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Richard Dawkins en una botella
Rafael Narbona
08/04/16

No me cuesta mucho trabajo imaginar a Richard Dawkins inspeccionando una botella para averiguar si contiene un genio. No hace falta estudiar ciencias naturales o teología para comprobar que la botella está vacía, pero Dawkins mezclará ambas disciplinas para exaltar la ciencia y escarnecer la fe, proclamando que la existencia es un privilegio reservado a lo que puede ser embotellado. Este experimento puede trasladarse a Dios, que nunca será un objeto de experiencia ni aceptará dormitar en el fondo de una botella, esperando que el escrutinio de un científico determine si es algo real, un fraude o una simple ficción. Dawkins, sumo sacerdote del entendimiento público de la ciencia, publicó en 2006 un best-seller titulado El espejismo de Dios, que rebajaba la vivencia religiosa a una estúpida –y peligrosa– alucinación colectiva. No aclaraba la diferencia entre fantasía o sugestión –dos procesos psicológicos que sí pueden ser colectivos– y delirio, un síntoma individual e intransferible que despunta en los cuadros psicóticos, marcando un divorcio transitorio entre la mente y la realidad. En cualquier caso, dejaba claro que la experiencia religiosa era una solemne tontería, con un trasfondo psicopatológico.

Los best-sellers no suele hilar muy fino y El espejismo de Dios no es una excepción. Dawkins asegura que el ateísmo no es una simple creencia, sino un saludable ejercicio de independencia. El agnosticismo no es deleznable, siempre y cuando no se aleje de la perspectiva que sitúa en el mismo plano a Dios, las hadas y los unicornios. No hay excusas para el teísmo, que es la triste evidencia de una mentalidad infantil y supersticiosa. La selección natural, la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica despejan cualquier duda sobre el origen y la finalidad del cosmos. Dawkins se queja del respeto que se profesa a la religión, pese a que constituye una dañina desviación del sentido común. Las cinco vías tomistas, el argumento ontológico de san Anselmo y la apuesta de Pascal le parecen «argumentos de patio de colegio». En su opinión, el Dios del Antiguo Testamento sólo es un «prominente canalla» y los Evangelios, pura ficción, con una endeble base histórica. El «diseño inteligente» es la teoría del necio que no comprende los complejos procesos de la selección natural. Para Dawkins, la religión es un contenido mental, una «unidad de cultura» o meme, que se aloja en la mente de uno más o más individuos, replicándose como un parásito hasta producir una epidemia. El respeto hacia nuestros semejantes no brota de un mandato religioso, sino de una empatía natural y de la intervención de genes altruistas que desempeñan un papel necesario para la preservación de la especie. No se puede ser tolerante con las religiones, pues su principal seña de identidad es una lúgubre intolerancia que se opone al progreso y a los cambios sociales. Hay que librar a los niños de su influencia y aleccionar a los adultos para que busquen respuestas en la ciencia, no en absurdos dogmas.

La beligerancia de Hawkins invita a responder a sus diatribas con la famosa frase de Tertuliano: «Creo porque es absurdo» («Credo quia absurdum»). No voy a caer en la trampa de rebatir sus opiniones con evidencias o certezas, pues Dios no es un genio atrapado en una botella ni un fósil sepultado en el subsuelo. Si alguien alberga la esperanza de toparse con Dios en una plaza pública, un laboratorio o un ascensor, lamento comunicarle que su expectativa se verá defraudada una y otra vez: Dios no es un vecino, un político o un divulgador científico que frecuenta los platós televisivos. No es menos insensato definir a Dios mediante una frase, pues el lenguaje sólo puede rendir cuentas de lo finito y contingente. Ya sé que identificar a Dios con lo inefable es decepcionante, pero es una forma de decir que ciertos ámbitos son radicalmente distintos y no permiten conmutaciones. El Dios cristiano –como católico, no me corresponde hablar de otras confesiones– no es una fuerza tenebrosa que nos intimida con su poder ilimitado, sino el amor que se hizo carne, aceptando morir como un esclavo: «Es –por utilizar las palabras del teólogo protestante Karl Barth– quien nos ayuda, quien cuida de nosotros, quien nos trae la salvación en medio de la desgracia». Dios es alegría y la alegría produce asombro, pues «es lo más raro e infrecuente del mundo». La alegría que produce el Dios vivo no puede expresarse con ideas claras y distintas: «Al Dios vivo –continúa Barth– sólo lo barruntamos. No cabe afirmar que lo conozcamos, que lo “tengamos”. ¡Todo se convierte en torpes suspiros y balbuceos cuando intentamos decir algo de él! […] Dios es no sólo indemostrable e inescrutable, sino inconcebible». Sólo conocemos su amor, que adquirió un rostro con Jesús de Nazaret: «Dios no sólo ama, sino que es el amor. Y precisamente en la humanidad de Jesús se realiza y se anuncia en el mundo como amor eterno». Barth justifica su interpretación mediante la segunda multiplicación de los panes narrada por Mateo: «Jesús llamó a sus discípulos y dijo: “Siento compasión de estas gentes, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer; no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino”» (15, 32). Sería una simpleza no advertir el carácter metafórico de este relato, que refleja la relación de Dios con el hombre. Jesús se compadece de la multitud que le sigue. Advierte su fatiga, su miedo y su desamparo y decide cargar con su aflicción, liberándoles de todo padecimiento. Decide ser su alimento y su cayado, su sostén y su esperanza.

El teólogo católico Hans Küng expresa la misma idea del Dios cristiano: «Dios no quiere nada para sí, para su provecho y mayor gloria. No desea otra cosa que el beneficio del hombre, su verdadera grandeza, su auténtica dignidad. […] Dios quiere la vida, la alegría, la libertad, la paz, la salvación, la gran felicidad última del hombre, en cuanto individuo y colectividad». A diferencia de Küng, Karl Barth no cree en argumentos racionales para llegar a Dios. La fe es el único punto de partida y no es una prueba, sino una certeza interna que se obtiene mediante la experiencia del amor. De acuerdo con la distinción de san Anselmo de Canterbury, la humanidad se divide en creyentes e insensatos. Los creyentes han experimentando la ternura de Dios. Los insensatos no conocen esa sensación, que puede compararse con una caricia o una iluminación. La virtud del creyente es escuchar, mantenerse abierto, no cerrar el corazón a la posibilidad de la gracia.

Dios es trascendente. Nunca podrá ser subsumido bajo esquemas o razones. Es más, suele revelarse cuando la razón entra crisis. La razón no conduce a la fe, pero la fe alumbra un sentido racional para la historia, rescatando al hombre de sus fracasos. Leszek Kołakowski lo explica de forma elocuente: «Un mundo iluminado por la fe es más inteligible que un mundo sin fe o, más bien, el mundo no es en absoluto inteligible excepto a la luz de la fe». No creo equivocarme al afirmar que este razonamiento sólo es una variación de la célebre frase de san Agustín: «Comprende para creer, cree para comprender» («Intellige ut credas, crede ut intelligas»). En nuestros días, todos los que intenten demostrar racionalmente la existencia de Dios se darán de bruces con Richard Dawkins, con el ceño fruncido y los ojos rebosantes de ironía. Tal vez mi artículo le parezca una soberana estupidez, pero me atrevo a objetar que la fe es un encuentro, no la conclusión de un silogismo. Dios nunca será un ídolo escondido en una botella. Si queremos buscarlo, debemos abrir nuestro corazón y no oponer resistencia al amor, pues «allí donde se ama, allí tiene Dios puesta su cabaña en medio de los pescadores» (Karl Barth).


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