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LITERATURA ESPAÑOLA
Héroes de nuestro tiempo
Juan Antonio Masoliver Ródenas
nº 3 · marzo 1997
ENRIQUE VILA-MATAS
Extraña forma de vida
Anagrama, Barcelona, 1997 - 156 págs.

A lo largo de toda su trayectoria narrativa, que incluiría hasta cierto punto sus artículos, Enrique Vila-Matas ha ido estableciendo y consolidando una especial complicidad con su propia obra, consigo mismo como escritor, como persona y como personaje, con la literatura en su relación con la vida y, finalmente, con el lector o mejor dicho, con su lector. [Algo que, por otro lado, ocurre ya en otros autores con los que él se identifica como Cervantes y, entre los contemporáneos, en Valle-Inclán, Pessoa, Borges o Monterroso.] Esta complicidad es la que explica que en su novela más reciente, Extraña forma devida, encontremos temas y motivaciones estéticas muy cercanas a Lejosde Veracruz, si bien se trata de novelas en muchos aspectos radicalmente distintas. En Lejos de Veracruz se nos decía que «la propia vida no existe por sí misma, pues si no se cuenta, esa vida es apenas algo que transcurre, pero nada más». En efecto, en ambas novelas el personaje central es un escritor sedentario a quien los recuerdos y la imaginación le llevan a confundir literatura con realidad y a inventar una «estructura mítica» para «el clásico y repugnante héroe de nuestro tiempo».

En Extraña forma de vida, tal vez la mejor novela de uno de nuestros mejores y más originales novelistas, un anónimo narrador (¿o se llama Marcelino?), cercano, en su incesante pensar, al de las novelas de Javier Marías, se despierta para repetir la rutina de todos los días (que incluye escribir un artículo y trabajar en una trilogía realista), y sin embargo está condenado a vivir un día memorable. El primer hecho memorable es que su hijo Bruno, «niño anómalo, nuestro cenizo hijo de la mirada anómala», en lugar de hundir la mirada al suelo como siempre, mira al techo, que es como decir que mira al cielo. El segundo hecho es la preparación de una conferencia que tiene que dar en el local de la asociación de vecinos de la barcelonesa calle Verdi. La simpática Rosita, la hermana de su esposa Carmina, ha prometido su asistencia antes de partir con su marido a montar una farmacia, despechada porque el narrador, cobarde por naturaleza, no ha querido huir con ella. Para seducirla, decide cambiar el tema de la conferencia. En lugar de hablar de «la estructura mítica del héroe» lo hará, «como una vulgar Scherezade», sobre algo más ameno: de cómo se ha pasado la vida espiando a todo el mundo, de lo parecidos que son los espías y los escritores y de cómo «siempre se movieron y se perdieron por situaciones embrolladas y extraños sucesos en busca de una idea que acabara dando sentido a todo». Esta idea que dé sentido se encuentra en el amor, junto a la literatura y a la escritura, uno de los motivos centrales de la novela: «En realidad necesitaba de aquel dilema de amor para de esa manera poder sentirme vivo».

A modo de espía y de escritor realista, buscará sus inspiración en su barrio, Gràcia, y más concretamente en la calle donde vive, la calle Durban. Como ya su abuelo y su padre, es «un voyeur de la hostia», lo que podemos tomar también en su sentido más literal. Su nariz exagerada es «la culpable de que todo el mundo me llamara Cyrano y no por el nombre de pila o por el de escritor». A este inconfundible espía lo vemos caminar por su calle en busca de inspiración o reflexionar en el estudio, preparando la conferencia, a cuyo desarrollo asistimos a modo de workin progress. La realidad de la calle, los recuerdo y la imaginación son los estímulos que le servirán de inspiración para que Rosita no abandone la sala. El lector se ve arrastrado así de aventura en aventura, a cada cual más descabellada. Son personajes anodinos (un barbero, la dueña de una bodega, una panadera, un portero cojo, un joven mendigo), pero tocados por la gracia de la extravagancia o la locura, poseedores también ellos de una historia y con necesidad de contarla. Aquí es donde se encuentra el aspecto más ágil y divertido de la novela. En este sentido, Vila-Matas es uno de nuestros más finos humoristas, en contraste con la tónica dominante de una narrativa agobiada y afeada por un humor grotesco que para colmo pretende inspirarse en Valle-Inclán, tan sabiamente leído por este mago del realismo del absurdo que es Vila-Matas.

Junto al humor y la imaginación está la naturaleza reflexiva del relato. O, para decirlo de otro modo: de las extrañas aventuras que nos ofrece la vida cotidiana si sabemos penetrar en el subsuelo de la realidad, surgen la melancólica reflexión sobre la naturaleza de la creación, la identidad, la relación entre padres e hijos, el amor y la necesidad de dar un sentido a la vida. La novela es, en este sentido, un intento de captar la unidad del doble, de encontrar el reposo en la agitación, de descubrir el cielo en el infierno, de buscar en la imaginación los estímulos que no nos ofrece la realidad. Este día memorable sólo existe porque así lo ha decidido el protagonista que, harto de «mi absurda fijación por lo real» descubre que los personajes que de verdad le interesan «sólo podían surgir de la imaginación». Dividido entre el amor eterno (es decir, ¡el matrimonio!) y la ley del deseo, opta por el amor duradero. Escindido entre la imaginación y la realidad, crea una realidad (la de un barrio que no difiere tanto del Guinardó de Juan Marsé) que se confunde con la invención, y al descubrir que no hay cielo, decide dar un sentido a la existencia a través de la escritura. Y es así como, años más tarde, en su casa de Premià, bajo una morera centenaria, recuerda «otro día tan memorable como aquel sobre el que llevo tantas semanas en secreto escribiendo, otro día en el que tampoco pasó nada, pero que tampoco he olvidado», porque «no puede existir forma más extraña de vida que la del que escribe un libro».


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