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El horror banalizado
Manuel Rodríguez Rivero
04/12/12

Hace ahora medio siglo, la revista Novy Mir publicaba Un día en la vida de Iván Denísovich, la nouvelle de Alexandr Solzhenitsyn que sirvió para revelar al mundo, pero sobre todo a los soviéticos, la existencia de los campos de concentración en la fortaleza del «socialismo real». La publicación del relato, impensable unos años antes, se benefició de la tímida desestalinización iniciada por Jruschov en el célebre «informe secreto» sobre los crímenes de Stalin, presentado durante el XX Congreso del PCUS (1956). La coyuntura internacional, también ayudaba: tras la crisis de Berlín (1960-1961), la agravación del conflicto ideológico chino-soviético y los primeros movimientos de lo que enseguida se convertiría en la «crisis de los misiles», Jruschov necesitaba afianzar interior y exteriormente la imagen de una cierta apertura del régimen, de modo que fue él, personalmente, quien venció las resistencias de los miembros del Politburó para que, después de censurar algunos pasajes del texto, dieran el placet al libro. Una vez más, para que todo siguiera igual era preciso que pareciera que todo cambiaba.

La recepción del libro fue extraordinaria. Las casi cien mil copias de la revista se agotaron rápidamente, y el volumen posterior, impreso rápidamente, vendió en pocos meses cerca del millón de ejemplares. Su autor había dado en el clavo, y el libro se convirtió en un auténtico best-seller. Todos conocían la existencia de los campos y del sistema del Gulag, porque todo el mundo tenía a algún familiar o persona cercana que, en algún momento entre 1929 y 1959, había sido detenido para luego desaparecer misteriosamente, pero nadie hablaba de él por temor de convertirse él mismo en un zek, uno de los prisioneros condenados y deportados a los lugares más remotos e inaccesibles de la Unión Soviética. Por eso, el relato de una jornada cualquiera de la vida de un tal Iván Denísovich despertó un entusiasmo sin precedentes en los lectores, y el correo de su autor se vio rápidamente desbordado por tal avalancha de correspondencia de ciudadanos anónimos que hay quien ha considerado el fenómeno como el primer eslabón del resurgir de una auténtica opinión pública en la Unión Soviética. Hasta el punto de que, para las autoridades soviéticas, el debate acerca del estalinismo comenzó a desarrollarse más allá de lo que el régimen podía tolerar en 1962, de modo que, poco después, el libro desapareció simultáneamente de los catálogos de todas las bibliotecas públicas. De nuevo, al breve deshielo sucedía un otoño feroz y un (todavía) larguísimo invierno.

Medio siglo después de su publicación, el libro ha cedido parte de su valor documental y de denuncia en favor de su carácter de obra literaria de rara perfección. Me atrevería a decir que, como le ocurre a El extranjero, a El corazón de las tinieblas o a El Gran Gatsby, por citar ejemplos de novelas breves del siglo XX muy diferentes entre sí, a Un día en la vida de Iván Denísovich no le sobra ni una línea. Algo particularmente meritorio si se tiene en cuenta que el relato de Solzhenitsyn (doscientas páginas en la edición de Tusquets) consigue atrapar al lector ciñéndose escrupulosamente a la regla de las tres unidades del drama clásico: de tiempo, de lugar, de acción. El relato se concentra en un día corriente –«un día casi feliz»– de los 3.653 que deberá pasar el campesino Iván Denísovich en un campo siberiano para cumplir la condena de diez años (los tres días de más, como dice con humor, son a cuenta de los bisiestos) por haber sido detenido por los nazis y, según la lógica perversa del estalinismo, por ser sospechoso de haber espiado para ellos.

Un relato nada épico de la jornada de alguien que ha limitado voluntariamente su humanidad a los gestos y pensamientos necesarios para sobrevivir a diario en medio de un infierno de frío y nieve. Y contado desde el punto de vista de un tipo ingenuo, cándido, decente: en el día cualquiera de Iván Denísovich no hay ni tragedia ni épica, sólo horror banalizado, incluso expresado con cierto sentido resignado de la ironía, lo que confiere al relato una contundente eficacia como reflejo de la crueldad del sistema concentracionario soviético.

Una eficacia diferente, más literaria y concentrada, a la de esa enciclopedia del horror que es Archipiélago Gulag (su primer volumen fue publicado en «Occidente» en 1973), la obra cumbre de Solzhenitsyn y una de las catedrales de la literatura europea de la segunda mitad del siglo XX. Estos días, mientras volvía a leer con admiración la opera prima del escritor ruso, he vuelto a pensar en la mala recepción que en España tuvieron sus obras. Un día en la vida de Iván Denísovich fue publicada aquí en 1969, con el franquismo a la defensiva y la izquierda poco receptiva a aceptar lo que pudiera sonar a descalificación del comunismo. Y el primer volumen de Archipiélago Gulag fue publicado en 1974, cuando arreciaban las movilizaciones populares contra la dictadura y el régimen endurecía la represión.

Hay libros que no se leen bien en su momento y a los que es preciso regresar cuando se disipa el ruido ambiental que impide comprender su mensaje. La evidente antipatía de muchos demócratas antifranquistas españoles hacia Solzhenitsyn llegó a su colmo durante su visita a España en 1976. El escritor, que ya había dado abundantes muestras de su deriva al misticismo, hizo en aquel momento unas declaraciones nada oportunas, comparando las libertades españolas con las que tenían por entonces los ciudadanos soviéticos. El franquismo todavía estaba muy vivo y a los demócratas no les faltaban motivos para temer una involución que acabara con las esperanzas abiertas tras la muerte del tirano. La reacción a las manifestaciones de Solzhenitsyn fue tremenda. Recuerdo incluso un artículo de Juan Benet, un gran escritor y un sólido intelectual más bien moderado en cuestiones políticas, en el que, tras desdeñar de forma particularmente agresiva las novelas de Solzhenitsyn («las más insípidas, las más fósiles, literariamente decadentes y pueriles de estos últimos años»), venía a decir que personas como Solzhenitsyn justificaban la existencia de los campos de concentración soviéticos. Me consta que, años más tarde, Benet se arrepintió de su exabrupto.

Sí, hay libros que llegan demasiado pronto o demasiado tarde. Libros a los que las circunstancias del momento impiden leer y criticar como se merecen. Libros a los que les debemos algo. Releerlos es la única forma de pagar esa deuda.


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