabía compasión, alegando que «la única política posible» ante los fascistas era «la del exterminio». Esa fue la política que se aplicó en la cárcel Modelo de Madrid el 22 de agosto de 1936, cuando un grupo de milicianos anarquistas asaltó la prisión y asesinó a decenas de políticos derechistas como represalia por el bombardeo del barrio de Argüelles y las noticias sobre la matanza de Badajoz, donde la columna de Yagüe había pasado por las armas al menos a mil quinientos civiles y militares republicanos. Prieto visitó la Cárcel Modelo y, consternado por lo sucedido, comentó: «La brutalidad de lo que aquí acaba de ocurrir significa, nada menos, que con esto hemos perdido la guerra».

Sería fatigoso acumular ejemplos de las atrocidades cometidas por ambos bandos durante la guerra, pero conviene señalar que aún persisten algunos lugares comunes incompatibles con la objetividad histórica. El alto mando de los sublevados planificó una represión sistemática para descabezar a los partidos, sindicatos y milicias que apoyaban la causa republicana, sembrando un terror que favorecía su avance y que continuó durante la posguerra para consolidar su victoria. Se ha dicho que las autoridades republicanas intentaron frenar los crímenes de los incontrolados, pero sabemos que en algunos casos consintieron o aplicaron la represión selectiva. La matanza de Paracuellos, que causó unas dos mil quinientas víctimas, no puede atribuirse a una reacción espontánea de ira. «Estos asesinatos –escribe Paul Preston en El holocausto español (2011)− fueron fruto de decisiones político-militares». Algo semejante puede decirse de las checas. Sólo en Madrid había más de doscientas. En su dirección participaron comunistas, anarquistas, socialistas y militantes de Izquierda Republicana.

La verdad es incómoda y nada poética. Quizás por esa razón el cine ha optado por el mito, exaltando a un bando u otro. Aún no se ha rodado una película que narre honestamente los hechos, mostrando que la guerra produce siempre una degradación colectiva. Hasta que alguien se atreva a embarcarse en un proyecto tan impopular habrá que conformarse con versiones deformadas e incompletas de una tragedia en la que casi todos los españoles perdieron.


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