RESEÑAS

Sagas policíacas

Viktor Arnar Ingólfsson
El enigma Flatey
Madrid, Alfaguara, 2014
Trad. de Elías Portela
352 pp. 18,50 €

La novela negra nórdica no ha agotado su triunfal ciclo, que comenzó más o menos con el siglo. Desde entonces, los lectores españoles han ido aclimatándose a sus temas y estilos y le han otorgado un merecido crédito, y las editoriales no dejan de escudriñar en los catálogos en busca de títulos importables que continúen el filón. Unas veces encuentran novelas estupendas; otras, simplemente cascotes; y otras, como en el caso de El enigma Flatey, materia aprovechable mezclada con ganga, sin demasiada pureza mineral. No todos los días suceden los milagros. Es de notar que la novela de Viktor Arnar Ingólfsson fue publicada en 2002 y llega a España doce años después, a rebufo del viento nórdico que soplan Henning Mankell, Stieg Larsson o Jo Nesbø, con quienes comparte un aire de familia.

La acción transcurre en la primera semana de junio de 1960, cercano ya el solsticio de verano, cuando en Islandia los días son muy largos y las noches muy cortas. Son los tiempos de la guerra fría, aunque hasta aquella pacífica comunidad rural apenas lleguen por radio sus ecos («El locutor leía sobre las nuevas propuestas de desarme del líder soviético Jrushchov») y las canciones de Elvis Presley. El argumento arranca con la aparición en un islote desierto, sólo habitado por focas, del cadáver de un hombre muerto de hambre y frío. En el cuerpo descarnado y corrompido tras el paso del invierno no se aprecian indicios de violencia, pero las circunstancias de la muerte no están claras. Para redactar el informe correspondiente, llega al fiordo un ayudante del gobernador, un funcionario retraído e inseguro, que no monopoliza el discurso: «Lo que más lo torturaba en la vida era la timidez y la fobia social». A medida que la historia se complica con lo que parece un nuevo crimen, cometido de una forma copiada de las sagas tradicionales, que actualiza la violencia brutal de los vikingos, aparecerán los verdaderos policías. Pero tampoco ellos se convierten en protagonistas de la acción. Imponen un seco distanciamiento con el lector y no lo invitan a esa adhesión con los detectives más o menos avispados, más o menos duros, tradicional en el género. Su poca empatía no distrae del verdadero interés del relato, que basa su originalidad en el patrimonio cultural de Islandia.

Lo más valioso de un escritor es aquello que no tiene en común con ningún otro, aquellas virtudes exclusivas e incanjeables que lo distinguen y llenan un hueco que antes nadie había ocupado, aquellas aportaciones originales que no amontonan páginas sobre páginas encima de lo ya escrito. La singularidad de Ingólfsson reside en convertir en un elemento clave de la investigación las viejas sagas o leyendas islandesas, por las que Borges sentía tanto interés. Ingólfsson intenta construir un texto de alguna forma dialógico entre un género moderno y una de las más antiguas manifestaciones de la narrativa, en muchos aspectos antecedente de la novela. El recurso, desde luego, es pertinente, y tanto más en Islandia, el país más literario del mundo: cada uno de los islandeses lee cuarenta libros al año y uno de cada diez escribe un libro. Reikiavik ha sido designada por la UNESCO Ciudad de la Literatura y la lectura está profundamente incardinada en su extraordinario sistema educativo. Resulta, pues, un acierto que un libro y su contenido sean parte esencial del enigma. Por establecer una comparación, es como si, en España, una historia policíaca ambientada en un pequeño pueblo de Castilla se asociara con el Cantar de mío Cid y, de paso, hablara de su contenido y reivindicara su lectura y su importancia literaria.

La novela de Ingólfsson se estructura en cincuenta y ocho breves capítulos y cada uno de ellos se cierra con un párrafo en cursiva extraído del Libro de Flatey, el códice escrito e iluminado a finales del siglo XIV por dos sacerdotes, Jon Thórdar y Magnús Torráis. Sus doscientas veinticinco hojas conforman uno de los pergaminos medievales más importantes de Islandia y una fuente imprescindible para conocer las leyendas sobre los reyes nórdicos. Objeto de disputa entre Dinamarca e Islandia a partir de la independencia de la isla en 1944, finalmente fue repatriado en 1971 y desde entonces se guarda en Reikiavik. En cada uno de esos párrafos finales –cuya voz narrativa no queda claro a quién pertenece– se plantea una pregunta y una clave que debe ser respondida acudiendo al Libro de Flatey. «Me parece que deberían ustedes empezar por leer el Libro de Flatey antes de intentar resolver ningún misterio aquí», les reprocha un personaje a los policías. El necesario conocimiento de las sagas debe completarse con la interpretación de una runa, entre cuyos arabescos se oculta cifrada la clave. Pero el problema es que, en la novela de Ingólfsson, el uso de las sagas es timorato y simplón, y sólo sirve de excusa para fortalecer el argumento, de coartada cultural para completar la intriga. A la postre, su utilización es meramente ornamental, no llega a aportar significados nuevos, lo que provoca una sensación frustrante y no consigue que los lectores vayamos a buscar con avidez esos párrafos finales extraídos de las sagas. Por su paralelismo, es inevitable recordar El nombre de la rosa, donde Humberto Eco utilizaba con maestría el segundo libro de la Poética de Aristóteles, desaparecido y dedicado a la risa, para hacer un canto a la tolerancia y una crítica feroz del fanatismo.

Sin ser excepcional, la descripción del paisaje islandés y de su biota, así como de una pequeña comunidad rural en la que, pese a la aspereza del clima, reina la armonía entre la naturaleza y el hombre, donde los vecinos no cierran las puertas de las casas y se prestan la llave de la biblioteca pública, donde huele a pescado y a bosta de oveja y se oyen los agrios chillidos de las gaviotas, esa descripción aparece en estas páginas de manera más nítida que la narración en sí, algo rudimentaria. Los personajes son eficaces, pero no están demasiado bien perfilados, ni se ahonda en ellos; sólo los vemos desde fuera, apenas se indaga en su carácter o en sus sentimientos, en las reacciones que la investigación despierta en su interior, como si Ingólfsson hubiera tenido miedo de penetrar en ese territorio anímico que siempre exige lo mejor de un escritor.

El estilo es correcto, al menos en la traducción de Elías Portela, pero tampoco ofrece demasiados registros, resulta algo monocorde y se hubiera agradecido un poco más de variedad y resonancia en la construcción sintáctica y una mayor intensidad adjetival. Se tiende, en cambio, a una inflación de verbos: «Kjartan los saludó, se presentó y les preguntó si iban a necesitar su ayuda». Ingólfsson se muestra demasiado inclinado hacia esa forma primaria de mantener el ímpetu de la acción por medio de empujones verbales, cuando en tantas ocasiones un solo adjetivo sorprendente y bien asociado ilumina a los personajes y da más impulso al relato que cien peripecias. Así, los interrogatorios de los policías a los sospechosos en los capítulos 42-45 parecen rígidos formularios de academia de policía, casi robotizados (¿Dónde estaba? ¿Con quién? ¿A qué hora?), sin los gestos, matices o interferencias que brotan en una verdadera conversación. Ingólfsson escribe con más orden que talento, con más calco que tinta, con más oficio que pasión. Digamos que su competencia lingüística es menor que su destreza para articular en un relato las materias primas de su novela: las sagas, la trama policíaca y la descripción de una comunidad islandesa hacia 1960.

Eugenio Fuentes es autor de un volumen de cuentos, Vías muertas (1997), otro de artículos periodísticos, Tierras de fuentes (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010) y de los ensayos literarios La mitad de Occidente (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2003) y Literatura del dolor, poética de la bondad (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2013). Su detective privado Ricardo Cupido ha protagonizado sus novelas La sangre de los ángeles (Alba, Barcelona, 2001), Las manos del pianista (Barcelona, Tusquets, 2003), Cuerpo a cuerpo (Barcelona, Tusquets, 2007), El interior del bosque (Barcelona, Tusquets, 2008) y Contrarreloj (Barcelona, Tusquets, 2009). Es autor también de Venas de nieve (Barcelona, Tusquets, 2005) y Si mañana muero (Barcelona, Tusquets, 2013).

13/05/2014

 
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