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Buster Keaton: El héroe del río
Rafael Narbona
23/11/18

Cuando en Cantando bajo la lluvia (Gene Kelly-Stanley Donen, 1952) el productor R. F. Simpson (Millard Mitchell) proyecta en su mansión unos breves minutos de cine sonoro ‒un prodigio inesperado en un Hollywood con grandes estrellas que hasta entonces nunca se habían planteado el reto de añadir su voz a unas interpretaciones afectadas y barrocas‒, una actriz con aspecto de vampiresa exclama despechada: «¡Vulgar, insufriblemente vulgar!» Su aristocrático desdén no frenará el vertiginoso avance del cine sonoro, que expulsará a los grandes divos y divas de su paraíso de celuloide. De joven, no prestaba demasiada atención a esta escena, pues el cine mudo no me decía gran cosa. Ahora, en cambio, creo que la actriz tenía cierta razón. No puedo despreciar el cine sonoro, pues sus años dorados me han regalado –y siguen regalándome‒ momentos inolvidables, pero el cine mudo me parece más delicado, más poético. Hace unos días, volví a ver El héroe del río (Steamboat Bill, Jr., 1928), una película deliciosa interpretada y dirigida por Buster Keaton. Charles Reisner participa en la dirección, pero todo el filme lleva el sello de Joseph Frank «Buster» Keaton, «The Great Stone Face» o, si se prefiere, «Cara de Palo» o «Pamplinas». ¿Cuál es el sello de Keaton? Una forma de enfrentarse al mundo basada en la ternura, la temeridad y el disparate. Buster Keaton es un acróbata impávido que avanza por un alambre tendido entre lo absurdo y lo imposible. Cualquier otro fracasaría, cayendo al vacío, pero él siempre logra realizar una asombrosa pirueta que lo salva de la catástrofe en el último instante. Muchas veces se trata de meros ejercicios de supervivencia, pero en otras ocasiones rescata a una pobre chica –o a cualquier otra desgraciada criatura- de una muerte inminente. No es un simple volatinero, sino un héroe tímido y discreto.

En El héroe del río, Buster Keaton lucha contra un huracán, oponiendo al viento su cuerpo pequeño y fibroso. Las fachadas se desploman, los tejados vuelan, las calles se llenan de objetos insólitos, los vehículos circulan sin nadie al volante, los periódicos agitan sus hojas como gaviotas que huyen de la ira de la naturaleza. Buster resbala, se cae de espaldas, se incorpora, se inclina hacia delante, salta con los dos pies juntos, pero no consigue avanzar ni un milímetro. El viento juega con él. Lo derriba una y otra vez, restregando su rostro contra el barro. Su cuerpo se inclina hasta lo inverosímil, desafiando a la gravedad. No está dispuesto a rendirse. Podríamos atribuir su tenacidad al deseo de sobrevivir, pero hay algo más. De hecho, Buster Keaton, hijo de volatineros y acróbata infantil, se juega la vida en una escena particularmente arriesgada. Aunque ignoro el orden en que se rodó, pocos minutos atrás se ha parado en mitad de la calle, tras recibir un fuerte golpe en la cabeza. Mientras se palpa el cuello dolorido y estira los hombros, una fachada cae sobre él. Milagrosamente, una ventana abierta lo salva de morir aplastado. No hay trampa ni cartón. El actor, que nunca se dejó doblar, asume un riesgo descomunal que roza la pura insensatez. Se dice que Buster Keaton se hallaba deprimido, que había fantaseado con el suicidio después del fracaso comercial de El maquinista de La General (1927), que su matrimonio con Natalie Talmadge marchaba mal, que ya atisbaba el ocaso de su carrera y la caída en el alcoholismo. Es probable, pero –al margen de sus circunstancias personales‒ su flirteo con la muerte expresa un aspecto esencial de su humor: la combinación de lo trágico y lo ridículo, lo fatal y lo grotesco, lo funesto y lo burlesco. En sus películas, la muerte parece un juego, una ocurrencia, un número de prestidigitación. Quizá morir sólo consista en cambiar de escenario. Y, si no es así, es preferible reír hasta el último segundo, sin lamentar que acabe la función. El semblante de Buster Keaton roza la solemnidad, pero una y otra vez se precipita por lo hilarante, mostrando que la grandeza sólo necesita un resbalón para volverse insignificante. En El héroe del río, las peripecias de su personaje insinúan que el azar es la única fuerza del universo y que estar vivo ‒o incrementar la legión de los difuntos‒ depende de algo tan irrelevante como abrir una ventana o detenerse un instante en un lugar sin nada de particular.

Buster Keaton no necesita palabras para hacernos reír o temblar, estallar en carcajadas o llevarnos hasta las lágrimas. Su rostro imperturbable y su aire de perdedor nato nos conmueven profundamente; sus cabriolas y sus contorsiones nos divierten y nos hacen experimentar vértigo. Cortés, sentimental y sencillo, nos seduce sin esfuerzo. Nunca una faz impasible había expresado tanto. Decir mucho con poco. Creo que esa es la esencia de la poesía. Chaplin obra el mismo milagro, pero con una sonrisa. Aunque se ha hablado mucho de su rivalidad, los dos actores contemplan el mundo con los mismos ojos. La sonrisa de Chaplin está cargada de melancolía; los finales felices de Buster Keaton desprenden una amarga sensación de fracaso. En El héroe del río, el humor siempre está impregnado de tristeza. Keaton interpreta a William Canfield, Jr., un petimetre de Boston que ha crecido sin su padre. Su forma de vestir recuerda a los payasos: pantalones muy anchos, chaleco de fantasía, pajarita con lunares, americana de rayas, una boina de aire bohemio, un bigotito de lechuguino y un banjo. Ha viajado hasta Misisipi para conocer a su padre, William «Steamboat Bill» Canfield, Sr. (Ernest Torrence), un gigantón rudo y pendenciero que capitanea un viejo y cochambroso ferri. Su negocio está a punto de ir a pique, pues el rico y próspero John James King (Tom McGuire) ha fletado un lujoso ferri, un auténtico hotel flotante que no oculta su intención de atraerse a todos los pasajeros de la zona. Padre de Kitty (Marion Byron), King no sospecha que su hija ha coincidido con William Canfield, Jr. en Boston, y, menos aún, que se ha medio enamorado de él.

«Steamboat Bill» llora cuando su hijo le anuncia que ha partido en tren hacia Misisipi para conocerlo, pero no oculta su desilusión al descubrir que es un joven esmirriado e inseguro. Avergonzado, le obliga a afeitarse el bigotito y comprar ropa adecuada para trabajar en el ferri. La escena de la sastrería evidencia el talento dramático de Buster Keaton, que inspira toda clase de emociones sin mover un músculo. Su padre le prueba un sombrero tras otro, explorando todos los estilos: ala ancha, ala muy estrecha, canotier, bombín, panamá. Ninguno le queda bien. Todos acentúan su fragilidad y su timidez. William Canfield, Jr. se encapricha de una gorra de cuadros, pero su padre descarta el modelo, quitándoselo de la cabeza con malos modos. Sin embargo, el joven recoge la gorra y se la pone apenas se da la espalda. Cada vez lo hace de forma distinta: ladeándola, echándola hacia atrás, calándosela hasta las cejas. Su insistencia muestra su carácter infantil, pero también su ingenio, que le servirá para salvar vidas durante el huracán que arrasará la ciudad. Al final, el padre se marcha con los nervios destrozados y, en su ausencia, William escoge un flamante traje de almirante con galones de fantasía. Cuando se acerca al ferri, el segundo de a bordo le entrega un revólver al desesperado padre, invitándolo a disparar: «Ningún jurado te declararía culpable».

El héroe del río incluye estampas que retratan perfectamente el genio de Buster Keaton: con un paraguas al que el temporal ha dado la vuelta, convirtiéndolo en un cono que retiene el agua hasta desbordarse y empapar a su portador y a quienes están a su lado; abrazado a un árbol que vuela a causa del huracán, con el aspecto de un pelele expuesto al capricho de los elementos; golpeándose contra el decorado de un teatro, tras confundirlo con un paisaje real; viajando por las calles del pueblo en una cama, empujada por el viento hasta desembocar en una cuadra, donde los caballos lo observan con indiferencia. La imagen final no es menos original y divertida. Tras salvar de morir ahogados a su novia, su padre y su futuro suegro, rescata con un salvavidas a un sacerdote para que celebre el enlace cuanto antes, aprovechando la confusión del momento.

Buster Keaton improvisaba sin cesar. Lejos de ceñirse al guion, que en este caso lo firma Carl Harbaugh, enriquecía la trama con sus ocurrencias. Esa forma de trabajar se advierte en la frescura de sus películas, donde nada resulta tedioso, convencional o previsible. El héroe del río ha soportado inmejorablemente el paso del tiempo: divierte, asombra, enternece. No voy a cometer la imprudencia de menospreciar el cine sonoro, pero después de ver a Buster Keaton volando agarrado al tronco de un árbol, siento la tentación de exaltar el latido lírico del cine mudo, quizá más hondo que el de cualquier película con diálogos. La palabra no es vulgar, pero el silencio es más profundo.


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