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LITERATURA ESPAÑOLA
Un círculo vicioso
Ignacio Echevarría
nº 16 · abril 1998
JUAN GOYTISOLO
Las semanas del jardín
Alfaguara, Madrid, 1997 - 180 págs.

Resulta muy difícil explicarse la evolución literaria de Juan Goytisolo sin atender a las condiciones de su recepción, no tanto en España como fuera de ella. Pues mientras que en España hace años ya que los peculiares derroteros seguidos por este autor han dejado de interesar, fuera de ella, y muy particularmente en los departamentos de español de las universidades norteamericanas, Juan Goytisolo sigue siendo un escritor emblemático, de los mejor conocidos y supuestamente más representativos del país al que pertenece y que al parecer lo ningunea.

No es extraño que sea así. El discurso de Juan Goytisolo se aleja tanto más de la realidad cuanto que abona insistentemente el cliché de un país y de una cultura (la española, y por extensión la occidental) al que la tontería y la pereza de no pocos hispanistas se adhiere con fuerza igual, cuando no superior, a la empleada en su día por Goytisolo para perfilar, a partir de ese mismo cliché, sus propias señas de identidad. Y así ocurre en paralelo a su plausible empeño en deshacer, a la contra, los clichés que esa misma cultura emplea para juzgar y catalogar, a su vez, el Islam y su civilización (revisitados con apologética mirada en un libro de Goytisolo de reciente aparición, De la Ceca a la Meca, donde se recogen sus textos correspondientes a la serie televisiva Alqibla, dirigida por él).

A pocos se les escapa que la trayectoria literaria de Goytisolo alcanza su máxima cota en la trilogía de Álvaro Mendiola (Señas de identidad, Reivindicación delconde don Julián, Juan sin Tierra). La portentosa operación de derribo que allí tiene lugar encuentra una interesante prolongación en los dos volúmenes de sus memorias (Coto vedado, En los reinos detaifas), para luego enquistarse en un reiterativo abundamiento ya de sus imprecatorios reniegos, ya de sus prédicas fervorosas. La mitomaníaca infatuación con que unos y otros se enderezan no puede dejar de atribuirse a lo que en definitiva constituye el meollo de lo que, con toda propiedad, cabe designar como «caso Goytisolo»: el solapamiento de su proyecto literario con su proyecto personal. Entretanto, las novelas de Goytisolo –a contracorriente, desde luego, de cualquier moda-devienen cada vez en más artefactos calculadamente armados para su fruitivo desmantelamiento por parte de un círculo de lectores ávidos de cualquier indicio de intertextualidad.

Las semanas del jardín es uno de estos artefactos, acaso el más aparatoso. Se ofrece como una «novela colectiva» en torno a la imprecisa personalidad de un poeta ignorado, compañero de los de la generación del 27, cuyo rastro, cuando la rebelión de julio de 1936, después de haber sido apresado en Melilla por las tropas franquistas, se disolvió no se sabe a ciencia cierta si a consecuencia de su fuga y posterior conversión en santón, o bien de su «adaptación» bajo nuevo nombre a los principios y consignas del Movimiento.

Los veintiocho miembros del «círculo de lectores» que se proponen reconstruir la personalidad del poeta se congregan, a este efecto y durante tres semanas, «en la benignidad veraniega de un culto y ameno jardín». Sus «orígenes, profesiones, intereses e ideas políticas» son muy distintos, al igual que sus gustos literarios. Los anima la voluntad de «acabar con la noción opresiva y omnímoda del Autor». Cada cual interviene en el relato «con entera libertad, ya siguiendo el hilo de lo expuesto por su predecesor; ya desautorizándolo y enmendándole la plana». La ambición de todos se cifra en «la mezcla creadora de planteos y opciones, en el paso de un capítulo a otro a través de fronteras móviles e inciertas», dando así lugar a lo que «algún crítico de vanguardia llamaría hipertexto» y que no sería más que la articulación de las sucesivas contribuciones de todos (tantas como las letras del alfabeto árabe).

Los entrecomillados corresponden a extractos de la «introducción» que uno de los veintiocho narradores hace de la novela. Allí se adelantan, además, las referencias literarias del constructo: Cervantes, Quevedo, «Ibn Arabi y otros autores místicos y esotéricos». También, aunque no se diga, Boccaccio y el marco compositivo de su Decamerón. Más las lecturas y citas que se acreditan en el último tramo del libro. Toda una concentración de pistas para que el lector proceda al reconocimiento de la tramoya literaria, así como de los oportunos paralelismos entre la equívoca identidad del poeta protagonista y la del autor real, camuflado éste, al modo de las antiguas comedias teatrales, con sólo cuatro ramitas que en modo alguno ocultan el nombre y el rostro del mismísimo Juan Goytisolo, de quien aparece una foto nada menos que en la portada del libro.

Lo dicho: la novela entera remeda, más allá de su artificiosa estructura, estrategias ya empleadas por el propio Goytisolo hasta la saciedad en novelas suyas anteriores. La parodia retórica sigue regodeándose en la más rancia oratoria franquista; las prédicas esotéricas siguen impostando un tono abtrusamente sapiencial («tú no eres tú y no eres otro que tú»); el supuesto mudejarismo del relato, más en particular de algunos apólogos e historietas intercaladas, no trasciende el pastiche orientalista; y en cuanto al aparato metanovelístico, bien puede deducirse, a tenor de lo dicho hasta aquí, cuántas son su originalidad y sutileza.

No deja de resultar irónico que el título escogido por Goytisolo, Las semanas del jardín, sea el mismo que empleara Rafael Sánchez Ferlosio para una interrumpida secuencia de divagaciones más o menos ensayísticas. Sería de gran provecho contrastar las agudísimas observaciones que Sánchez Ferlosio realiza allí sobre la gramática de la narración con los planteamientos novelísticos de Goytisolo. Pero dejando para otro lugar esta tarea, baste por el momento señalar, de pasada, la paradoja de que, sin asomo ninguno de pretenderlo, el texto de Ferlosio se ajuste con naturalidad negada siempre a Goytisolo a la forma del tratado árabe, con su secuencia en apariencia desarticulada pero organizada secretamente por un hilo interior que permite imbricar las argumentaciones temáticas y digresivas hasta disolver sus diferencias.


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