RESEÑAS

Una nueva Ilíada

Homero
Ilíada
Madrid, Abada, 2012
Edición bilingüe de F. Javier Pérez
1.200 pp. 52 €

A la lista de traducciones españolas de la Ilíada de Homero publicadas se añade ahora la que F. Javier Pérez acaba de realizar para Abada con una edición del texto griego. El volumen está pulcramente editado, como los demás que forman parte de la colección «Clásicos de la literatura», entre los que se encuentran obras tan atractivas como el Fausto de Goethe y El archipiélago de Hölderlin, una evocación nostálgica de la Grecia clásica idealizada por el Romanticismo.

Una primera novedad de este libro es que el texto griego que F. Javier Pérez edita está basado en la edición crítica que el conocido filólogo Martin L. West preparó hace poco más de un decenio (Stuttgart-Leipzig, Teubner, 1998-2000). La edición crítica de la colección teubneriana tiende ya a desplazar a la que David B. Monro y Thomas W. Allen publicaron en Oxford Classical Texts, que fue la más difundida en el siglo XX y que lo será aún durante un tiempo por figurar en la versión griega de Wikisource y en el Thesaurus Linguae Graecae, el corpus electrónico de obras literarias antiguas y medievales escritas en griego al que se accede por suscripción a través de Internet. Otra novedad es que el autor ha tenido también a la vista la nueva edición de la Ilíada (a punto ya de estar completa) de José García Blanco y Luis Miguel Macía, publicada en la Colección Hispánica de Autores Griegos y Latinos que edita el CSIC.

No es frecuente que ediciones españolas sirvan como base para ediciones revisadas. La nueva traducción de F. Javier Pérez no puede ser más que bienvenida. Tiene un alto grado de fidelidad al texto griego y se lee con agrado. Desde un punto de vista más general, compensa un poco el enorme déficit de traducciones españolas de la Ilíada si se compara el número de estas con las que hay en otras lenguas europeas modernas. Mientras que en español hay unas treinta traducciones completas publicadas, y la primera de ellas, obra de Ignacio García Malo, no apareció hasta la época de la Ilustración a finales del siglo XVIII, hay varios centenares en inglés, algunas de las cuales forman parte de la historia de la literatura inglesa. Hay un número también mayor de traducciones a otras lenguas europeas mayoritarias.

La industria de las traducciones de la Ilíada sigue boyante en el mercado editorial internacional y hay que felicitarse por ello, porque es un indicio de la presencia de la obra en la cultura actual. En el último decenio se han publicado otras dos muy acertadas en español: la sobria y elegante de Óscar Martínez García (Madrid, Alianza Editorial, 2010) y la más personal, y también en edición bilingüe, de Rubén Bonifaz Nuño (México, UNAM, 2005). Además, ha aparecido otro volumen –y se anuncia ya el cuarto y último (en colaboración con Jesús de la Villa)– de la edición bilingüe que en sus dos primeros volúmenes llevaron a cabo José García Blanco y Luis Miguel Macía, y que este último continuó en su tercer volumen (Madrid, CSIC, 1991, 1998 y 2009). Un primer volumen de la edición revisada de Francesc Cuartero i Iborra con traducción catalana de Montserrat Ros i Ribas, que contiene los cantos I-IV, se publicó en 2005 (Barcelona, Fundació Bernat Metge). Es también reciente la premiada traducción de la Ilíada (Atenas, Agra, 2009) al griego moderno de D. N. Maronitis, que ya había publicado una elogiada traducción de la Odisea poco antes (Salónica, 2006). Por citar sólo otro ejemplo más, han aparecido desde 2000 el volumen introductorio y casi una decena de cantos de la edición con traducción alemana de Joachim Latacz que se anuncia que tendrá unos quince volúmenes (Berlín-Nueva York, Walter de Gruyter, 2000-).

Las cerca de mil doscientas páginas del libro que nos ocupa se abren con una espléndida y actualizada introducción de ciento sesenta páginas con rica bibliografía. El prólogo presta mayor atención a las investigaciones recientes en el ámbito arqueológico e histórico que a los aspectos puramente literarios, quizá porque aquel ofrece más novedades de última hora que reseñar. Así, el editor hace referencia a los hallazgos de las excavaciones arqueológicas que se han llevado a cabo en el lugar de la antigua Troya desde los años noventa del siglo pasado, que han identificado –no sin cierta polémica, porque sólo se ha descubierto un breve lienzo del muro– que bajo el alcázar del rey troyano se extendía una amplia ciudad baja rodeada por una muralla. También resume adecuadamente los documentos hititas redactados entre 1300 y 1200 a. C. que pudieran referirse a Troya y a los aqueos. Expone los datos esenciales que ofrecen las tablillas micénicas –los documentos redactados en griego más antiguos que nos han llegado, que se datan entre 1400 y 1200 a. C. y que contienen registros administrativos de la contabilidad palaciega– en la medida en que ofrecen un punto de comparación para valorar la veracidad histórica de los objetos e instituciones políticas y sociales a los que se hace referencia en los poemas homéricos. Da también cuenta de los resultados obtenidos en las excavaciones arqueológicas –especialmente en Eubea–, que arrojan luz sobre la llamada Edad Oscura, entre 1100 y 800 a. C. aproximadamente, período en el que la cultura griega retrocedió de nuevo a la prehistoria.

La introducción dedica las esperables y por ello más convencionales secciones al autor de la Ilíada, a su datación, a la puesta por escrito del poema y a la transmisión del texto de la Ilíada hasta la invención de la imprenta y a su influencia sobre la literatura. En la debatida datación de la Ilíada, el editor informa de modo neutral sobre las hipótesis más difundidas y en particular sobre la que sigue siendo mayoritaria, que data el poema poco antes del 700 a. C., y sobre las nuevas publicaciones que rebajan la composición del poema sobre Troya al tercio central del siglo VII a. C. El editor describe también con brevedad el verso épico, que consta de seis unidades compuestas por una sílaba larga seguida de dos breves (dáctilos) u otra larga, dando como resultado el llamado hexámetro dactílico; los elementos dialectales, que conforman una lengua artística artificial en la que se mezclan formas de dialectos y épocas distintas y otras puramente artificiosas, que sólo se documentan en la Ilíada o en los poemas homéricos; los elementos más característicos del estilo épico: las fórmulas y las escenas típicas repetidas, así como los símiles o comparaciones extensas, que abren ventanas del mundo contemporáneo a la composición en el relato referido a un pasado lejano. El autor hace referencia a los estudios de Milman Parry y sus sucesores, que demostraron que los poemas homéricos pertenecen a una tradición prehistórica en la que poetas iletrados (que en la tradición griega se denominan aedos) componían poemas épicos sobre los dioses y los héroes de un pasado remoto y los difundían de modo puramente oral sin ayuda de la escritura. Especialmente interesante es la sección dedicada a la estructura de la Ilíada, que observa que la acción narrada se concentra en cincuenta y un días del décimo año de la guerra, de los que el relato de los sucesos acaecidos en sólo cuatro de ellos constituye la mayor parte del poema. Esta concentración temporal es uno de los aspectos subrayados por Aristóteles en su Poética. También comenta los paralelismos temáticos entre los cantos I y XXIV y la técnica poética consistente en la retardación de la narración de episodios previamente anunciados como medio de crear suspense.

Se echan de menos, sin embargo, secciones dedicadas a un par de aspectos centrales. Habría sido útil incluir un apartado sobre los personajes para describir las características de los dioses y de los hombres y glosar el destino de los héroes, en particular de Aquiles y de Héctor. Los dioses viven una existencia feliz y despreocupada, mientras que los hombres y los héroes se enfrentan inexorablemente a la muerte, igual para todos. Aquiles, hijo de una diosa, elige una muerte prematura gloriosa antes que una vida larga pero oscura, mientras que Héctor desconoce la inminencia de su destino fatal hasta el propio momento del duelo con Aquiles narrado en el canto XXII. Por otro lado, la Ilíada inaugura el humanismo característico de la cultura griega. Aun en medio del horror de la guerra, los seres humanos aparecen como esencialmente iguales ante la muerte. Aquiles, que reconoce esto, devuelve el cadáver de Héctor a su padre Príamo, que había ido a su tienda a pedírselo para tributarle honras fúnebres, en un acto sorprendente y que contrasta agudamente con la sed de venganza que siente por la muerte de Patroclo.

La edición del texto griego y de la traducción española, presentada en páginas enfrentadas, ocupa unas novecientas páginas. El texto griego es editado sin aparato crítico. La edición es cuidada. Las decisiones generales que el editor tomó respecto a la ortografía del texto son acertadas. Como cabe esperar, algunas elecciones de detalle (como la de daîta, «pasto», en lugar de pâsi, «para todos», ya en el verso 5) son discutibles, pero no procede entrar aquí en una discusión de detalles especializados.

El autor declara que su traducción pretende ser «rigurosa», lo que cabe entender como fiel al original. Su extensión es igual a la del texto griego y hay correspondencia exacta entre el espacio ocupado por el original y el de la traducción correspondiente, lo que supone ya un reto, porque el español actual es más analítico que el griego arcaico. Como se ha hecho habitual desde la traducción que yo mismo publiqué (Madrid, Gredos, 1991), cada línea de la traducción se corresponde con un verso del original, circunstancia que permite comparar ambas con un mero golpe de vista y producir la impresión visual de que la traducción no es prosa seguida. El autor justifica ciertas exigencias que se han añadido a su versión al ser esta rítmica: variaciones en el acento o en la forma de algunas palabras españolas que transliteran términos griegos (como Atenea y Atena para el nombre de la misma diosa), uso de formas alternantes (como mirmidones y mirmídones) y de neologismos (como rododáctila y nubígero). Con el fin de mantenerse fiel al original, conserva en muchos casos el uso predominante de la coordinación, el polisíndeton y la repetición de palabras. Como es obvio, la búsqueda de ritmo en la traducción dificulta la literalidad y la fidelidad, porque no siempre el traductor puede compatibilizar ambas exigencias, y a veces se ve obligado a sacrificar una por la otra. Así, se encuentran pasajes en los que un adjetivo se ha dejado de traducir para no sobrepasar la línea de la traducción que corresponde a un verso del original o, al contrario, se ha añadido algo secundario para completar el ritmo. La búsqueda del ritmo a veces ha impedido al autor conservar, por ejemplo, el orden de palabras. Así, el primer verso aparece traducido como «Canta, diosa, del Pelida Aquiles la cólera». Otras traducciones dicen: «La cólera canta, diosa, del Pelida Aquiles», manteniendo el orden de palabras del original. La decisión del F. Javier Pérez parece dar por sentado que la traducción es más fiel mediante un ritmo acentual en la traducción que reproduciendo el orden de palabras. Pero no está claro que sea así y, en todo caso, no están expresadas las razones de esta posible jerarquía de valores. Es obvio que una traducción en verso o, por lo menos, rítmica de una obra en verso es superior a una traducción en prosa. Pero esto, que es cierto en la teoría, no existe en la práctica. Lo que se encuentra en la práctica es un pasaje concreto en el que el verso o el ritmo de la traducción desfigura otros aspectos del original. No hay criterio que permita determinar qué es superior en cada caso. Solo sabemos que en la teoría es mejor el verso que la prosa para traducir una obra en verso, pero eso no quiere decir que cada traducción en verso o rítmica de cada verso sea superior. Por lo demás, no he encontrado una explicación del autor sobre los principios que hacen que su versión sea rítmica, y la lectura en voz alta de varios pasajes no me ha permitido descubrirlo. En otras traducciones en verso o rítmicas, el autor suele explicar con detalle los criterios que ha seguido. Con frecuencia hay acento tónico en las sílabas penúltima y quinta empezando por el final del verso («domador de caballos», «dirige el consejo», «melenuda cabeza»), pero en la misma página que los anteriores ejemplos citados aparecen «de anchas calles», «sobre los troyanos», «la diosa Eos» y «divino Néstor». También se observa una tendencia a que la traducción de cada verso contenga cinco sílabas tónicas.

El libro se cierra con unas cincuenta páginas de notas explicativas de diferentes pasajes. Son útiles porque están destinadas a facilitar la comprensión y nunca a exhibir erudición. Hay a continuación un índice de nombres propios y cinco figuras que muestran reconstrucciones de Troya y de Micenas, una foto aérea de los restos arqueológicos de Micenas y un mapa de Grecia al que se superponen los nombres y la procedencia de los principales guerreros troyanos y aqueos.

Esta edición revisada bilingüe de la Ilíada homérica y la nueva traducción española que la acompaña son bienvenidas y amplían la difusión de una obra esencial de nuestra cultura. La editorial Abada, que viene realizando una excelente labor en la edición bilingüe de valiosas obras de la literatura universal, se enriquece con este libro, que deleitando acercará a muchos lectores a la Ilíada homérica, un poema que está en la base del humanismo clásico de nuestra cultura y que ofrece un mensaje al lector de hoy.

Emilio Crespo es catedrático de Filología Griega en la Universidad Autónoma de Madrid y presidente de la Fundación Pastor de Estudios Clásicos. Ha traducido a Homero, Platón, Heliodoro y Plutarco. Es también coautor, con Luz Conti y Helena Maquieira, de Sintaxis del griego clásico (Madrid, Gredos, 2003).

29/04/2013

 
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