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Setenta años de economia española
Francisco Cabrillo
23/01/17
Juan Velarde
Juan Velarde. Testigo del gran cambio. Conversaciones con Mikel Buesa y Thomas Baumert
Madrid, Encuentro, 2016 - 256 pp. 19,90 €

El año 1944 abrió sus puertas, por vez primera, la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad Central en Madrid. Entre los alumnos que formaron parte de la promoción inicial había un joven asturiano llamado Juan Velarde Fuertes, cuya vida profesional estaría estrechamente ligada durante largos años a la nueva institución y a muchas de las personas que han formado parte de ella hasta nuestros días. Hoy, en 2016, dos profesores de economía española −la especialidad en la que ha centrado su trabajo nuestro protagonista− han tenido la buena idea de ofrecernos un libro de conversaciones con Juan Velarde.

Estamos ante una obra que se sitúa entre el reportaje y la historia, por cuyas páginas transitan numerosos economistas y políticos que han sido relevantes en el desarrollo de la gestión y de la enseñanza de la economía en nuestro país a lo largo de las últimas siete décadas. El título del libro, Testigo del gran cambio, define bien su contenido. Velarde ha sido, ciertamente, un profesor de gran prestigio; pero también ha desempeñado cargos relevantes en el sector público en momentos importantes para la historia reciente de nuestro país. Y ésta ha sido, sin lugar a dudas, una historia de éxito. Sólo un dato ilustrativo, que aporta el propio entrevistado: entre 1959 y 2001, el PIB per cápita español se multiplicó, en términos reales, por cinco, pasando de 3.050 a 15.659 dólares con paridad de poder de compra. ¿Cómo fue posible lograr un crecimiento tan espectacular en un plazo tan breve de tiempo? Esta es una de las preguntas a las que intenta dar respuesta este libro a través de la trayectoria vital de un testigo −y a menudo también actor− privilegiado.

Como en otros países de la Europa continental, la creación de un título académico en economía fue relativamente tardía; y la enseñanza de esta disciplina estuvo ligada, durante mucho tiempo, a las facultades de Derecho. Ya en la Segunda República hubo algún intento de dar mayor relevancia a los estudios de economía. Pero habría que esperar hasta después de la Guerra Civil para que la nueva titulación se incorporara a la universidad española. Parece que Franco −nos cuenta el propio Velarde− vio con buenos ojos la creación de la nueva facultad. No se trata, desde luego, de que el general tuviera una idea clara de los principios básicos de funcionamiento de la economía y los mercados. La anécdota que se cuenta en el libro sobre la forma en la que el director del Fondo Monetario Internacional, Per Jacobsson, convenció a Franco de las ventajas que tendría para España devaluar la peseta en 1959, utilizando el argumento de que de esta forma barreríamos a los franceses del mercado de perfumes, es significativa de la forma simplista que tenía el general de entender la economía. Y son muchos los testimonios que coinciden con esta apreciación. El más duro, seguramente, es el de José Larraz, el primer ministro de Hacienda que tuvo Franco tras la Guerra Civil, quien, tras entrevistarse con el jefe del Estado, escribió en sus memorias que Franco tenía la cultura económica de un «bizarro capitán de Estado Mayor recién salido de la Escuela de Guerra». Pero era, sin duda, un hombre con gran intuición política; y pensó que le vendría bien disponer de personas competentes que le asesoraran en temas de los que él sabía muy poco. Tendrían que pasar aún bastantes años antes de que la influencia de unas ideas económicas sensatas tuviera fuerza realmente en el país. Pero el momento llegó; y un episodio clave para la historia contemporánea de España como fue el Plan de Estabilización de 1959 y las reformas que lo acompañaron no puede entenderse sin la presencia de un grupo de economistas que estuviera detrás de la nueva política económica. Y la facultad de Ciencias Económicas de Madrid desempeñó un papel muy relevante en un momento transcendental para el país.
La evolución intelectual y profesional de Velarde guarda una estrecha relación con tres generaciones de economistas: la de sus maestros, la de sus colegas y coetáneos, y la de sus discípulos. Los primeros habían empezado su actividad profesional antes de la Guerra Civil, y algunos se integraron en la nueva facultad. Entre ellos hay nombres importantes en el mundo de la incipiente profesionalización de los economistas en España, como los de Olariaga, Torres, Zumalacárregui, Valentín Andrés Álvarez, Perpiñá, Castañeda o Fernández Baños. Se trata de personas muy diferentes, con enfoques doctrinales muy distintos, a los que habría que añadir un economista alemán que tuvo gran influencia entre los economistas de nuestro país en la década de 1940, Heinrich Freiherr von Stackelberg, un gran especialista en teoría de la competencia imperfecta y de la organización industrial, cuyo nivel académico era muy superior al de cualquier economista español de la época, y que fue invitado a España, entre otras cosas porque conocía el idioma gracias a que su madre era argentina. Invitado a formar parte del claustro de la nueva Facultad de Económicas de Madrid en unos momentos muy difíciles para su país, vino a España en 1943; y, a pesar de fallecer muy joven en 1946, tuvo una influencia indudable tanto en los economistas españoles de la época como en los estudiantes de la Facultad.

Terminada la primera etapa de sus estudios universitarios, Velarde compaginó una carrera académica de éxito con la actividad de funcionario, especialmente desde que ganó, el año 1951, las oposiciones a inspector de previsión social del Ministerio de Trabajo, a las que se presentó porque de las de técnico comercial del Estado se le excluyó por ser ¡demasiado joven! Catedrático de la Universidad de Barcelona en 1960, cuatro años más tarde se traslada a Madrid. Con sus compañeros de generación −Fuentes Quintana, Varela, Arnáiz, Sánchez Asiaín, Estapé o Cerrolaza− mantiene una relación estrecha y el grupo influye, en muchos casos, en decisiones relevantes para la política económica española.

La estructura política del régimen de Franco era peculiar, con un líder absoluto y una serie de «familias» con ideologías diversas que tendrían mayor o menor predicamento a lo largo de los años. Una de ellas era, ciertamente, Falange Española. La Falange, que fue la gran protagonista de los primeros años de la dictadura, iría, sin embargo, perdiendo influencia con el paso del tiempo; y el régimen conservó mucho más sus formas que sus ideas. Aunque algunos de sus miembros siguieron fieles a sus principios, con un marcado contenido nacionalista y social, otros fueron conscientes de que el mundo había cambiado y de que lo que España necesitaba era parecerse cada vez más a los países europeos que estaban ya planteándose el gran proyecto del Mercado Común. Velarde pertenecía, sin duda, a este último grupo; y en el libro se destaca la importancia que para él tuvo el congreso de Falange de 1953. En sus propias palabras, en él se dejó de lado el nacionalsindicalismo para adoptar en su lugar un programa de corte socialdemócrata, en el que se abandonaban viejas reivindicaciones como la nacionalización de la banca o la entrega de la tierra a los trabajadores para pasar a considerar estrategias como la lucha contra los monopolios, la apertura de los mercados o la aplicación de un sistema fiscal progresivo. Parece, sin embargo, que los cambios no fueron siempre pacíficos; y cuenta Velarde que recuerda haber discutido a gritos con José María de Areilza, que en aquellos momentos defendía los principios tradicionales. Tal polémica nos resulta hoy curiosa, e incluso sorprendente, no por el hecho de que hubiera discrepancias entre los falangistas, sino porque, dos décadas más tarde, Areilza sería uno de los protagonistas de la transición política española, cuyas ideas iban, desde luego, mucho más en la línea del reformismo que en la del viejo populismo de la Falange.

El libro recorre la vida académica de Velarde en su doble aspecto de catedrático y de investigador y estudioso de los problemas económicos de nuestro país. Como profesor lleva en activo desde que empezó como ayudante en 1947, nada más terminar la carrera; y ha formado, a lo largo de todo este tiempo, a varias generaciones de catedráticos y profesores que lo reconocen como maestro. Como investigador, su obra se centró, desde el primer momento, en problemas relevantes para la economía española, que abordó con un sólido conocimiento de su pasado reciente, ya que es autor, entre otras muchas obras, de dos monografías importantes para conocer la economía española del primer tercio del siglo XX: su libro sobre la obra de Flores de Lemus y su trabajo sobre la economía durante la dictadura de Primo de Rivera. Y, en lo que se refiere ya a la época que le tocó vivir, ha estudiado numerosos problemas, entre los que yo destacaría su preocupación por las deficiencias en el funcionamiento de determinados mercados; y, más concretamente, por la existencia de monopolios que frenaban el desarrollo de nuestro país. La teoría económica nos enseña que hay dos formas de combatir los monopolios, sin necesidad incluso de aplicar leyes de defensa de la competencia. La primera es que el Estado cambie la regulación que favorece su existencia, elimine barreras de entrada y no garantice la percepción de rentas a los monopolistas. La segunda, la apertura de la economía al comercio internacional. Y cabe afirmar que si, por una parte, el Estado español no ha mostrado, por lo general, gran entusiasmo por ninguna de estas dos estrategias, siempre que las ha aplicado −a menudo por presiones externas− los resultados han sido muy positivos. Y no cabe duda de que la pérdida de influencia de monopolios de todo tipo en nuestro país ha ayudado a lograr ese gran cambio que en esta obra se describe, si bien la batalla está aún lejos de haberse ganado por completo.

El libro es ameno en todas sus páginas y permite, en mi opinión, dos tipos de lectura. La primera es recomendable para cualquier persona que, desde fuera del particular mundo de los economistas, quiera conocer algunos aspectos relevantes de la historia económica reciente de nuestro país. Pero más interesante aún me parece la segunda, que estaría restringida a lo que podríamos llamar la gente del oficio, es decir, a los economistas, a los que les resultarán, sin duda, familiares la mayoría de los nombres que en sus páginas se mencionan y podrán obtener una visión distinta de personas que sólo han conocido por sus obras o por el papel que han desempeñado en la política. Las «euforias güisqueras» −que menciona uno de los autores del libro, al hacer referencia a uno de estos economistas, cuyo nombre silenciaré ahora, pero que encontrará fácilmente el lector curioso− es sólo un ejemplo de los muchos comentarios informales y divertidos que surgen en el curso de la conversación entre Velarde, Buesa y Baumert.

Al hablar de Juan Velarde hay que referirse, ciertamente, al pasado; pero no podemos olvidar que el presente en él está plenamente vivo. Hace no mucho tiempo, con motivo de la presentación de este libro, recordé a Velarde aquella deliciosa historia de Borges –«El otro»− en la que el Borges maduro coincide con un Borges joven en un banco a orillas del río Charles, junto a la Universidad de Harvard. Ambos mantienen una conversación en la que se pone de manifiesto, por una parte, cómo a lo largo del tiempo ha habido en su persona una clara continuidad en la dedicación a las letras y en el amor por la literatura. Pero, por otra parte, el Borges viejo se muestra escéptico ante los ideales del joven y hace comentarios irónicos a su entusiasmo por algunas causas nobles, como la de la fraternidad de todos los hombres. Le pregunté si el Velarde joven, que aparece en la primera parte de este libro, es el mismo que escribe el epílogo de la obra, en el que reflexiona hoy sobre toda su trayectoria vital. Tras pensarlo un poco, me dijo que sí, que quien empezó a estudiar economía en los años cuarenta y quien revisa hoy su pasado son, realmente, la misma persona. Ha pasado el tiempo y el mundo y el país en el que vivimos son diferentes. Pero lo que no ha cambiado en Juan Velarde es su visión abierta hacia todo lo que sucede en el mundo y una gran curiosidad intelectual con respecto a cualquier novedad que pueda surgir en el campo de la economía. El libro da también testimonio de esto.

Francisco Cabrillo es catedrático de Economía en la Universidad Complutense y director del Colegio Universitario Cardenal Cisneros. Sus últimos libros son Economistas extravagantes, Retratos al aguafuerte (Madrid, Hoja perenne, 2006), Libertad económica en las Comunidades Autónomas (Madrid, Marcial Pons, 2008), Libertad económica en España 2011 (Madrid, Civitas, 2011), Principios de Economía y Hacienda (Madrid, Civitas, 2011), Libertad económica en España 2013 (Madrid, Civismo, 2013). Es el editor del volumen La economía de la administración de justicia (Madrid, Civitas, 2011).


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