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LITERATURA ESPAÑOLA
Lucidez final
Clara Janés
nº 23 · noviembre 1998
ROSA CHACEL
Alcancía. Estación termini
Prólogo de Antonio Piedra Junta de Castilla y León. Consejería de Educación y Cultura Valladolid, 1998 -

«Si mañana estoy viva diré que he llegado a los 90 y pensando en trabajar», escribe Rosa Chacel en su diario póstumo Alcancía. Estación termini. Esta frase ofrece en síntesis lo que estos cuadernos representan: el drama de la tensión entre vida y escritura, debido a la avanzada edad que, a pesar de la lucidez, constituye un impedimento real. Ante éste, la escritora no se arredra, sino que lleva a cabo un despojamiento progresivo y se vuelve sobre sí misma, de modo que la autocrítica y la reflexión pasan a ocupar un espacio que es, de hecho, el de «la obra». Y se trata de una obra importante porque trasluce el fondo secreto de su autora y su conflicto existencial que anteriormente borraba su extraordinaria energía vital y creativa.

Habiendo publicado en 1982 las dos primeras partes de Alcancía, con los subtítulos de Ida y Vuelta, Rosa Chacel inicia este tercer volumen prácticamente con los preparativos de aquella edición y las reacciones que ésta suscitó, no siempre positivas. Éstas, de un modo más o menos claro, la inducen a exponer o explicar el porqué en Ida y en Vuelta, como confiesa, «todo está escamoteado», y también su tono, una dureza que, dice, «es conflicto literario; es el realismo que está pugnando por existir y no le dejo». Esta lucha, vemos pronto, no se limita al diario, sino que, metamorfoseada, abarca también el resto de su obra y su misma persona, que aparece ahora autoacusándose continuamente de cometer errores.

El verdadero conflicto vivido por la escritora, que no es otro que el del ser humano dotado de capacidad volitiva y de conciencia, es el que se dirime entre los dos polos patentes siempre en su obra: querer y poder, pero en Estación termini leemos nada menos: «No consigo librarme de mi exquisitez. No consigo el tono macho... [...] el fantasma que sufría mi padre». Y añade: «Recuerdo bien, que desde los cinco años, yo le veía atormentado por el fantasma de la impotencia». Esta suerte de impedimento en su propósito –y su ambición era la obra perfecta– que la persigue en los últimos años de su vida –de los 84 a los 96-es colocada ante el lector de modo implacable. Acaso precisamente los problemas físicos, motores y sobre todo visuales –al comienzo vemos que ha de leer con lupa, además de las gafas, y sucesivamente que la lupa no sirve, que no ve lo que escribe, y que ya no ve– aumenta en Rosa Chacel el sentido autocrítico hasta hacerle captar en su escritura «rasgos galdosianos», detectar que se le escapa «la tensión poética para una novela digna de mí», que en los primeros tomos de Alcancía apunta «la cotidianeidad trivial», o ver lo «defectuoso» de la biografía de su marido. En cuanto a su persona, no ahorra observaciones como: «todo bien; yo insoportable», «¿por qué este error?, no lo entiendo... Creo que es una especie de necesidad vital de error», «lo que tengo que empezar a pensar es si me queda alguna posibilidad de existencia intelectual», «creo que al fin quedaré en la definitiva negación respecto al trabajo, a lo que se llama la obra que, hasta ahora, vino siendo la base de mi vida».

La densidad de estas confesiones resulta sobrecogedora en la última parte del libro, escrita tras haber iniciado una nueva novela, Pozo artesiano, asaltada casi desde el principio por la duda entre seguir o abandonarla porque no le satisface literariamente. El diario se hace cada vez más austero y dramático, se diría que lo escribe movida por esta idea: «El libro, que no quedará terminado, dejará aquí la huella de su tránsito por mi pensamiento». Así, con una lucidez excepcional, Rosa Chacel, casi centenaria, sigue anotando los movimientos de su mente hasta la última página, que, curiosamente, recoge un sueño interesante. Se trata de la visión de un cuadro de Valverde, retrato de ella y de su marido, pero en él las figuras cambian de lugar. Chacel comenta: «No duró mucho, pero sí lo suficiente para quedarme ante el horror de lo imposible que sin embargo no era horroroso». En efecto, no podía serlo ese sueño, y, en cambio, se debiera al azar o no, fue una excelente conclusión pues indicaba a la escritora una vía de sosiego, ya que expresaba lo que todo artista ambiciona: que el arte cobra vida.


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