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Ser cristiano, o la vigilia permanente de la fraternidad
Rafael Narbona
18/12/15

Corren malos tiempos para el espíritu. En nuestro país, no es posible hablar de fe sin ser objeto de mofa y escarnio, quizá porque el misterio nos desborda, confunde y anonada. Por eso se refuta sin alegar otro argumento que la inexistencia de evidencias empíricas, olvidando que lo empírico sólo es una síntesis de nuestras facultades, no un absoluto incuestionable. La filosofía trascendental de Kant intentó demostrar que nuestra imagen de la realidad está determinada por el acto mismo de conocer. La mente no produce el mundo, pero lo ordena, lo cual significa que su representación es objetiva en el terreno humano, pero relativa desde un plano absoluto, que es inasequible para nuestro entendimiento. Immanuel Kant no era un hombre supersticioso y sin formación científica, sino un admirador de la física de Newton que intentó delimitar con nitidez la diferencia entre conocer y pensar. Nuestro conocimiento está limitado por nuestras peculiaridades como especie, pero nuestro pensamiento puede y debe ir más allá. De hecho, «la razón nos obliga a considerar todas las conexiones del mundo según los principios de una unidad sistemática y, por tanto, como si todas ellas procedieran de un único ser omnicomprensivo, considerado como causa suprema y omnisuficiente» (Crítica de la Razón Pura: Dialéctica Trascendental). Ese como si es meramente regulativo, pero constituye el umbral de la esperanza, ese mañana ético que excede el tiempo y rescata a las víctimas del olvido, restableciendo la dignidad que se les arrebató mediante la violencia física y moral. La esperanza es una expectativa subjetiva, pero objetivamente necesaria para no abandonar al ser humano a las contingencias de la historia, donde la injusticia y la infelicidad parecen trágicamente irreversibles. El infinito es la única utopía que libera definitivamente al ser humano y es inconcebible sin un Ser Necesario.

La idea de un ser necesario parece un arcaísmo, prehistoria del pensamiento racional, pero lo cierto es que no podemos justificar la existencia de un mundo meramente posible, invocando el azar. «¿Por qué hay algo en vez de nada?», se preguntaron con idéntica perplejidad santo Tomás de Aquino, Kant, Heidegger y Wittgenstein. Sin una causa necesaria, el ser es inexplicable, una burbuja que podría no existir, algo efímero e inconsistente, una dramática danza entre el ser y la nada. Postular la acción de una inteligencia creadora que sostiene al mundo y lo precede me parece menos irracional que atribuir todo a una mezcla de azar y necesidad. «La fe cristiana –escribe un joven Joseph Ratzinger– es ante todo una opción por el primado del Logos y en contra de la pura materia. Cuando decimos “creo que Dios existe”, afirmamos también que el Logos, es decir, la idea, la libertad y el amor no sólo están al final, sino también al principio; que él es poder que abarca y da origen a todo ser. Es decir, la fe es una opción que afirma que el pensamiento y el sentido no sólo son un derivado accidental del ser, sino que todo ser es producto del pensamiento, es más, en su estructura más íntima es pensamiento» (Introducción al cristianismo, trad. de José Luis Domínguez Villar, Salamanca, Sígueme, 1970). Hans Küng se expresa en términos parecidos: «Dondequiera que arribe la evolución de toda la humanidad, en su ascensión como en su ocaso, ahí está él, Dios, como primera y última realidad». ¿Qué significa esto para el ser humano? «Que él no puede tomar como definitivas las realidades del mundo y de la sociedad. Que ni el mundo ni su propio yo pueden ser para él lo primero y lo último. Que, por eso, tanto el mundo como él mismo son de suyo extremadamente relativos, problemáticos e inestables. Que él, consiguientemente, por más que guste disimularlo, vive en una situación crítica. Que se encuentra, en fin, retado a tomar una decisión última, a aceptar la oferta, a confiarse a la realidad de Dios que está por delante de él. Una decisión, pues, en que se pone en juego todo: una aut-aut, por o contra Dios» (Ser cristiano, trad. de José María Bravo Navalpotro, Madrid, Cristiandad, 1977).

Se habla de una época posreligiosa, de un paso irreversible hacia una presunta madurez de la especie humana que implicaría la superación definitiva de cualquier creencia sobrenatural, pero, ¿en qué situación se queda el hombre sin Dios? María Zambrano, con su prosa lírica y esencial, responde a la pregunta, recurriendo a la tragedia de Job. Job es «el hombre encerrado dentro de su existencia, a solas, sin más. […] La soledad que sorberá hasta las heces de su cáliz el hombre de Occidente, Job la toca por momentos. […] No quería revestirse, volver a poseer, volver a esa feliz vida cuya sustancia precaria ahora se le revelaba. Job no ansiaba que se le restituyera esa vida: nacimiento impuro, días contados, felicidad perdediza. Le dolía más que las llagas y que los hijos perdidos, el quedarse así tal como al perdérsele todo; se le revelaba, conociéndose ya como larva; como una criatura apenas nacida, sin posible acabamiento» (El hombre y lo divino, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 1955). Emil Cioran, con un nihilismo esculpido por largas noches de insomnio, expresa una desolación semejante: «Sólo existe calor en las inmediaciones de Dios» (De lágrimas y de santos, trad. de Rafael Panizo, Barcelona, Tusquets, 1988). Cioran niega la existencia de Dios, sin ignorar las consecuencias de afincarse en la finitud. Sabe que sin Dios el hombre es un animal maldito, confinado en una conciencia que lo reduce a la condición de ser incompleto, inacabado, abocado a perderse en lo indiferenciado. Para los totalitarismos, el ser humano es un individuo, una variable irrelevante, que puede ser explotada, ignorada o aniquilada. Para el humanismo cristiano, el hombre es persona, un ser libre y racional que sólo puede realizarse en contacto con sus semejantes. Abandonar a una persona a la intemperie, arrojarla por el desagüe de la historia, considerar que su destino no nos concierne, significa ignorar que la familia humana es una comunidad sin límites, donde siempre es posible la acogida, la hospitalidad, la mesa compartida. Excluir, separar, exterminar, constituye un acto perverso, inhumano, que sólo prospera cuando el sentido de comunidad es reemplazado por una cultura del descarte, donde no se reconoce la responsabilidad hacia el otro, la «vigilia permanente» de la fraternidad, por emplear la feliz expresión del filósofo judío Emmanuel Lévinas. No hay seres humanos descartables, desechables, sino sociedades que menosprecian la vida, la libertad y el bienestar.

Siempre he pensado que el furor anticlerical es el reflejo invertido del celo inquisitorial. La intolerancia es intolerancia, con independencia del disfraz que emplee para ocultar su desprecio hacia las opiniones ajenas. Creo que el ser humano siempre se planteará preguntas y esbozará respuestas. Esa dialéctica es la matriz de la filosofía, que en sus inicios se confundía con la ciencia y la teología, pues buscaba simultáneamente la causa primera y la causa última de lo real. Muchos opinan que la Ilustración representó el primer paso hacia un conocimiento científico, objetivo, del universo, y que las ciencias naturales –pese a la ausencia de un paradigma capaz de unificar sus teorías– avanzan inexorablemente hacia la disolución de todos los enigmas. Desde su punto de vista, la religión sólo es un persistente tributo a nuestros miedos y un obstáculo permanente para la paz y el progreso. No pretendo negar o minimizar las calamidades desatadas por la instrumentalización política del sentimiento religioso. Católicos y protestantes se mataron con idéntica saña durante la Guerra de los Treinta Años. La expansión del islam se llevó a cabo con enorme violencia y los cruzados obraron con una ferocidad similar. Detrás de la shoah se esconde el antisemitismo de raíz cristiana, y la yihad islámica no cesa de alentar matanzas, sembrando el terror en París, Mosul, Madrid o Nueva York. ¿Puede decirse que la responsabilidad de estos crímenes recae sobre las religiones? Si acudimos a los libros sagrados, nos encontramos con sobrecogedoras exhortaciones. En el Corán, leemos: «¡Matadlos donde los encontréis, expulsadlos de donde os expulsaron! […] Matadlos hasta que la persecución no exista y esté en su lugar la religión de Dios» (Azora 2, aleyas 186-195). En el Libro de Samuel, la incitación al exterminio no es menos espeluznante: «Samuel dijo a Saúl: Yahvéh me ha enviado para ungirte rey sobre su pueblo, sobre Israel. […] Ahora, pues, vete a derrotar a Amaleq y condénalo al anatema con cuanto le pertenezca, sin sentir compasión de él. Darás muerte a todos, hombres y mujeres, adolescentes y niños de pecho, bueyes y ovejas, camellos y asnos» (15:1-3).

El mensaje cristiano establece una nueva alianza, que proscribe la violencia, pero no el conflicto espiritual: «No creáis que vine a traer paz a la tierra; no vine a traer paz, sino espada. Porque vine a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y serán enemigos del hombre los de su propia casa» (Mateo 10:34-36). La espada a la que alude Jesús no es una espada real, sino una imagen que expresa el carácter problemático de la Verdad, que se debate con la duda y el nihilismo en un áspero combate. Pero, ¿qué es la Verdad? El mensaje cristiano es radical e inequívoco: «Ama y haz lo que quieras». Al formular está máxima, san Agustín sólo expresa en forma de imperativo moral la revolución moral introducida por Cristo, que universaliza la fraternidad, sin contemplar ninguna clase de exclusión: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen» (Mateo 5:43-44). Aunque muchos se nieguen a reconocerlo, el cristianismo ha contribuido a la humanización del mundo. «Hay diferencias esenciales –escribe Hans Küng en Ser cristiano– entre la religión de la guerra santa contra los enemigos y la religión del amor programático al enemigo; entre una religión de sacrificios humanos (por lo menos veinte mil hombres fueron sacrificados en cuatro días para la consagración del gran templo de México en 1487) y la religión de la entrega diaria por los hombres. Y estas diferencias no las eliminan ni las crueldades de los conquistadores españoles ni las quemas de herejes romanas, que, por otra parte, no respondían, sino contradecían, al programa cristiano, que no eran cristianas, sino claramente anticristianas».

Corren malos tiempos para el espíritu, pero el espíritu sopla por donde quiere y, en la débil tradición filosófica española, María Zambrano, exiliada antifranquista, nunca ocultó sus convicciones católicas, apuntando que en el ser humano siempre estarán presentes el asombro ante el misterio del ser, la necesidad de buscar lo último, el encuentro con el otro, el principio de esperanza, el latido de lo infinito. Militante de Acción Republicana, Zambrano abandonó la formación política de Azaña como protesta hacia la pasividad del gobierno frente a la quema de iglesias y conventos. El 7 de marzo de 1932 su firma apareció la primera en el manifiesto del efímero Frente Español, suscribiendo que «España tiene hoy en el mundo una misión propia que cumplir: la defensa de los valores del espíritu frente a los materialismos que amenazan destruirlos». Durante la guerra, desempeña una importante actividad política y cultural a favor de la República. Se exilia cuando las tropas franquistas entran en Barcelona. Nunca perderá su fe ni sus convicciones democráticas, pero se opondrá a la reforma de la liturgia introducida por el Concilio Vaticano II, argumentando que debilita el Misterio de la Santa Misa. En 1964 escribe a una amiga: «Pienso, digo, rezo; Señor Dios mío, ya que me mandas a vivir, haz que para vivir tenga y pueda así cumplir tu voluntad». Cuando muere en Madrid el 6 de febrero de 1991, se cumplen sus últimas disposiciones: ser amortajada con el hábito de la Orden Tercera Franciscana y que se grabe en su tumba el epitafio: «Surge, amica mea, et veni» («Levántate, amiga mí, y ven»), un versículo del Cantar de los Cantares. Enterrada en Vélez-Málaga, entre un naranjo y un limonero, describió al ser humano como «aquel que padece su propia trascendencia. Sufre de ser, sufre de conocerse». De ahí que anhele la palabra que cura, la revelación que apacigua, la llama que ilumina. Ser cristiano es aceptar el escándalo de la Encarnación y la gloria de la Resurrección, que oponen al absurdo del no-ser la plenitud de sentido de una eternidad rebosante de Vida. La esperanza siempre es una apuesta más temeraria que el pesimismo, pero la fe no es una certeza empírica, sino un compromiso práctico que nos invita a la fraternidad, la alegría y la libertad.


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