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Letanía de los libros palpables
Ismael Belda
01/12/15

La tarde atraviesa mi pequeño piso. Desde la calle (vivo en un segundo), una calle tranquila y llena de árboles y de casitas bajas de Ciudad Lineal, llegan sonidos de mujeres que pasan caminando, riéndose de algo. A lo lejos, alguien está reduciendo un árbol a astillas y serrín. Pasa algún coche, pasan niños en bicicletas dotadas de timbres, pasan perros que se ladran de una acera a otra, pasa un hombre que recoge chatarra y trastos viejos con un carrito de supermercado. Gordas palomas torcaces surcan el cielo en lo alto, y una tórtola turca (pequeña, de color arena rozado levísimamente de rosa, con un fino collar negro) se posa, con ese característico silbido repetido de las alas, sobre la farola que hay enfrente de mi balcón y se queda quieta.

Mi mujer está muy lejos de aquí. Mis dos perros duermen en distintos lugares de la casa. La luz de la tarde resbala por mis estanterías de libros, se vuelve de cobre, de sirope de mandarina, desaparece. Pensar en mis libros me pone feliz, pero también me produce cierta angustia. Sólo en mi habitación, que es muy pequeña, tengo más de mil. Pienso en quienes vivieron ligeros de equipaje y no podían llevar muchos libros consigo. ¿Cuántos libros poseía Rimbaud? ¿Y Nabokov en sus años europeos y americanos, antes de establecerse en Montreux? Pienso en el pequeño Shakespeare en siete volúmenes verdes que Keats atesoró, estudió y anotó; en su ejemplar de Sybilline Leaves, de Coleridge, en la traducción de Tasso que había en Roma a su muerte. Pienso en la biblioteca de De Quincey, el centro de su felicidad, de «cinco mil volúmenes coleccionados gradualmente desde mis dieciocho años».

Miro a mi alrededor. ¿Por qué hay libros que amo y libros que no amo? Con libros me refiero a su dimensión física, a su entidad palpable. No tengo ninguna predilección especial por libros lujosos o antiguos. Más bien me repelen las ediciones suntuosas, salvo contadas excepciones. El olor delicioso de los libros nuevos. El olor delicioso de los libros viejos. Los libros que pesan, los libros ligeros, como esponjosos. Los libros que han perdido la sobrecubierta y que ofrecen al tacto la tela que siempre ha estado debajo. Es maravilloso manejar un libro pesado, no muy grande y encuadernado en tela. Por ejemplo, mi edición de los poemas de Keats de la Everyman’s Library de los años noventa. Uno de los libros de mi habitación, por cierto, que más veces he cogido, acariciado, abierto, leído y subrayado.

Es de noche. Todo está en silencio. Mis perros duermen.

Algunos de mis libros palpables favoritos (me refiero a mis libros favoritos como objetos físicos, aunque es obvio que parte de sus deliciosos atributos, en lo que se refiere al tacto y al olfato, han sufrido contagio de sus contenidos) son ediciones de bolsillo, compradas hace una o dos décadas y bien manoseadas por mí y por otros: mis siete volúmenes de Alianza de En busca del tiempo perdido; mis ediciones de Cátedra de las poesías de Aldana y de Francisco de la Torre; mi Garcilaso delgado, naranja y desconchado de Castalia de los años setenta, con ese tacto maravillosamente satinado que tiene el papel de los libros de Castalia de entonces (también tengo las Obras completas con comentario, grande y de tapa dura, pero prefiero la otra); mis ediciones de Hamlet, The Tempest, King Lear y de los sonetos de The New Penguin Shakespeare, encuadernadas en un endeble cartón incoloro, de tacto húmedo, en papel rápidamente amarilleante, con las notas al final y la letra muy pequeña, y, sin embargo, extremadamente placenteros de leer y manejar; El castillo en la vieja edición de Alianza, con una gran K negra en la portada.

Más libros favoritos. Mi Ulysses de los años sesenta de The Bodley Head, la sobrecubierta verde enebro con el bonito arco que ocupa todo el lomo (sin duda el arco de Odiseo, con la cuerda recién montada) y, debajo, la tela verdemoco de la cubierta; dos Wordsworth: The Prelude, en las Oxford Editions of Standard Authors, de 1956, y The Excursion, en una deliciosa edición en octavo de Macmillan de 1935, de color azul cobalto (en la portada, un pequeño óvalo con un muchacho desnudo sentado en una piedra y tocando una zampoña; dentro, los títulos en gótica, el grabadito de la iglesia de Grasmere), recuerdos de felices gangas (menos de cuatro libras cada uno) de mis tiempos de merodeador en Charing Cross, particularmente en la planta baja de Henry Pordes; mi Locus Solus, de Raymond Roussel, en la edición roja de Pauvert; mi pequeña y pesada V., de Thomas Pynchon, en la edición de la Modern Library de 1966; mis dos tomitos amarillos de The Faerie Queene; las siempre polvorientas poesías completas de Alberti de Losada, 1961; mis viejos libritos de Arno Schmidt de la colección Espiral de la editorial Fundamentos; La saga de Nial en una vieja edición de Alfaguara, pequeña y de tapa dura; mi edición de Huckleberry Finn de Penguin; mi vieja edición de Ritmo lento, de Carmen Martín Gaite, de Seix Barral. El placer de enumerar esto es, probablemente, como quien saca de la cartera fotos de su hijo (o más bien, perdón, va pasándolas con un dedo en la pantalla de su móvil). En ambos sentidos.

Y los libros que no me atraen físicamente, a pesar de ser tan queridos. Qué humillación para ellos. Ciertos libros que regalé como un idiota y cuyos fantasmas rondan mis estantes. Los libros preciosos que veo ante mí desde hace años pero no he leído (los acaricio, me llenan de culpa). Los libros que uno cuida enfermizamente (a veces, ediciones de bolsillo ultrabaratas) y los libros en cuyo desgaste y maltrato uno encuentra placer, a pesar de ser muy queridos. Los libros cuyos lomos se estrían regularmente (deliciosos) y esos otros cuyos lomos, llegado un punto de inflexión, ya quedan planos, dando la impresión de que el libro ha sido leído a medias. La necesidad, a veces, de leer un libro amado en otra edición que nos cause verdadero placer.

Los pocos libros venerables que poseo (jamás he pagado más de quince euros por un libro de segunda mano: el coleccionismo no me interesa lo más mínimo y, además, soy pobre). El más antiguo son las Poésies de Albert Mérat, ese poeta simbolista menor que debía haber aparecido en Un coin de table de Fantin-Latour, junto a Verlaine y Rimbaud, pero que se negó a posar (en su lugar hay un jarrón de flores) por haberse peleado con Rimbaud el día anterior. No pasa nada. ¿Quién lee hoy a Ernest d’Hervilly, a Pierre Elzéar, a Émile Blémont, a Jean Aicard, los otros retratados? Estas Poésies están editadas, en octavo, por Alphonse Lemerre en 1898 (en la llamada Petite Bibliothèque Littéraire) y en la portada, bajo una filacteria en la que se lee FAC ET SPERA, un hombre desnudo cava en la tierra con una pala mientras, en el horizonte, sale (o se pone) el sol. Es una edición barata de la época que nadie se ha molestado en encuadernar en cuero, que es lo que se hacía con los libros queridos. La fuerza de la imprenta ha puesto las letras en relieve en el papel, el cual ha envejecido muy bien, y es muy placentero pasar las yemas de los dedos por esos poemitas de letra minúscula. Casi más que leerlos.

El discreto encanto de los libros de segunda mano. No tengo demasiado romanticismo en cuanto a los anteriores poseedores, aunque ciertos ajados detalles proporcionan cierta pátina. Esas dedicatorias y ex libris en tinta desleída, por ejemplo. En una bonita edición de un librito indiferente del casto Ruskin, titulado Sesame and Lillies (y que creo que Proust tradujo, ayudado por su madre), se lee:

    Alf
    from mother
    Xmas 1909

No significa nada. Es sólo la fecha lo que impresiona un poco, y también la tinta de color sepia, obviamente vetusta, y la letra anticuada de Alf. Y que llame a su madre mother, y quizá también el recuerdo ilusorio (nadie tiene ese recuerdo) de una navidad remota.

Leídas tantos años después (cuando, sin duda, Alf y su madre han muerto hace mucho), la melancólica ingenuidad de esas inscripciones, que fueron trazadas sin pensar, como una forma íntima y primaria de apropiarse de un objeto o de fijar un recuerdo o como un pequeño gesto de amor, es casi una forma de voluptuosidad. Aunque también hay algo que molesta, que aterra un poco: el libro que sobrevive, con su pequeña inscripción, a la mano. ¿Es eso lo que me resulta incómodo de mis libros, que me sobrevivirán?

En la página de cortesía de mi edición de Casa de campo, de José Donoso:

    La ciudad no
    se mueve, el aire
    está más cerca del
    campo.
    feliz año 79!
    un beso muy fuerte
    Paz

Nunca he podido localizar esa aparente cita del comienzo, así que la supongo obra de Paz, a la que, en este silencio nocturno en que ha quedado sumida la casa, le deseo toda la felicidad del mundo y muchos años más de vida feliz, esté donde esté, quienquiera que sea. El destinatario de Casa de campo, por cierto, jamás leyó el libro. Yo fui el primero. ¡1979! Quizá todo sea una ilusión, pienso esta noche, y ese año no haya existido nunca. Yo cumplí dos años en 1979, si es que hubo tal año.

En una página, con su sombra amarilla en la opuesta, el diminuto cadáver plano de un insecto de un remoto verano. En otra, un papelito con un número de teléfono, la tarjeta de un electricista, una pequeña fotografía.

Uno de mis perros llora y gime en sueños, me acerco a acariciarlo hasta que se calma, vuelvo a mis estúpidos libros.

Las anotaciones de mis libros. Mi Ilíada de Gredos, con notas de cuatro generaciones de mí mismo, a menudo una de ellas tachando o insultando a su yo anterior, o felicitándolo, uniéndose a él en la emoción o la certeza. Qué tristeza, amigo mío, qué soledad. Y, sin embargo, qué esplendor. Mis distintas puntuaciones para los poemas de la Tercera antolojía poética de Juan Ramón Jiménez, desde un asterisco hasta un ojo alado envuelto en llamas, rodeado por halos concéntricos y encuadrado por cuatro animalitos heráldicos. Mi forma de subrayar, que normalmente es un largo corchete a un lado, a lápiz, sin tocar el texto (dos pequeñas flechitas, cuyas trayectorias imaginarias confluyen en el centro del pasaje, si éste es demasiado largo). Y las más o menos brutales o delicadas formas de subrayar de dueños anteriores de mis libros. Con bolígrafo y línea a línea (¡horror!), con rotulador fluorescente (tuve que deshacerme del libro nada más comprarlo), con elegantes llaves de distintos tamaños, con corchetes dentro del texto, rodeando el pasaje, con una simple línea vertical de longitud variable en el margen, con una esquina doblada. Y los libros leídos y no subrayados. Las novelas que he leído y no he subrayado, algunas por cierto peculiar sibaritismo y otras por falta de interés. Los libros de poemas sin un solo poema marcado. Los libros de poemas con sólo dos o tres poemas marcados. La letra más pulcra y perfecta de lo acostumbrado, tanto que casi no parece nuestra, cuando anotamos ciertos libros luminosos.

En los pasajes que me disgustaban, dibujaba hace muchos años, en el margen, una cabecita que, con los ojos apretados y la boca muy abierta, vomitaba desde cierta altura un flujo viscoso que acababa reuniéndose, más abajo, en un charquito junto a la fealdad en cuestión. Otras veces era un pequeño zurullo con tres espiras y moscas por encima, del que debo confesar que solía sentirme muy orgulloso. Una vez, en una biblioteca universitaria de Inglaterra, estaba leyendo una biografía de Keats (la de Walter Jackson Bate) en la que el autor abusa notoriamente de ciertas palabras, en concreto, virile, manly, masculine, quizá por cierto celo excesivo y equivocado por contrarrestar los antiguos, olvidados y completamente irrelevantes comentarios que atacaban al autor de Endymion por las cualidades femeninas de su obra, o quizá, quién sabe, para convencer a su difunto padre de que la poesía era, al fin y al cabo, un asunto de hombres. Un lector anterior, sin duda divertido o molesto por la repetición, había dibujado en el margen, junto a cada uno de los casos de exaltación masculina, un pequeño pene erecto, hecho con uno o dos trazos pero, si no recuerdo mal, de forma perfectamente realista y encantadora.

En la calle se escucha un llanto. Me asomo al balcón. Una chica camina sola mientras llora y habla por el móvil. «No puedo más –dice–, no puedo más, cariño, me vas a matar, me vas a matar…» La miro hasta que desaparece en una esquina, todo el tiempo susurrando, llorando, como si estuviese dormida.

¿Qué será de todos estos libros, mis libros? No sé bien si me importa. Quizá sí me importa. No tengo hijos. Si algún día los tengo, querré que ellos se los queden. ¿Los querrán? Quizá lo mejor sería deshacerme de todos ellos, quedarme desnudo. Mi perro vuelve a gemir en sueños. ¿Qué tristezas o crueldades estará soñando? Yo no soy mis libros, yo no soy mis libros, me repito, no sé muy bien por qué. Trabaja y espera, me digo también. He estado toda la noche leyendo y escribiendo, son las seis de la madrugada, es estúpidamente tarde. Estoy cansado. Dentro de unas horas tengo que sacar a los perros, trabajar, cocinar, limpiar, ir al banco, comprar cosas. Hay un cansancio, pienso a veces, que extrae de nosotros una belleza especial. Cuando nos escuecen los ojos, cuando en el espejo vemos ojeras crecientes, cuando escuchamos a alguien amado hablar, en una cocina, por ejemplo, y quizás apoyamos la cabeza en la mano, y sonreímos casi sin darnos cuenta, y la voz es una música, el rostro amado es una música, el cansancio es una música, y ahora comienza a transformarse en una especie de calor, una especie de esplendor más o menos en el pecho. «Hace tantos años...», comienza otra voz en algún sitio. O quizás estamos solos y nos tumbamos a leer. Algo bueno, preferiblemente. Keats, diría hoy. Leemos a Keats tumbados en la cama y de pronto apoyamos el libro abierto sobre el pecho, nos ponemos una mano tras la nuca, sonreímos, entrecerramos los ojos sin cerrarlos del todo, la luz dorada de la lamparita de noche empieza a entrar, a irisarse, a calentar... Hay un cansancio que exprime de nosotros cierta belleza particular. A veces, es como estar maravillosamente drogado.

Mi perro vuelve a gemir en sueños.


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