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Lolita en la hoguera
Rafael Narbona
09/03/18

¿Qué pretendió Vladimir Nabokov cuando escribió Lolita ¿Contar la historia de una pobre niña violada una y otra vez por su padrastro desalmado? Un argumento tan pueril y trillado no habría permitido que el libro se transformara en una obra maestra de la literatura. ¿Quizá su intención era explotar una historia morbosa para ganar mucho dinero? Sabemos que a Nabokov no le molestaba el dinero, pero sería injusto y ridículo rebajar su novela a la categoría de simple pornografía. Lolita se ha convertido en una obra incómoda en la época del movimiento #MeToo. Imagino que muchos han fantaseado con prohibir el libro o arrojarlo al fuego. Sin embargo, el anatema que ya pesa sobre Lolita no puede alterar su verdadero significado, ni anular sus virtudes literarias. Si un pederasta se adentra en sus páginas, experimentará una prematura decepción, pues las proezas estilísticas de Nabokov ponen a prueba la inteligencia del lector, exigiéndole atención, sensibilidad e ingenio. La trama puede ser provocadora, pero su desarrollo no se caracteriza por un encendido erotismo. Las escenas sexuales siempre acontecen fuera de foco. Las elipsis sortean con éxito la estridencia de lo explícito. Lolita no es un canto a la perversidad, sino una desinhibida radiografía de las catacumbas de la mente humana.

Humbert Humbert es un personaje amoral y retorcido, pero Lolita, que bordea los trece años, no es una niña ingenua e inocente, sino una preadolescente manipuladora, egoísta y sin demasiados reparos. Desde el principio, advierte la fascinación que ejerce sobre Humbert y, lejos de sentirse acosada, alimenta su pasión, adoptando un comportamiento provocador. Se pinta las uñas de los pies en su presencia, mirándolo con los ojos entornados. Frunce los labios con inequívoca sensualidad. Mordisquea una manzana mientras coloca sus piernas sobre su regazo. Cuando su madre la envía a un campamento, se despide teatralmente del que ya es su padrastro, abrazándolo con fuerza y fundiendo su «boca inocente» con «la feroz presión de unas oscuras mandíbulas masculinas». Humbert se presenta en el campamento tras una inesperada y providencial viudez. Lolita le confiesa que le ha sido «asquerosamente infiel», pero se justifica, alegando que él se ha olvidado de ella. Humbert protesta, afirmando que no es así. Lolita le recrimina su frialdad: «Bueno..., ¿acaso me has besado?» La conversación discurre mientras circulan en coche por una carretera secundaria. Al escuchar el reproche de Lolita, Humbert detiene el automóvil y Lolita se precipita «literalmente» a sus brazos: «Apretó su boca contra la mía con tal impaciencia que sentí sus grandes dientes delanteros». Poco después, Lolita comenta: «Mamá se volvería completamente loca si descubriera que somos amantes». Luego, habla de sus «juegos» con Charlie Holmes, un chico al que ha conocido en el campamento. Cuando Humbert le pregunta en qué consistían esos juegos, Lolita le contesta: «¿Te escandalizas fácilmente? […] Metámonos en algún lugar escondido y te lo contaré».

Stanley Kubrick estrenó en 1962 una versión cinematográfica de Lolita, que captaba perfectamente la atmósfera que se respira en la novela. James Mason interpreta magistralmente el personaje de Humbert Humbert. Es un canalla con modales de perfecto caballero. Profesor de literatura francesa, sus modales son suaves y refinados. Seduce a la madre de Lolita –inolvidable Shelley Winters‒ para estar cerca de su hija. A pesar de su cinismo, Humbert nunca logra controlar a Lolita (Sue Lyon), que lo manipula sin apenas esfuerzo y no tardará en engañarlo con Clare Quilty (Peter Sellers), un guionista televisivo de mediana edad. Lolita no parece traumatizada por ser el objeto del deseo de dos hombres adultos. Sue Lyon tenía quince años cuando encarnó a Lolita. No era una niña, sino una adolescente con apariencia de mujer joven. En cambio, Nabokov subraya y detalla el físico infantil de Lolita: un metro y cuarenta y ocho, treinta y ocho kilos, cincuenta y ocho de cintura, sesenta y ocho de pecho. Puede confundirse con una niña, admite, pero en realidad se trata de una «nínfula», una criatura que no pertenece a la especie humana, sino a un mundo mitológico que a veces se infiltra en la realidad, creando situaciones paradójicas o aberrantes. Lolita ignora todos los tabúes: «¿Nunca lo hiciste cuando eras niño?», le pregunta a Humbert, que responde con una sincera negativa. Humbert excusa su romance con Lolita con razonamientos obscenos: «No soy un psicópata sexual y criminal que se toma libertades indecentes con una niña. El violador fue Charlie Holmes; soy su terapeuta».

Lolita abandona a Humbert por Quilty. No huye de un secuestro. Simplemente, cambia de amante, sin pensar en cosas como la inocencia, la libertad o la diferencia de edad. Quilty es aún más perverso que Humbert. Intenta involucrarla en películas pornográficas, pero ella rehúsa la propuesta y su negativa le cuesta ser expulsada de su casa. Durante un tiempo, Lolita deambula sin rumbo fijo, trabajando en cafeterías y supermercados. Por fin, conoce a Dick, un joven poco espabilado con quien decide casarse. Embarazada y sin blanca, escribe a Humbert, pidiéndole dinero. Humbert acude de inmediato, suplicándole que regrese a su lado: «Crearé un nuevo Dios y le daré las gracias con gritos desgarradores, si me das una esperanza microscópica». Lolita le contesta que antes preferiría volver con Quilty. Nunca estuvo enamorada de Humbert, pero sí del guionista televisivo, mucho más elocuente y divertido. Pese a su desilusión, Humbert le entrega cuatro mil dólares y se marcha en busca de Quilty, con intención de vengarse. Armado con un revólver, se cuela en su casa y acaba con su vida a tiros. Un compasivo infarto lo salvará de la silla eléctrica, que –por cierto‒ está «pintada en amarillo», según le contó Quilty cuando le prometió un pase para asistir a una ejecución si no le disparaba. Antes de expirar, Humbert aún tendrá tiempo de escribir su historia, que comienza con una poética declaración de amor («Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas») y finaliza con una pintoresca descripción de la eternidad: «Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y ésta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita».

Quizás lo más perturbador de Lolita sea que ninguno de sus personajes actúa de forma decente. Humbert es un depravado; Quilty, también. Ambos labrarán su destrucción con su conducta desaprensiva. Lolita sólo es una niña, pero no resulta fácil simpatizar con ella. Caprichosa, vulgar y desconsiderada, nunca piensa en los demás. Si le añadimos unos cuantos años, nos encontraremos con una adolescente insufrible. De hecho, resultaría más creíble con dieciséis o diecisiete años. Sin embargo, Nabokov rebajó su edad para componer la fábula pagana de la «nínfula» situada a medio camino entre lo real y lo fantástico. ¿Qué pretendió el escritor ruso con su novela, que nació con la oscura fascinación de lo maldito y prohibido? Simplemente, hacer literatura y escarbar en la condición humana, mostrando sus pulsiones más oscuras. Sin prejuicios. Sin miedo a ser incorrecto. Con la libertad que necesita el arte para prosperar. Es una pena que corran malos tiempos para esta clase de empresas. La censura silencia a los artistas. La autocensura los mutila. Vamos en esa dirección y casi nadie se atreve a alzar la voz contra un fenómeno que –entre otras majaderías‒ ha logrado censurar los cuadros de Egon Schiele. La Oficina de Turismo de Viena había intentado promocionar sus obras durante el centenario de su muerte, pero Reino Unido y Alemania se han negado a que aparezcan en vallas publicitarias y paredes. No menciono las carreras destruidas por testimonios que salen a la luz veinte o treinta años después, sin aportar ninguna prueba. En este clima de linchamiento, el feminismo más radical y los movimientos más reaccionarios se dan alegremente la mano, enviando a la hoguera a Schiele, Balthus o Robert Mapplethorpe. ¿Quién será el siguiente? ¿Shakespeare, que narró el idilio de dos adolescentes y escarneció a las mujeres que se rebelaban contra sus maridos? No sé qué habría pensado George Orwell sobre el asunto, pero seguramente le habría inspirado una novela bastante sombría sobre un porvenir tristemente probable.


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