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ARTE
Arquitectura
José Laborda Yneva
nº 5 · mayo 1997
FRANCISCO ARQUÉS SOLER
Miguel Fisac
Ediciones Pronaos, Madrid, 1996
- 319 págs.

El conocimiento de la obra de los arquitectos españoles de nuestra posguerra permanece circunscrito a no muchos más de media docena de nombres que supieron afrontar con soltura la tarea de avanzar sobre unos criterios no siempre bien definidos en su tiempo. Los primeros años cuarenta, cuando ellos consiguieron su titulación, supusieron un período de precariedad conceptual y material en el que tan sólo el ejercicio de la ilusión pudo lograr la evolución de una arquitectura condicionada por los efectos inmediatos de la escasez y por la incertidumbre natural del caos de la guerra europea.

Junto a Fisac, Sota, Cabrero y Coderch formarán parte de una generación de arquitectos tan diferentes en su formación intelectual como en los resultados de su arquitectura. Todos ellos fueron profesionales que experimentaron por su cuenta sus propias reflexiones, sin adscribirse a la equívoca fascinación de la moda. Fueron ellos quienes, a través de la diversidad de su concepción formal y técnica, señalaron a otros muchos las actitudes que había que tener en cuenta. Algunos, como Coderch y Sota, pudieron comprobar a lo largo de su trayectoria el reconocimiento explícito de su condición de maestros. Y ello, pese a que no cabe mayor disparidad en sus obras; arquitectura orgánica, inmersa en las formas y la luz del mediterráneo la de Coderch, contrapuesta a la contención meditada de Sota y a la actitud esmerada y cúbica de Cabrero.

Ahora es el tiempo de Fisac. Parece haber llegado el momento en que su arquitectura, solitaria, indisciplinada, sea reconocida en España como lo ha sido desde hace tiempo en Europa. Y es que ese talante suyo, despreocupado de la turbación que su talento causa en los mediocres, no ha favorecido su proyección pública en nuestro país. Una arquitectura que arranca de experiencias clasicistas, que pronto desechará por inservibles, de la misma forma que su actitud independiente no entrará siquiera a considerar las pautas descontextualizadas del movimiento moderno.

Fisac avanza por su cuenta y encuentra en Asplund las sensaciones que mejor se adaptan a su inquietud. Gusto por la textura, por forzar hasta el límite las posibilidades de los materiales. Arquitecturas repletas de sugerencias, peculiares en sus efectos, al margen de fórmulas habituales, hacen de su obra una notable sinfonía de singularidad y de ingenio. Por eso ahora, aunque tarde, muchos han percibido el alcance real de su trayectoria y han decidido añadirse a un reconocimiento que, al menos, sirve para denunciar olvidos interesados precedentes.


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