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John Ford: El sol siempre brilla en Kentucky
Rafael Narbona
04/05/18

El sol siempre brilla en Kentucky (The Sun Shines Bright) llegó a las salas de cine en 1953, un año después del estreno de El hombre tranquilo (The Quiet Man). Sin embargo, parece una película más antigua, casi de otra época. Su fotografía en blanco y negro, su aire de melodrama y la afectación de algunos actores, que interpretan sus papeles con autocomplaciente manierismo, recrean en cierta medida la atmósfera del cine mudo. Si reparamos en que la siguiente película de Ford fue Mogambo, la sensación de anacronismo se acentúa. Quizás el director quiso dejar claro que con El sol siembre brilla en Kentucky (una traducción poco inspirada del título original) retomaba el mundo de Judge Priest, un film de 1934 protagonizado por un magnífico Will Rogers, hoy casi olvidado. Ambas películas se basan en relatos breves de Irvin S. Cobb, cuyas tramas se despliegan en un Sur amable, fatalista y romántico. Sería inexacto hablar de secuela, pero hay una evidente continuidad temática. Con familiares en la judicatura, John Ford utilizó la figura del juez Priest para expresar su visión de la justicia y del sueño americano. El cineasta de origen irlandés nunca ocultó su desdén por la intolerancia y el puritanismo, ni su simpatía por los inadaptados, los proscritos, los marginados, las prostitutas y los borrachines. En La diligencia (Stagecoach, 1939), la ternura está representada por una prostituta (Claire Trevor) y la cortesía por un exconvicto (John Wayne), mientras que la hipocresía, la corrupción y la indignidad corren a cargo de un banquero, la arrogante mujer de un oficial y un presunto caballero del Sur.

El juez Priest no es un magistrado solemne, sino un pícaro de buen corazón. Su integridad nace de sus flaquezas, no de su estricta observancia de la ley. De hecho, prescinde de formalidades y comete pequeñas irregularidades, como leer tebeos o tocar la trompeta en medio de una vista. No se trata de extravagancias gratuitas, sino de expresiones de su criterio ético y humanista, que lo impulsa a ignorar a los fiscales pomposos y a escuchar con paciencia y afecto a rateros de poca monta y holgazanes inofensivos. Encarna las mejores virtudes de Estados Unidos, pues tiende un puente entre tradición y progreso, nostalgia y reformismo, sentido de la comunidad e individualismo. En The Sun Shines Bright, está dispuesto a aprovechar cualquier ocasión para lograr votos y revalidar su mandato, pero sus ansias de continuar en el cargo no transigen con los atropellos e injusticias. Cuando el ayudante del sheriff abandona a su suerte a un joven negro acusado falsamente de ser el violador de una adolescente blanca, «Billy» Priest se enfrenta a la turba que pretende lincharlo, empleando su elocuencia, pero también un revólver. Sabe que ese gesto le hará perder votos, pero nada le parece más importante que salvar a un inocente. Charles Winninger interpreta al juez William «Billy» Pitman Priest, imprimiéndole una entrañable humanidad desde la primera escena. Aficionado al buen güisqui, su criado Jeff (Stepin Fetchit) siempre tiene preparada una garrafa para saciar su sed. El juez nunca menciona el alcohol. Cuando se levanta de la cama con su camisón y su gorro de dormir, se asoma a la ventana y hace sonar su trompeta para pedir su «medicina». Es su forma de empezar el día. El alcohol le infunde ánimos y actúa como un poderoso purgante, obligándole a correr hacia el baño entre retortijones. Su afición a la bebida choca con la estricta liga de mujeres que lucha contra el vicio. Dirigidas por Mrs. Aurora Ratchitt (Jane Darwell), consideran que el güisqui es obra del diablo. «Billy» Priest intenta ganarse su simpatía, prodigándoles halagos y bebiendo limonada en la fiesta anual que organizan para promover las buenas costumbres, pero jamás secunda su intransigencia, que exige la marginación de las personas con una conducta ligera o poco convencional.

«Billy» Priest encabeza a un grupo de excombatientes de la Confederación, que componen la representación local del Partido Demócrata. A pesar de su rivalidad con el Partido Republicano, mantienen unas relaciones cordiales con los excombatientes de la Unión. De hecho, sólo se diferencian por el uniforme, pues todos exhiben los mismos modales caballerosos y una incurable añoranza por el pasado. Su antigua enemistad sólo se manifiesta en pequeñas y casi infantiles jugarretas. Los demócratas roban la bandera de barras y estrellas de la Unión de las oficinas del Partido Demócrata, pero cuando el mayor Joe D. Habersham (Henry O’Neill), jefe de los excombatientes republicanos, insinúa su responsabilidad, fingen no saber nada, ofreciendo la bandera sustraída como regalo de confraternización. Habersham respeta y aprecia a «Billy» Priest. El juez ocupó el puesto de corneta durante la Guerra de Secesión, pero ya no es un enemigo, sino un digno adversario. Durante la escena más emotiva de la película, el mayor será el primero en desafiar los prejuicios de la comunidad, situándose al lado de Priest para seguir al féretro de la madre (Dorothy Jordan) de Lucy Lee. Hasta ese momento, el juez caminaba solo, pues la difunta había provocado la muerte de su marido, el único hijo del general confederado Fairfield (James Kirkwood), y la comunidad la había repudiado. El esposo ultrajado perdió la vida intentando defender su honor, y su viuda, arrepentida y avergonzada, abandonó la ciudad, confiando el cuidado de su hija Lucy Lee (Arleen Whelan) al doctor Lewt Lake (Russell Simpson), gran amigo de «Billy» Priest. Lucy Lee ha crecido sin saber nada de lo sucedido, pero sospechando que le han ocultado un terrible secreto. Sensible, discreta y hermosa, despierta el amor de Ashby Corwin (John Russell), un galán con un sombrero blanco de ala ancha que recuerda al Rhett Butler de Gone with the Wind (Victor Fleming, 1939). Ashby procede de una buena familia, pero su conducta no es ejemplar. Juerguista y aficionado a la bebida, su carácter disipado esconde un corazón limpio y noble. No le importan las murmuraciones sobre la madre de Lucy Lee. Acude en su auxilio cuando la mujer regresa y se desploma en mitad de la calle, y acompaña a su hija durante el funeral, recitando una breve y conmovedora plegaria.

La escena del funeral es uno de los grandes momentos del cine de Ford. La carroza fúnebre avanza despacio, portando un ataúd blanco. Detrás camina «Billy» Priest, con la Biblia en una mano, un paraguas bajo el brazo y su habitual traje blanco de tres piezas. Le sigue un carruaje descubierto con varias prostitutas vestidas de negro. Entre ellas, Mallie Cramp (Eve March), que había pedido ayuda al juez Priest para celebrar el funeral, recibiendo una respuesta enigmática: «Dios proveerá». La solitaria comitiva empieza a crecer hasta convertirse en multitud. Lucy Lee, que contempla la silenciosa e inaudita marcha desde una ventana, sale a la calle y detiene el carruaje de las prostitutas, colocándose delante de los caballos. Luego, sube al pescante y se sienta con el cochero negro, que observa su gesto con asombro. Ashby no tardará en aparecer, escoltando el carruaje a pie con la cabeza descubierta. Al llegar a la iglesia, se sienta junto a Lucy Lee. «Billy» Priest desempeña las funciones de predicador. Cabe preguntarse si ese hecho guarda alguna relación con su apellido. Quizá la coincidencia obedece al propósito de destacar el espíritu caritativo del juez, más preocupado de llevar el consuelo a las almas que de juzgarlas. Primero, lee unos versículos de San Mateo: «El que acoge a este niño, me acoge a mí». Es decir, el que acoge al más pequeño, al más desamparado, abre su corazón a Dios. Después, lee el episodio de la adúltera en San Juan. Cuando está a punto de finalizar, reproduciendo las palabras de Jesús, aparece el general Fairfield y pide a Ashby que le ceda su asiento. Sus ojos se han abierto y ha entendido que le corresponde acompañar a su nieta, a la que había ignorado injustamente hasta entonces. El juez, emocionado, finaliza el pasaje evangélico que exalta el perdón y recuerda a todos que nadie está libre de pecado. Mrs. Aurora Ratchitt, que ha desfilado detrás del carro fúnebre, toca el órgano durante la ceremonia. La herida abierta por una remota falta se ha cerrado definitivamente. Se ha cumplido la profecía del pequeño «Billy»: Dios realmente ha proveído.

The Sun Shines Bright es una película deliciosa plagada de escenas inolvidables: la alocada interpretación de dixie en mitad de un juicio; las palabras del general al corneta «Billy» («Siempre ocuparás un lugar en mis recuerdos»); la embriaguez permanente de Old Backwoodsman (Francis Ford); el baile en el porche de Herman Felsburg (Ludwig Stössel), un viejo tendero alemán que luchó con el Sur y que aún se emociona al escuchar un vals; el coraje del juez frente a la turba que pretende tomarse la justicia por su mano; Priest votándose a sí mismo para deshacer el empate con el candidato republicano Horace K. Maydew (Milburn Stone). Tras su victoria en las elecciones, el juez recibe el homenaje de la comunidad, que desfila delante de su casa: la orquesta municipal, los excombatientes del Sur, las mujeres, con Mrs. Aurora Ratchitt a la cabeza. Todos con banderas de la Confederación, pero orgullosos al mismo tiempo de ser ciudadanos estadounidenses. Los vecinos que intentaron linchar a un inocente también desfilan con una pancarta donde se lee: «Gracias por salvarnos de nosotros mismos». Un grupo de negros canta góspel, sin disimular su gratitud. Entre ellos, Uncle Zack (Clarence Muse) y su sobrino, el joven al que salvó el juez, un pobre e ingenuo muchacho apasionado por el banjo. Por último, aparecen Lucy Lee y Ashby. Están a punto de entrar en la vivienda, pero Lucy Lee contiene a Ashby. El pequeño «Billy» se aleja por un largo pasillo, abriendo una puerta tras otra. Su silueta se distingue claramente hasta que desaparece, doblando una esquina. Esta perspectiva destaca su grandeza, pero también su soledad. Sin esposa, ni hijos, tiene muchos amigos, pero en la intimidad de su hogar sólo está su criado Jeff. No era el caso de John Ford, pero resulta curioso que Woody Strode lo cuidara durante cuatro meses mientras se recuperaba de una grave enfermedad casi al final de su vida. A veces, la ficción se anticipa a la realidad.

The Sun Shines Bright finaliza con un plano lateral de la casa de «Billy» Priest, con Jeff sentado en las escaleras del porche, tocando su armónica. Podría objetarse que John Ford idealiza el Sur, pero yo creo que más bien profundiza en sus paradojas, mostrando que el hombre, pese a sus miserias, nunca es una causa perdida.


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