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LITERATURA ESPAÑOLA
La extrañeza de un raro
Juan Carlos Peinado
CRÍTICO LITERARIO
nº 107 · noviembre 2005
Hipólito G. Navarro
Los últimos percances
Seix Barral, Barcelona, 448 págs.

Decir de un cuentista que tiene una trayectoria casi secreta resulta en la actualidad una observación redundante, pues la hegemonía de la novela en las mesas de novedades y la consiguiente preferencia de las editoriales por ese género vuelven invisible la narrativa breve a la mirada de los lectores, cada vez más proclive al extravío. Pero el caso de Hipólito G. Navarro no es tanto el de un autor oculto como el de un raro. Rara, en el sentido de singular, es su fidelidad casi exclusivista al cuento, con la que se distingue de tantos cuentistas ocasionales, para los que el género queda relegado al papel de trampolín para la novela o al de divertimento puntual y secundario. Pero, además, esa apasionada apuesta por la diferencia se instala en los cimientos de una narrativa radicalmente proteica en cuanto a la forma, insumisa a cualquier parámetro que permita encasillarla en escuelas o reducirla incluso a unas señas de identidad estables.

En Los últimos percances esa naturaleza cambiante de los relatos se hace particularmente visible hasta alcanzar la paradójica categoría de constante estética aplicable a los tres títulos que componen el libro: El aburrimiento, Lester (publicado por vez primera en 1996), Los tigres albinos (2000) y la colección inédita que presta su nombre al volumen. No es necesario avanzar mucho en la lectura para percibir que ese inquieto deambular por motivos, puntos de vista y técnicas narrativas no es atribuible a un tanteo arbitrario o primerizo, sino a la convicción de que la diversidad y la innovación son cualidades inherentes al cuento. De modo que Navarro, pese a su experimentalismo, viene a compartir con Cervantes la idea de que los relatos breves, cuando se agavillan en forma de libro, pueden y deben acogerse a los beneficios de la diversidad. De esta forma, Navarro se sitúa también frente a la vigente hegemonía de la antología temática, en la que los textos se someten al pie forzado de un determinado asunto, ambiente o circunstancia, lo que en muchos casos no deja de ser una forma algo acomplejada de ponerse al abrigo de la novela.

Existen, no obstante, varios aspectos que permiten vincular extremos tan distantes como la metaliteratura («El lector») y el costumbrismo, la fábula en clave («Gadir, Gades...») y el apunte presuntamente autobiográfico. La omnipresencia de un humor con querencias surrealistas y la sostenida exigencia lingüística son, tal vez, los elementos de cohesión que se perciben con mayor inmediatez. Pero quizás el vínculo más sólido de estos relatos reside en otro lugar. Me refiero al interés por un tipo de peripecias y personajes en que se manifiesta de forma especial una experiencia de extrañamiento que permite contemplar la verdad inquietante que ocultan las máscaras de lo cotidiano. Por eso el verdadero leitmotiv de estas ficciones podría ser la metamorfosis, entendida no como transformación material, sino cambio radical en la percepción de las cosas o de la existencia de los protagonistas. Un inocente gancho de colgar jamones que se beneficia de la perspectiva épica del suicidio («Jamón en escabeche»), o el destornillador adquirido para el bricolaje doméstico y que se convierte en instrumento de la desgracia («Los últimos percances») son casos paradigmáticos de esa inestabilidad de lo rutinario.

Nos situamos, por tanto, en los dominios del cuento moderno y bajo el magisterio –reconocido por el autor– de Cortázar y Monterroso. La actitud de Navarro, no obstante, dista mucho de ser epigonal. Es cierto que la incursión en lo fantástico (more cortaciano) es un recurso habitual para arrojar una luz oblicua sobre la realidad, desvelando la precariedad de sus convenciones y lo inestable de sus fundamentos.Así ocurre en piezas tan logradas como «Sucedáneo: pez volador» o «Semillas, simientes y pilatos». Pero este no es el único camino que siguen estos relatos, ni el que revela mejor la personalidad del narrador. Así, en la mayoría de las ocasiones, esa misma función iluminadora de lo sobrenatural viene proporcionada por un discurso fragmentario o caótico («A buen entendedor»), por el manejo deliberadamente confuso del tiempo («27/45...») y del punto de vista («El tilo en invierno», «Base por altura partido por dos»), o bien por la interposición de una lente que transforma en hipérbole la superficie anodina de lo trivial («La prosa»).

A mitad de camino entre la obra completa y la antología, entre la unidad y una abigarrada diversidad, Los últimos percances constituye un verdadero desafío a la molicie del lector. Sin embargo, no siempre sus continuas metamorfosis narrativas alcanzan resultados felices. Curiosamente, el talento de Navarro ofrece muchos de sus mejores momentos cuando refrena sus pulsiones innovadoras y sujeta la historia que quiere contar a unos parámetros más clásicos. De hecho, algunos de los cuentos más logrados, como «La cabeza nevada» o «Que salga el del salami», basan su eficacia en un recurso tan clásico como el de escamotear la identidad del narrador hasta el desenlace sorprendente. Al lado de esta tendencia minoritaria se encuentra el predominio de la experimentación, donde lo desigual de los resultados puede llegar a ensombrecer los numerosos aciertos. Es especialmente discutible –quizá más por su número que por sus defectos– el gusto por un cierto tipo de microrrelato que, en el mejor de los casos, queda en intrascendente fuego fatuo del ingenio, y en el peor presenta toda la facha de un chascarrillo de dudoso gusto. Ejemplo cabal de lo segundo es el relato titulado «La mar se yesa», donde la narración queda reducida a forzadísima y huera coartada de un discutible juego de palabras.

Es evidente que el autor tiene un especial aprecio por estas formas breves del ingenio (tan frecuente en los escritores de filiación barroca), porque a medida que avanzamos en la lectura su presencia llega a convertirse en mayoritaria. Tal vez el microrrelato, por sus propias características, sea un género que induce a la reincidencia. Pero, por la misma razón, suele facilitar el alumbramiento de piezas perfectamente prescindibles. En cualquier caso, es justo advertir que esta demasía resulta un defecto disculpable en la producción de uno de los pocos cuentistas que son y que, además, deberían estar en un lugar visible de nuestra narrativa actual.


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