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Artículo
Si todo fuera tan sencillo
Francisco Bello
29/11/12
Paul Krugman
¡Acabad ya con esta crisis!
Trad. de Cecilia Berza y Gonzalo García
Barcelona, Crítica, 2012 - 264 pp. 19 €

La salida de la crisis es algo relativamente sencillo, al menos para Krugman. La crisis es el resultado de una caída de la demanda agregada que ha generado un gran exceso de capacidad y altos niveles de desempleo. Esto, a su vez, ha resultado en un círculo vicioso en el que el creciente desempleo ha generado una mayor caída de la demanda. La solución pasa por revertir este círculo vicioso, convirtiéndolo en uno virtuoso mediante más gasto público que cubra, al menos en el corto plazo, la caída de la demanda para que eventualmente el sector privado, individuos y empresas, se anime a consumir e invertir. En esta versión simple del modelo keynesiano, el incremento del gasto público estabilizaría la actividad económica, evitaría una recesión prolongada y sería sustituido con el paso de los meses por demanda privada, teniendo un impacto relativamente modesto en el nivel de deuda pública a PIB. Cabe destacar que la prescripción del autor es sólo válida para Estados Unidos, ya que, como él mismo afirma en el brillante capítulo dedicado al viejo continente, los problemas de Europa son de distinta índole. En concreto, los mercados dudan, y con razón, de la solvencia de varios países de la zona euro con problemas estructurales de competitividad y que, por pertenecer al euro, no pueden devaluar sus monedas. Este capítulo, y el libro en general, muestran, una vez más, la brillantez de Krugman como escritor y pedagogo, capaz de exponer conceptos económicos complejos de forma simple a un público no especializado.

Para el autor, todo lo que se necesita saber para salir de esta crisis fue escrito por Keynes en los años treinta del siglo anterior y se basa, de forma simplificada, en tres principios fundamentales. Por un lado, que el exceso de capacidad no refleja problemas estructurales en la economía, como, por ejemplo, un exceso de inversión en ciertos sectores antes de la crisis, fundamentalmente en la construcción, no justificado en fundamentos económicos, como bien sabemos ahora. Partiendo de este supuesto, Krugman no duda en identificar una caída de la actividad económica en general, y en esos sectores en particular, como parte del problema en vez de parte de la solución, parte del proceso natural de reestructuración inherente a cualquier recesión económica.

En segundo lugar, supone que los mercados no van a cuestionar la solvencia de Estados Unidos incluso con incrementos del endeudamiento público mayores a los ya vividos estos últimos años y que llevaron a incrementar la deuda desde el 40% del PIB en 2008 al 68% del PIB en sólo tres años. Estados Unidos es considerado como un refugio para la mayoría de inversores, dada su tradicional estabilidad institucional y política (al menos en términos relativos), lo cual le confiere al dólar el estatus de moneda de reserva (el llamado privilegio exorbitante). Esto hace que, cuando las cosas van mal en el mundo, Estados Unidos se beneficie de unos influjos de capital que le permiten un financiamiento público y privado en condiciones muy favorables. Aunque muchos llevan prediciendo la caída de Estados Unidos de este pedestal de estabilidad desde hace mucho tiempo, no parece que haya una alta probabilidad de que esto suceda en los próximos años en ausencia de otros activos seguros que asuman el papel del dólar.

Por último, para Krugman sólo importa el ahora: ni el ayer ni el mañana tienen relevancia. Parecería, exagerando muy poco, que Krugman tiene en mente el modelo keynesiano lineal y estático que se enseña a alumnos de primer año en las facultades de Economía. La realidad, en cambio, es dinámica y está muy lejos de ser lineal; rara vez la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. Así, no se pronuncia sobre el impacto de sus prescripciones en el futuro, aunque sea legítimo preguntarse si algunas de sus recetas simplemente retrasarían el ajuste inevitable, haciéndolo, si cabe, aún peor. Además, sostiene que el pasado en nada influye en cómo salir de la crisis. Intentar analizar las razones, en muchos casos excesos, que nos llevaron a esta crisis es agregar una dimensión moral a la discusión económica que, desde su punto de vista, es innecesaria y contraproducente. Si dan igual las causas de la crisis, no hay problema en proponer unas políticas que premian a los que, con su comportamiento excesivo e irresponsable, contribuyeron a ella y castigan a aquellos que no se unieron a la fiesta. Al mismo tiempo, como el impacto de estas políticas en el largo plazo tampoco es relevante, no hay que preocuparse por el efecto que estos incentivos perversos tendrán en el futuro. Premiar la irresponsabilidad, sin embargo, no suele salir gratis.

Dada la complejidad de la crisis, camino ya de su quinto año, y que ha cobrado especial virulencia en Europa en los dos últimos años, sorprende la rotundidad con que Krugman presenta sus argumentos. En todo el libro es imposible encontrar un solo caso en el que el autor reconozca haber estado equivocado en su análisis o en sus predicciones más que cuando su pretendido error le ayuda con sus argumentos actuales. Aquellos que no están de acuerdo con él son tachados de ignorantes que desconocen la historia, mentirosos, malvados, insolidarios o interesados (o una combinación de todo ello en el caso de los políticos republicanos). Krugman se ha convertido, parece que con entusiasmo, en un activista político y en un polemista profesional y ha dejado atrás, hace ya muchos años, el rigor intelectual de la academia. Parece contento sacrificando rigor y credibilidad por una frase polémica. De hecho, usa este mecanismo –el sensacionalismo– de forma tan reiterada que pierde efectividad a medida que se avanza en la lectura del libro hasta el punto de que, para cuando se leen las recetas prácticas con que Krugman propone salir de esta crisis, apenas quince páginas al final del libro, el lector es víctima de no poco escepticismo.

La base intelectual de Krugman es, aplicada a la economía, la misma que la de los intelectuales de izquierdas, entre los que destaca una mezcla de sentimentalismo condescendiente y renuncia a cualquier cosa que se asemeje a la moralidad tradicional. Es en este contexto en el que tiene sentido el argumento de que las penalidades asociadas con la crisis son innecesarias, producto de políticas equivocadas, y en nada relacionadas con unos enormes desequilibrios generados durante años por comportamientos irresponsables. La propuesta de rescatar, al menos de forma parcial, a propietarios cuyas viviendas valen menos que el monto total de su hipoteca, independientemente de en qué condiciones fue concedida, constituye un buen ejemplo. Si bien es cierto que esto podría ayudar a la recuperación, establecería un precedente nefasto para el futuro en un país en el que la responsabilidad personal ha sido siempre, tanto para demócratas como para republicanos, un elemento fundamental del contrato social. El relativismo moral hace moralmente equivalente la conducta irresponsable de muchos, que generaron la crisis, con la actitud «virtuosa» de otros, éstos sí, víctimas reales de la misma. Pero no pueden juzgarse las acciones de unos u otros, ni, peor aún, sacar lecciones que necesariamente requieran distinguir el bien del mal, sin ser un moralista intolerante. Da igual que, como resulta obvio, la negación del prejuicio sea, en sí misma, un prejuicio.

Francisco Bello es doctor en Economía por la Universidad de Yale y trabaja en una institución financiera internacional.


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