RESEÑAS

Luces de un reinado

José Luis García Delgado (ed.)
Rey de la democracia
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017
275 pp. 20 €

«Luces y sombras» es una expresión clásica a la hora de establecer un balance que se pretenda equilibrado de un determinado período histórico, la trayectoria de un personaje, el desarrollo de un proceso o la ejecutoria de una institución. Esto reza también para los treinta y nueve años del reinado de Juan Carlos I (1975-2014), protagonista de una iniciativa política excepcional y símbolo eminente del tránsito entre un régimen dictatorial y un sistema democrático.

La abdicación se ha producido en una fecha que está todavía muy cercana a nosotros. Por otro lado, el rey, si se me permite la adaptación de la expresión tradicional, «ha muerto» –en términos políticos e institucionales‒, pero el hombre sigue vivo. Todo ello nos obligaría como historiadores, no como cronistas de la actualidad, a mantener ciertas cautelas. Se ha publicado muchísimo sobre la Transición, pero aún queda bastante por saber e investigar de esta reciente fase de nuestro país, sobre todo en el ámbito de la «historia menuda» (que en ocasiones no lo es tanto). El propio sujeto físico, como queda dicho, puede tener todavía un considerable trecho vital y, aunque ahora en segundo plano, su condición de exrey o rey emérito le permite desempeñar un influyente y nada desdeñable papel representativo o de prestigio. No arriesgo nada, por tanto, al asegurar que, como ha sucedido en muchas otras ocasiones, de aquí a los próximos años saldrán a la luz múltiples documentos y se conocerán algunos pormenores que, a buen seguro, cambiarán en algunos aspectos nuestra percepción de los acontecimientos.

Ahora bien, una vez dicho eso, habría que alegar en sentido opuesto dos reconocimientos que me parecen tan incuestionables o más que los anteriores. El primero cae por su propio peso: la abdicación del rey cierra indudablemente un ciclo. La tentación de acometer un inventario de todo lo ocurrido en esas casi cuatro décadas es casi irreprimible y es normal que en los tiempos de aceleración histórica que vivimos, nadie o casi nadie pueda resistirse. Ni los historiadores ni las editoriales, que en último término satisfacen las demandas de un público que exige este tipo de cuentas. El segundo reconocimiento añade simplemente un matiz, al tiempo que me permite entrar ya en el meollo de la cuestión. Ningún período del pasado –y mucho menos los más cercanos a nosotros‒ está definitivamente establecido para los historiadores, es decir, queda como campo yermo, clausurado para siempre. Por el contrario, el pasado cambia y cabe incluso subrayar que cambia constantemente, en función de la perspectiva desde la que lo contemplamos. No estoy hablando, como antes, del surgimiento de nuevos datos, sino simplemente de la irrupción de nuevas miradas que alterarán con absoluta certeza –están haciéndolo ya‒ la consideración de este pasado reciente. Difícilmente puede negarse que la propia situación política actual, marcada por la incertidumbre secesionista y la irrupción de nuevos partidos radicales, hace inevitable una reflexión sobre la trayectoria recorrida, al compás de los cambios experimentados por el análisis, comprensión y aprecio de la España de Juan Carlos I.

La obra que aquí se reseña acusa un claro perfil generacional, marcado por la satisfacción por el camino recorrido y el modo de haberlo llevado a cabo: en suma, la tesis de que el reinado de Juan Carlos I constituye no sólo un momento francamente positivo en la historia española, sino que, mirado con perspectiva histórica, resulta ser, por contraste con un pasado sombrío, un período excepcionalmente fructífero en todos los órdenes. Y que debemos tomar nota de todo ello para hacer frente a las dificultades de los tiempos que corren. Quien firma estas líneas se adscribe sin reservas o duda alguna a los presupuestos, argumentaciones y líneas de análisis que desarrollan los autores que participan en este volumen colectivo. Es difícil no estar de acuerdo con Mario Vargas Llosa, que cierra el volumen con un epílogo encomiástico, cuando afirma que los años del reinado de Juan Carlos I, han sido «los más libres, democráticos y prósperos de la larga historia de España». Es cierto, entre otras cosas, porque la historia de España no abunda en teoría y práctica –al menos continuada‒ de libertades, democracia y prosperidad. Algunos menos estarán de acuerdo en la apreciación de que esos bienes se deben «en gran parte a su tino y astucia». Sin negar estas cualidades, no son pocos hoy en día quienes las relativizan o prefieren resaltar otros factores menos personalistas. Y aumentarán sin duda las defecciones o, al menos, las matizaciones circunspectas, al leer la catarata de elogios que el escritor hispano-peruano adjudica al monarca: «su destreza política, simpatía, talante y cercanía con la gente común» han logrado «recobrar para la Monarquía española un apoyo popular entusiasta», que se prolonga incluso en los tiempos que corren, en los que el rey «ha recibido múltiples manifestaciones de cariño en todas sus presentaciones públicas y muy pocos ataques y diatribas» (pp. 265-266).

No hace falta ser un furibundo antimonárquico para alegar por lo pronto ‒o por lo menos‒ que no es precisamente eso lo que dicen las encuestas de opinión pública en España acerca de la popularidad de la monarquía y, en concreto, de la figura de don Juan Carlos en los últimos tiempos. No es una cuestión menor, porque a cualquiera se le alcanza que, de haberse mantenido la aceptación que, en efecto, tuvo en un momento dado Juan Carlos I, no se hubiera producido la abdicación. En última instancia, bien puede decirse que fue el propio rey quien reconoció meses antes la gravedad de la situación cuando, aún convaleciente del sonado accidente de Botsuana, hizo aquellas sorprendentes declaraciones desde el propio hospital: «Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir». Todo lo que vino después, incluyendo, naturalmente, la propia decisión de abdicar, no fueron más que las consecuencias inevitables de ese deterioro (justo o injusto: de eso hablamos luego) de la imagen de la Corona en la opinión pública española. La no invitación a don Juan Carlos en la reciente conmemoración del cuadragésimo aniversario de las primeras elecciones democráticas (15 de junio de 1977) es un síntoma significativo –e incuestionablemente chocante‒ de cómo están las cosas.

Seamos sinceros y cojamos el toro por los cuernos. Un libro de las características del que estamos hablando surge en un contexto muy determinado que sería hipócrita ignorar o encubrir. En este sentido, por tanto, tengo que hacer constar que me parece más adecuada la declaración de principios –un poco renqueante, todo hay que decirlo‒ que efectúa en las páginas iniciales el editor, José Luis García Delgado (pp. 11-13). Una declaración –adelanto ya‒ que explica también tanto el sentido de este libro como la idoneidad del momento concreto en que aparece. Lo que en el fondo se sostiene en dicho prólogo es que no están los tiempos para aparatosas celebraciones ni, mucho menos, para alharacas palaciegas, pues la crisis ha dejado una profunda mella en la sociedad española y una aguda sensibilidad en la opinión pública. García Delgado se expresa de manera cauta y circunspecta, sin entrar en detalles incómodos, aludiendo tan solo a la «severidad de la crisis que enmarca el final del reinado y las circunstancias que lo rodearon».

Las «circunstancias» están en la mente de todos y, de hecho, alguno de los colaboradores del libro, como Charles Powell, alude con nombres propios (Iñaki Urdangarín, Botsuana) a las contingencias del fin del reinado (p. 191). Volviendo a las palabras del editor y prologuista, García Delgado argumenta que estos últimos eventos han dejado en la vida política española y en la opinión pública un sedimento agrio que es inútil negar. De ahí precisamente «una doble percepción» que explica la necesidad de un libro como este: primero, que las grandes aportaciones del monarca a lo largo de casi cuatro décadas «han sido relegadas, cuando no desdibujadas, por el paso de los años»; y, segundo, estrechamente vinculado con lo anterior, «que al enjuiciar el papel histórico del hoy rey emérito acabe pesando más lo anecdótico que lo fundamental, lo menor que lo mayor, o lo privado frente a lo público». A buen entendedor...

Dejando de lado los matices formales, no podemos estar más de acuerdo con las premisas enunciadas. Y es completamente congruente ese planteamiento con el tono general del libro, un «producto académico», pero también un acto o «impulso cívico» de reconocimiento y gratitud a la figura del monarca, como explícitamente señala Francesc de Carreras (p. 80). Tanto es así que, volviendo una vez más al prologuista, se vincula el plano del conocimiento en el que esta obra se sitúa con una inyección de moral ciudadana y hasta de impulso patriótico: «conocer mejor un pasado que puede alimentar nuestra autoestima para mejor ganar el tiempo que viene» (p. 12). Un ideal de ciudadanía ilustrada que está especialmente presente en el espíritu del artículo que firma Victoria Camps, no casualmente titulado «De súbditos a ciudadanos». En definitiva, el propósito de esta obra colectiva, y al que se han atenido escrupulosamente todos los participantes en la misma, es ir a lo esencial y dejar al margen lo contingente. Esto supone, evidentemente, dar prioridad (absoluta) a lo público e institucional y, dentro de esta esfera, seleccionar aquellos campos concretos en los que haya «acreditadas contribuciones» de la figura que aquí «se erige como protagonista», es decir, el rey.

En este sentido, la organización del libro, el criterio de selección de parcelas relevantes, los asuntos concretos que se tratan y hasta la elección de los especialistas –todos ellos figuras relevantes en sus campos específicos‒ deja poco margen a un disentimiento razonado. Es verdad que no debe buscarse en estas páginas un tratamiento sistemático ni se pretende, por otro lado, competir con los relativamente numerosos volúmenes que se proponen ofrecer una semblanza biográfica de don Juan Carlos. Aquí no hay biografía propiamente dicha, aunque algunos artículos –por ejemplo, los de Juan Francisco Fuentes y Fernando Puell‒ contienen distintos apuntes de la vida del monarca que ambos historiadores consideran pertinentes para entender sus decisiones. También, por otro lado, la complementariedad de perspectivas que explícitamente se busca da al volumen un tono satisfactorio de homogeneidad, aunque no evita el inconveniente de las reiteraciones y solapamientos.

Los ocho capítulos que integran el volumen –aparte de los ya aludidos prólogo y epílogo‒ hacen un recorrido bastante consecuente con los objetivos generales antedichos. En el primero de ellos, el profesor Fuentes traza en magníficas pinceladas impresionistas el retrato de una generación: los hombres que no vivieron la Guerra Civil –los nacidos entre 1932 y 1942 y, entre ellos, muy particularmente, el rey, Suárez y Felipe González‒ concibieron la Transición como «proyecto generacional», esto es, como una oportunidad crucial para el país y para ellos mismos como artífices de un proceso histórico de transformación de un régimen dictatorial en una democracia moderna. Le sigue (capítulo segundo) la contribución de Santos Juliá, que resulta ser ‒de entre todas‒ la de más acentuado carácter historiográfico en el sentido convencional, hasta el punto de que la figura de don Juan Carlos aparece sólo como culminación exitosa de un tortuoso proceso histórico (por decirlo brevemente, los encuentros y desencuentros de la Corona y la democracia en el último siglo y medio). Para que se hagan una idea de lo que quiero decir, baste señalar que el protagonista de este capítulo es mucho más don Juan de Borbón que el propio Juan Carlos I.

Francesc de Carreras aborda a continuación los aspectos jurídicos de la Transición, las claves de la monarquía parlamentaria y el estatus de la Corona. Puell de la Villa, que se ocupa de la faceta militar, resalta con toda la razón que la formación castrense del rey resultó determinante «para que, en 1975, las Fuerzas Armadas respaldasen sin fisuras el inicio de aquel incierto reinado y también para que, cuando las aguas se tornaron turbulentas», el monarca pudiera «sofocar cuantos intentos se urdieron para interrumpir el proceso» (p. 117); incluyendo, por supuesto, la intentona más grave de todas, la del 23 de febrero de 1981 (p. 136). Charles Powell hace una excelente síntesis de la actividad internacional del rey, distinguiendo tres grandes fases (los inicios, hasta el primer gobierno de Felipe González; las dos décadas finales del siglo XX, con el cenit entre 1991 y 1992; y el lento declive desde comienzos del siglo XXI) y aportando algún que otro dato que ha resultado escandaloso para algunos medios, como el supuesto ofrecimiento real al embajador estadounidense de «estudiar la entrega de Melilla a Marruecos» (p. 174).

El quinto capítulo lo firma José-Carlos Mainer con unas cautelas iniciales que, sin embargo, como era previsible, desembocan luego en un tributo asimilable a los anteriores: «El legado cultural de la España de 1975-2014 es la consecuencia de una vigorosa autoafirmación de todo un país [...]. Y debe reconocerse el esfuerzo del rey por encarnar una idea de la sociedad española de la que supo asumir con naturalidad la huella de un nacionalismo cívico, liberal e integrador» (pp. 221-222). En el siguiente, Victoria Camps destaca que la monarquía «dejó pronto de ser ese mal necesario» que implicaba la Transición «para convertirse en un factor esencialmente conciliador» (p. 235). Y, en fin, lo más significativo de la contribución de Javier Gomá en el capítulo octavo puede ser resumido mediante dos acuñaciones suyas: la «variante española» del proceso de modernización fue «tarde pero bien». El rey asumió «en este empeño colectivo un protagonismo incuestionable, contribuyendo de forma determinante a su éxito» (pp. 242, 248, 255).

El cuadro resultante es, sin duda, el fruto de una hábil y certera utilización de las técnicas y aptitudes de los autores. Aunque hay capítulos muy aceptables y otros que parecen hechos con simple pericia –como si algún autor pusiera, dado su oficio, el piloto automático‒, debe admitirse que el conjunto raya a buen nivel y se lee con interés sostenido, aunque su misma homogeneidad ‒como ahora voy a señalar‒ termina por jugar en su contra, como esas novelas negras que se leen bien, pero sabiendo desde la mitad quién es el asesino. Para huir de alusiones que se juzguen frívolas, lo diré de otra manera. En mi opinión, el retrato es fidedigno, porque en estas páginas se da cabida a muchas facetas de lo que fue aquella España entre 1975 y 2014. Todo lo que está aquí es verdad, pero no es toda la verdad. Como decía al principio, toda vida –personal o de una institución‒ tiene luces y sombras. Un balance que se repute equilibrado debe por fuerza, como sucede en cualquier contabilidad, señalar el debe y el haber. Los autores pueden alegar en su mayor parte que no silencian los puntos oscuros. Pero lo hacen con tantas precauciones, con tanta sordina, que casi parecen pedir perdón por la mera mención.

Esto no tiene nada que ver con el resultado del balance. Ya he señalado –y repito ahora, por si hace falta‒ que también suscribo el unánime dictamen: el reinado de Juan Carlos I ha constituido una etapa excepcionalmente positiva en la trayectoria del país. Probablemente es injusto que las últimas actuaciones del monarca –casi todas ellas de naturaleza estrictamente privada‒ le hayan pasado tan alta factura en la consideración pública y hayan manchado una ejecutoria tan brillante. Pero, nos guste más o menos, así ha sido. Como es sabido, la distinción entre «vicios privados» y «públicas virtudes» es un tema clásico de la ética política. El monarca, por su condición tan particular, está más sujeto al escrutinio público que el gobernante elegido. En su capítulo, Francesc de Carreras sostiene –manteniéndose en un plano teórico‒ que, en una sociedad avanzada, «la perpetuación de una monarquía depende, en gran medida, de la auctoritas del rey y de la familia real». La fuente de esta auctoritas es «la aceptación popular», el crédito que «le otorguen al rey los ciudadanos para el cumplimiento de sus funciones. El comportamiento personal del rey o reina –y del resto de los miembros de la familia real‒ en el desempeño de sus tareas, así como la ejemplaridad de sus vidas privadas [...] serán piezas fundamentales de las que dependerá que la monarquía» subsista (p. 113). Si aplicamos esas consideraciones generales a la arena política concreta de los años 2010-2014, grosso modo, pueden entenderse muchas cosas que aquí, en este libro, no se citan o, en el mejor de los casos, se mencionan de pasada.

Hay otra cuestión que no puedo dejar de lado, ya para finalizar. Independientemente de su figura, su talante, su carácter y sus actos concretos, Juan Carlos I y su reinado son indisociables de la Transición. De hecho, una gran parte de la valoración positiva de él ‒como persona y como rey‒ y de sus años en la jefatura del Estado provienen precisamente del protagonismo que se le reconoce en el tránsito pacífico y ordenado de la dictadura franquista a la democracia. Y en la defensa de esta cuando se vio amenazada por poderosas fuerzas involucionistas. Los autores del libro enjuician superlativamente al rey ‒no sólo, pero sí en gran medida‒ porque aprecian el modo en que se hizo el cambio político. Para la mayor parte de ellos, la Transición formó parte de sus vidas. Pero hoy día se percibe en la sociedad y en la vida pública española una clara ruptura generacional.

Los nietos políticos de la Transición –quienes nacieron ya en democracia o eran muy niños en los estertores del franquismo‒ impugnan el proceso: la Transición como apaño, fraude, pacto de silencio o incluso traición. Si le dimos tanta importancia a la ruptura generacional que posibilitó aquella transformación política, según analizaba Juan Francisco Fuentes, tendríamos que otorgársela también a esta otra fisura en sentido inverso. Esa crítica supone, por tanto, una enmienda a la totalidad a la forma de Estado. Desde esos presupuestos políticos, la valoración de Juan Carlos I cae por la propia base, nunca mejor dicho. Para estos sectores, ya no se trata tanto de juzgar severamente sus actos concretos –y enfatizar sus posibles errores o sus avatares privados‒, sino de combatir a la propia institución. Una parte creciente de los españoles ‒sobre todo los más jóvenes‒ y no pocos sectores políticos alternativos, radicales, nacionalistas y populistas, propugnan la opción republicana. No podemos –o no debemos‒ mirar hacia otro lado. Creo sinceramente que el libro que nos ha ocupado hubiera cumplido más eficazmente sus objetivos explícitos incorporando algunas miradas más críticas, o simplemente reconociendo –aunque sólo fuera para combatirlos mejor‒ el desapego o incluso la desafección hacia la Corona que están ganando terreno en el seno de la sociedad española.

Rafael Núñez Florencio es Doctor en Historia y profesor de Filosofía. Sus últimos libros son Hollada piel de toro. Del sentimiento de la naturaleza a la construcción nacional del paisaje (Madrid, Parques Nacionales, 2004), El peso del pesimismo: del 98 al desencanto (Madrid, Marcial Pons, 2010) y, en colaboración con Elena Núñez, ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Madrid, Marcial Pons, 2014).

06/11/2017

 
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