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Elvis Presley, el artista adolescente
Rafael Narbona
16/03/18

La primera vez que vi a Elvis Presley yo era un niño de pantalón corto y el corte de pelo a tazón. En la España de finales de los años sesenta ya se había producido una tímida apertura, que –entre otras cosas‒ había permitido que en 1965 los Beatles actuaran en la Plaza de las Ventas ante un público de cinco mil jóvenes. No conservo ningún recuerdo de ese evento, pues en esas fechas yo sólo contaba dos años, pero en algún momento de mi niñez apareció la imagen de John Lennon con sombrero cordobés, guitarra eléctrica y armónica. No me impresionó gran cosa. En cambio, mi primer contacto con Elvis me produjo una auténtica conmoción. Encendí la televisión –un Telefunken en blanco y negro‒ y apareció cantando uno de sus números más famosos: el «rock de la cárcel». Con uniforme de preso y un llamativo tupé, su voz de barítono alto y con registros de tenor jugaba con una letra por entonces incomprensible para mí, enlazando frases a un ritmo frenético. Nunca había escuchado algo semejante y, menos aún, había contemplado a nadie mover las piernas y las caderas a semejante velocidad de vértigo, desencadenando una sensación de auténtica locura.

No fantaseé con ser Elvis, pero sí pensé que mi peinado estilo Beatle era un poco anticuado. No sabía que Elvis había aparecido primero, que los cuatro de Liverpool no habrían existido sin sus canciones –según reconoció el mismísimo John Lennon‒, que el joven que se agarraba de una barra, chasqueaba los dedos, se subía a una mesa y trepaba por unas escaleras de caracol sin perder el sentido del ritmo, había provocado una auténtica revolución cultural, propinando un impulso definitivo al «rock and roll». Cuando vi las primeras películas de Elvis, experimenté una decepción. No se hallaban a la altura de su forma de cantar, salvaje y desinhibida. Cuando ya era un adolescente, descubrí King Creole, absurdamente traducida al castellano como El barrio contra mí, donde Elvis imitaba a James Dean, encarnando a un joven rebelde y pendenciero, que se avergonzaba de su padre débil y pusilánime, y que ‒tras una breve carrera como pandillero‒ volvía al buen camino gracias al amor. No era una gran película, pero en su atmósfera violenta y apasionada recordaba al Elvis del «rock de la cárcel», lo cual me agradó mucho, pues en sus previsibles comedias no era un indómito joven entre rejas que se reía del mundo de los adultos, sino un bobo que sonreía permanentemente para agradar a todos los públicos.

Sólo tenía diez años cuando vi Aloha from Hawaii, un concierto transmitido vía satélite que logró mil millones de espectadores. Fue una experiencia decepcionante o, más exactamente, demoledora, pues el muchacho de Tupelo (Misisipi), había engordado, se vestía como un hortera y hacía payasadas en el escenario, propinando golpes de kárate al aire. Comprendí que los héroes no sólo envejecían, sino que, además, se convertían en una sombra –o una caricatura‒ de sí mismos. Como la mente se niega a asimilar las desilusiones, intenté olvidarme del concierto en Hawái escuchando un elepé recopilatorio que recogía sus grandes éxitos: «Hound Dog», «Blue Suede Shoes», «In the Ghetto». La caída de un ídolo es un duro golpe que no siempre se supera. Quizás eso explique que poco a poco dejara de escuchar a Elvis. Es cierto que los Beatles también cambiaron, pero no se pusieron un traje blanco de lentejuelas, sino que reemplazaron los flequillos y los elegantes trajes negros por melenas, barbas descuidadas y ropas de colores en el más puro estilo jipi. La muerte de Elvis no me afectó demasiado. Me entristeció saber que se había convertido en adicto a los fármacos, que comía sin medida hamburguesas y pizzas, que se paseaba por Graceland, su mansión en Memphis, con un revólver en la cintura, disparando contra todo lo que le molestaba: un inodoro atascado, un programa de televisión aburrido, una lámpara con las bombillas fundidas.

Mucho después, se hizo público que Elvis había logrado entrevistarse con Nixon, ofreciendo su ayuda para luchar contra las drogas y el comunismo. Eso sí, no podría hacerlo sin una placa de agente federal. Al principio, Nixon se quedó estupefacto, pero aceptó recibirlo y le entregó una placa. Una fotografía recogió el encuentro, mostrando a un Nixon visiblemente incómodo y a un Elvis con aspecto de mafioso de Las Vegas. Conocer este hecho sólo acentuó mi desencanto con Elvis. Mi elepé con sus grandes éxitos pasó a ocupar un lugar marginal en mi pequeña colección. Dejé de escucharlo, como dejé de leer a Verne y Salgari, convencido de que la madurez consistía en dejar cosas atrás sin mucho pesar.

A finales de los años ochenta, un amigo me prestó un elepé de Elvis con canciones poco conocidas que habían aparecido en la cara B de sus singles o que pertenecían a su repertorio de blues. Entre ellas, se hallaba «Stranger in My Own Home Town», que me conmovió profundamente, con un Elvis cantando como un paria sin hogar. Su voz nunca me había sonado tan negra, tan desgarrada, tan auténtica. La letra hablaba de un hombre que vuelve a su ciudad natal lleno de buenas intenciones y sólo encuentra rechazo, hostilidad. Pensé que tal vez Elvis se sentía así al final de su vida, deambulando por Graceland con su revólver, lleno de rabia y perplejidad. A diferencia de los Beatles, no había logrado adaptarse a los cambios sociales y estéticos. Los tiempos habían cambiado y él se había quedado desplazado. Sólo era una reliquia del pasado, un cantante anticuado y quizás un hombre atrapado en la niñez. Devolví el elepé de Elvis a mi amigo, pero antes hice una copia en un casete. Desgraciadamente, perdí la cinta. De hecho, sólo conservo unos pocos casetes que nunca escucho. A diferencia del vinilo, el casete no posee el necesario encanto para alimentar la nostalgia y el coleccionismo. Es un formato definitivamente desechado.

No es el caso de Elvis, que ha recuperado terreno con los años. John Lennon dijo que «antes de Elvis no había nada». Puede que tuviera razón. Elvis siempre será el rey, pero yo lo contemplo ahora, cantando y bailando el «rock de la cárcel», y pienso que también merecería ser recordado como un artista adolescente en busca de su propia identidad. Quizá no comprendía lo que hacía, pero cambió el mundo con sus canciones, levantando de su asiento a miles de jóvenes que ya no se conformaron con seguir viviendo como hasta entonces. En mi caso, implicó un cambio importante. Le exigí a mi madre un nuevo peinado y ella aceptó.


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