RESEÑAS

Fuera de tiempo

James Salter
Todo lo que hay
Barcelona, Salamandra, 2014
Trad. de Eduardo Jordá
384 pp. 20 €

Algunos años atrás, el escritor argentino César Aira sostuvo que el valor que otorgamos a un texto literario está estrechamente relacionado con la forma en que se vinculan «tres fechas» que lo presiden: la de su escritura, la de los hechos que narra y la de su publicación. Un ejemplo de esto (que Aira no menciona, pero que quizá sea ilustrativo) es el del tipo de literatura de especulación científica o de «ciencia ficción» de la primera mitad del siglo XX que, leída en la actualidad, carece del carácter predictivo que alguien pudo otorgarle en torno a la fecha de su publicación, y funciona más bien como el repositorio de un cierto desencanto (o alivio) ante un futuro que estuvo a punto de ser, que casi fue pero nunca suceció por completo.

La lectura de Todo lo que hay, la novela más reciente de James Salter (Nueva York, 1925), provoca una impresión similar: hay algo anacrónico en la historia de Philip Bowman, quien, tras participar en la importante batalla de Okinawa como tripulante de uno de los barcos de la flota estadounidense, va a la Universidad de Harvard, intenta sin demasiado entusiasmo convertirse en periodista y, finalmente, se hace editor; Bowman se casa, venciendo toda oposición, con una joven heredera de Virginia que más tarde lo abandona, tiene una historia de amor con una mujer inglesa con la que compra un galgo de carreras (su fracaso poco después de una serie inicial de victorias es un magnífico ejemplo de lo que la novela viene a decir a sus lectores acerca del amor y de las relaciones de pareja), adquiere un conocimiento de primera mano de lo que denomina la «geografía editorial», asiste a fiestas (de las que, dado el éxito de la serie televisiva creada por Matthew Weiner, sólo puede decirse que son muy Mad Men), se instala en lo que denomina la «verdadera madurez, ya que era lo suficientemente mayor para disfrutar de los placeres civilizados y no demasiado viejo para abandonar los más primarios», se muda a una casa en el campo, se enamora, es traicionado, traiciona, descubre cómo paliar «la falta, no necesariamente de matrimonio, sino de un centro tangible en torno al cual la vida tomase forma y hallara por fin su sitio». Todo lo que hay es, literalmente, todo lo que hay o hubo en la vida de Philip Bowman, pero también las vidas que éste pudo haber vivido y que Salter hace recaer en otros personajes masculinos del libro: Robert Baum, el editor judío que encarna unos valores con los que se asoció a la edición durante décadas (y con la que todavía sigue asociándosela, en algunos muy limitados casos y siempre a modo de nostalgia); Kimmel, el compañero de camarote de Bowman que sobrevivió a tres naufragios para acabar convertido en una persona impertinente y frívola; Neil Eddins, el «otro» editor, que escoge la vida rutinaria y la felicidad conyugal y vive su opuesto.

Todos ellos tienen tanta vida interior como exterior, pero una y otra recorren caminos paralelos que, por regla general, no se tocan. Buena parte del interés que suscita Todo lo que hay se fundamenta en el hecho de que el lector constata cómo la vida interior de los personajes se separa de la exterior, produciendo un vacío con el que es fácil identificarse, en particular en el caso de los personajes masculinos. Las mujeres, por su parte, son una pura exterioridad, y posiblemente sea la imposibilidad por parte del lector de acceder a sus motivaciones la que hace que estas le parezcan memorables. Un interés añadido (además de puramente anecdótico, pero que no puede dejar de ser mencionado aquí: esta es la primera novela de James Salter en treinta años) radica, además, en el anacronismo al que se hacía referencia más arriba, y que permea todo el libro.

A pesar de haber sido publicada originalmente en 2013, en la novela de Salter es la fecha en que suceden los hechos que narra (entre 1945 y, digamos, 1980) la que se impone a las de escritura y publicación (una cuarta sería la de su lectura, por supuesto), y el resultado es una literatura que parece deliberadamente anticuada, que se permite algunos pasajes de sentimentalismo y cursilería que la literatura contemporánea evita escrupulosamente. (Un ejemplo, al azar: «Su fragante pubis parecía desprender el calor de un sol invisible. Las briosas partes asirias de Eddins acariciaban sus labios, ahogaban sus gemidos. Después dormían como ladrones»; hay otros peores, como la escena vergonzosamente orientalizante en la que Bowman y su amante visitan Andalucía y asisten a un espectáculo flamenco.) En Todo lo que hay sólo las escenas de los encuentros sexuales de Bowman con mujeres y la referencia desembozada a la homosexualidad de un vecino en la primera parte del libro nos parecen contemporáneas; en el contexto general de una obra que podría haber sido escrita en 1965, en 1954 o en 1976, ambas provocan, paradójicamente, el efecto de un anacronismo.

Se trata de un efecto que, sin embargo, no desmerece la obra. Todo lo que hay es absolutamente extraordinaria, en la línea de las grandes novelas de la tradición norteamericana del siglo XX: casi sin parecer proponérselo, Salter convoca en ella, en torno a la trayectoria individual de su personaje, toda una época, y convierte de ese modo una peripecia personal en el relato de una sociedad caracterizada por el vacío que media entre su visión de sí misma y la realidad («una vida fraudulenta», la define el autor, como si hubiera otras), entre sus intenciones y sus logros, entre el anhelo de libertad amorosa y la necesidad de poseer y de ser poseído, entre una vida interior rica y una vida exterior atenazada por la experiencia de la guerra y la imposición de una nueva normalidad. Hay algo heroico en este esfuerzo de Salter, que tiene ochenta y ocho años de edad y ha escrito una novela de una ambición notable precisamente en un tiempo en el que, como se dice en un pasaje del libro, «el poder de la novela en la cultura del país se había debilitado. […] Nadie lo ignoraba y todos se desentendían como si nada hubiese cambiado. […] El viejo esplendor se había desvanecido, pero seguían apareciendo caras nuevas que querían formar parte de un mundo que conservaba su antigua aura, como un par de zapatos buenos perfectamente encerados en poder de un hombre arruinado».

Esta también es una incongruencia temporal, por supuesto; de hecho, resulta especialmente evidente en una época como la nuestra, de novelas intimistas y cohibidas. Pero los lectores de Todo lo que hay (brillantemente traducida por el narrador y ensayista español Eduardo Jordá, que recrea con solvencia la elegancia lacónica del estilo de Salter) sólo podemos estar agradecidos ante el hecho de que el autor haya escrito una novela fuera de su tiempo, un bello y delicado anacronismo.

Patricio Pron es escritor argentino. Sus últimos libros son El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (Barcelona, Random House, 2011), La vida interior de las plantas de interior (Barcelona, Random House, 2013), Nosotros caminamos en sueños (Barcelona, Random House, 2014) y El libro tachado (Madrid, Turner, 2014).

22/07/2014

 
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