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LITERATURA ESPAÑOLA
La rapiña de Europa
Mercedes Monmany
nº 3 · marzo 1997
JOSÉ CARLOS LLOP
La cámara de ámbar
Anaya/Mario Muchnik, Madrid, 1996 - 156 págs.

JOSÉ CARLOS LLOP
Arsenal
Editorial Lengua de Trapo, Madrid, 1996 - 112 págs.

Desde que en 1991 apareciera el libro de relatos Pasaporte diplomático del poeta José Carlos Llop, este autor ha representado para la literatura española última una línea muy especial, de carácter no frecuente: esa línea cosmopolita, nostálgica y culta que necesita cada país para reinventarse, y más uno como el nuestro, en el que la adoración por el presente doméstico inmediato o como mucho por únicas lecturas de la guerra civil y posguerra, son el pasto narrativo recurrente y repetido para la mayoría de los escritores, a la hora de abordar sus personales fantasmas literarios. Los libros de este autor, que hace tiempo dejó de ser una simple y buena promesa de futuro, son auténticos vasos comunicantes. Todo en su obra participa de una misma atmósfera libresca y refinada, ya sean los diarios (La estación inmóvil, Champán y sapos, y el reciente y mejor de todos, Arsenal) o sus volúmenes de misceláneas (La ciudad invisible y Consulados fantasmas), que va escribiendo paralelos a su obra poética y narrativa propiamente dicha. Obras complementarias que pueden orientar muy bien a un lector y que se convierten en una especie de cuadernos de navegación privada, en pistas, rastros y autorretratos fieles de su DNA cultural y genética, a la manera de sedimentos arqueológicos de pura vida y experiencia, acumulados en los arcenes de su trabajo como escritor.

«Un hombre es sus cosas: en ellas está escrita su biografía», se dice en ese brumoso paseo entre las sombras de un pasado fuera de la historia oficial, que es la segunda y última novela de José Carlos Llop, ahora aparecida, La cámara de ámbar. Ahí, a la hora de recordar la existencia crepuscular de un misterioso personaje, Nicolás Bemblerg, fotógrafo y coleccionista de antigüedades de los años cuarenta, una de las épocas preferidas por Llop, ahí, como en el resto de sus libros, la elegante y finisecular prosa de este autor reivindica un mismo estatus sentimental y elegíaco para todo posible rastro de vida, como también hacen los libros del francés Patrick Modiano en nuestros días. Es decir, objetos, cuadros, libros de autógrafos, recortes de periódicos, galgos, paquebotes, viejos Daimler, Indochina, los Fokker y los mecheros de mesa, junto a notas lejanas de boleros o de música de Cole Porter, comparten el mismo protagonismo orquestal en el canto fúnebre y nostálgico de una época, de un aire especial evaporado en el vacío de un mundo desaparecido. Y también, cómo no, Llop equipara en su huida, en su desvarío final y en su olvido, a todo un turbio ejército de retaguardia de la memoria general, a toda una fauna fronteriza, de prosa del Transiberiano, que recorre Europa después de la débacle, y que ya estaba presente en los relatos de Pasaporte diplomático o en la anterior novela de este autor, El informe Stein. Agentes secretos de Chang Kai-shek y amantes de magnates o gángsters americanos se mezclan con masones, espías del Kaiser, aristócratas rusos en el exilio, play-boys a lo Porfirio Rubirosa, agentes de la OAS, falsos condes polacos, nazis ocultos, trompetistas de la sala de fiestas Callao o errantes de lujo y monarcas sin corona como los duques de Windsor. Aves carroñeras, en fin, del cadáver de todo un continente, de los desechos de la monstruosidad, de aquellos frutos producto «de las sabias rapiñas llevadas a cabo en Francia, Bélgica y Holanda por las comisiones de anticuarios y expertos de Mónaco, Berlín y Viena que ya seguían a los ejércitos alemanes a través de Europa», como decía el antiguo fascista Curzio Malaparte en Kaputt. Hoy también sabemos que la neutral Suiza, la aburrida Suiza de los relojes de cuco, nunca dejó de hacer negocios durante el genocidio.


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