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LITERATURA ESPAÑOLA
Recuento de una trilogía singular
Santos Alonso
nº 16 · abril 1998
JOSEFINA A. ALDECOA
La fuerza del destino
Anagrama, Barcelona, 1997 - 223 págs.

Josefina R. Aldecoa, una de las más importantes escritoras españolas contemporáneas, completa con La fuerza del destino la trilogía narrativa iniciada en Historia de una maestra (1990) y continuada en Mujeres denegro (1994). Se trata de un conjunto novelístico singular que recorre palmo a palmo el espacio humano extendido entre el yo y el nosotros y que responde, en sus intenciones narrativas, a una doble tensión: la tensión histórica de España a lo largo de nuestro siglo, vista desde la perspectiva de los vencidos en todos los frentes y de los exiliados en todas las geografías, y la tensión del ser humano que va encajando sus incógnitas existenciales como piezas del tablero en que mide sus fuerzas con la soledad y la muerte.

La trilogía de Aldecoa no ha reducido, en ningún tramo del desarrollo de las tres novelas, ni la intensidad dramática adecuada para expresar el coraje de vivir entre las dificultades personales o colectivas, ni la actitud crítica y el compromiso testimonial necesarios en toda literatura para observar las circunstancias políticas y sociales de cada momento, tan diferentes a lo largo de casi cien años, y explicar la dialéctica histórica que ha forjado la materia y el sentido del ser que somos a partir del que fuimos en el pasado precedente.

La fuerza del destino se presenta, pues, no sólo como el cierre de la trilogía, sino sobre todo como el final del proceso y el recuento de la historia. Gabriela, la protagonista, que en los anteriores títulos de la trilogía repartió su zozobra existencial entre la realidad española de la República y la guerra civil y el extrañamiento del exilio en México, regresa en 1975 a España, a la muerte del dictador, y asiste sorprendida y disidente al decurso de la transición democrática. Anciana ya, Gabriela suple la escasez de sus fuerzas físicas con una lucidez mental admirable y una energía interior tan sobrada como para disentir abiertamente de las concesiones ideológicas y el pragmatismo excluyente de los partidos progresistas en los años iniciales de la democracia.

Es la historia de España. Pero es también, como referencia complementaria, la historia de una mujer cuya fortaleza se agranda en la soledad y el cara a cara con su destino, al ver cómo todos sus ideales políticos de juventud, representados por el compromiso con la educación y la cultura de la gente, al que ha dedicado su vida, se desbaratan ante los objetivos económicos predicados por la sociedad del bienestar. Sólo le queda, entonces, el territorio personal, ese recinto intransferible que se convierte en grito interior ante el silencio y el aislamiento impuestos desde fuera y en motivo para la rememoración insistente del pasado y la observación perspicaz del presente.

Mientras pasan las horas y los días en la urbanización de las afueras de Madrid en que se ha recluido, Gabriela hace, de un lado, recuento y contraste de las dos historias, de los acontecimientos históricos y personales que marcaron su existencia –su ilusión como educadora en la República, el nacimiento de su hija, el fusilamiento de su marido, la irracionalidad de la guerra civil, su aventura de maestra en Guinea y su amor por Émile, la vida en México con su nuevo marido, el matrimonio y divorcio de su hija, el nacimiento del nieto, etc.–, asuntos todos ordenados en pequeñas secuencias de la memoria, superpuestas y reiteradas al modo de los monólogos interiores, que sirvieron de argumento y trama para las dos novelas anteriores.

De otro, el relato que constituye el grueso de La fuerza del destino. La narradora testigo que ha sido siempre se ciñe ahora al presente para repasar sin concesiones las luces y las sombras de la democracia. Su mirada entra y sale por los comportamientos humanos y las estrategias políticas con la clarividencia de quien ve lo que hay en juego entre el yo y el nosotros más allá de las decisiones puntuales y los intereses partidistas. Es la suya una mirada que ha visto lo suficiente como para adivinar los aciertos y los errores de cada momento antes de su aparición, por mucho que los demás, o tal vez por eso mismo, la mantengan al margen.

Pero ella nunca está al margen de nada. A través de los demás, de su hija y de su yerno, de su nieto y de sus vecinos, con el escenario al fondo de los cambios políticos, Gabriela da testimonio de las inquietudes ideológicas que la han mantenido firme y crítica frente a las adversidades e injusticias; y aunque ve cercano el final de su trayecto, no cede terreno a la lamentación ensimismada ni al victimismo, sino que con un sentido humanista de la vida, tan arraigado como indeleble, se enfrenta con coraje a los pasos tortuosos del destino y de la soledad, a la visión del suicidio y de la muerte, a las inconsistencias del amor, a las veleidades del pragmatismo económico y político, y a las amenazas de la enfermedad y el dolor.

No estamos, por tanto, como viene siendo habitual en muchas de las últimas novelas publicadas en España, ante un desahogo lastimero ni ante la relación llorona de la dolorida experiencia personal de la protagonista, sino ante una voz narrativa que fluye tan natural y auténtica como la confidencia hecha al oído de un amigo, capaz por sí sola de manifestar con igual tono de cercanía y serenidad las anécdotas más dramáticas y los episodios más placenteros, los momentos de mayor inquietud y los estados de profunda belleza y contemplación. La primera persona narrativa propuesta por Josefina R. Aldecoa, encauzada sin sobresaltos a lo largo de toda la trilogía, no responde tampoco al monólogo tradicional que se crea y recrea en sí mismo, sino al discurso del enunciado compartido entre la narradora y el lector.

Y esto sólo se consigue con sabiduría, con la coherencia y la cohesión que sujetan con maestría las riendas del relato; es decir, una explícita visión del mundo y de los conflictos humanos, un tono y una estructura sin grietas, un punto de vista y una trama consistentes, un tratamiento verosímil del tiempo y de los espacios, y cómo no, una escritura espléndida, rica en palabras y densa en pensamiento, que constituyen, organizados en la novela, los elementos imprescindibles para contar lo que se quiere contar.


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