RESEÑAS

El hambre y los ciegos

David Rieff
Oprobio del hambre. Alimentos, justicia y dinero en el siglo XXI
Barcelona, Taurus. 2016
Trad. de Aurelio Major y Lucas Aznar
432 pp. 23,90 €

David Rieff examina y expresa su escepticismo en este libro respecto a las posibles soluciones del hambre global que puedan derivarse de la filantropía tecnocrática, del libre comercio internacional o de posibles políticas revolucionarias. Rieff, que no sólo es hijo biológico de Susan Sontag, sino también ideológico, se muestra ferozmente contrario a la filantropía tecnocrática de los grandes millonarios, como Bill Gates, y no cree, por otra parte, que la revolución pueda llegar a abrirse paso, por lo que llega a conclusiones sobre el futuro de nuestra alimentación que tal vez sean demasiado escépticas y pesimistas.

El libro está bien escrito, su documentación es meticulosa y está argumentado con sutileza, pero adolece, sin embargo, de algunos desenfoques que impiden que aceptemos sin más su discurso, aun sin estar en total desacuerdo con él. Las principales objeciones pueden resumirse como sigue: Rieff trata de las posibles acciones paliativas antes enunciadas como si fueran en la práctica mutuamente excluyentes, cuando en realidad deben concurrir junto a otras en busca de las posibles soluciones; las mimbres del hambre están entretejidas con las de la pobreza, sin que sean exactamente las mismas, por lo que ambos problemas han de abordarse conjuntamente; no es acertado en absoluto asociar exclusivamente la vía técnica a la filantropía de los hipermillonarios y, finalmente, no hay un solo tipo de hambre sino varios que requieren aproximaciones diferenciadas.

Modificando la conocida parábola india, podría decirse que el hambre es como un grupo de elefantes ante varios ciegos que tratan de describirlo, sirviéndose del sentido del tacto, y acaban creando la imagen caótica de un unitario ser monstruoso. El mayor error de muchos de quienes reflexionan y escriben sobre el problema de cómo nutrir a una humanidad creciente es considerar que hay un único tipo de hambre y no advertir que, en realidad, hay varios, según la naturaleza de los factores que impiden paliarla.

En el pasado no ha habido una solución global al hambre, sino soluciones parciales que nos han aproximado paulatinamente al objetivo de su erradicación. Durante la segunda mitad del siglo pasado logró estabilizarse el número absoluto de desnutridos al tiempo que se triplicaba la población mundial. Éste no fue un logro baladí y, si lo analizamos en detalle, nos encontraremos con contribuciones parciales que se han generado por mezclas distintas de diferentes aproximaciones. Así, por ejemplo, la llamada Revolución Verde tuvo una primera fase cuyo ingrediente principal fue un sorprendente y revolucionario avance de la mejora vegetal y una segunda fase, protagonizada por la diplomacia y la política, que fue imprescindible para la difusión del nuevo material vegetal por el continente asiático. En Argentina y en el Punjab indopaquistaní, la implantación de la siembra directa consistió en dos versiones técnicas distintas del mismo invento, que han sido la clave del aumento de la disponibilidad de alimento y de su abaratamiento en las mencionadas regiones. El éxito del programa hambre-cero en Brasil, que tuve ocasión de discutir in extenso con el ministro responsable, actual secretario general de la FAO, fue esencialmente político, ya que supuso, lisa y llanamente, la distribución directa de dinero a los más necesitados. Este éxito que tanto parece entusiasmar a Rieff se dio en una situación en que, habiendo suficiente alimento, numerosos ciudadanos carecían de dinero para adquirirlo. Notables éxitos políticos han sido también los aumentos de producción obtenidos como consecuencia de una distinta gestión de la propiedad del suelo laborable en China y Vietnam. La eliminación de barreras arancelarias y el acceso a los mercados han hecho progresar a muchos países en desarrollo y, en cambio, han hundido aún más en la miseria a otros. En todos estos casos, el componente político ha estado siempre más o menos presente.

No hay que confundir lo necesario con lo suficiente. Así, el hambre en el mundo no es un problema exclusivamente político, pero su solución pasa necesariamente por la política, y tampoco es un problema exclusivamente técnico, pero la investigación ha desempeñado un papel crucial en el pasado y lo tendrá en el futuro para superar obstáculos concretos para su solución. Rieff critica la visión mecanicista y lineal de un Gates, que parece creer que para acabar con el hambre basta con aplicar los métodos que han permitido el éxito de su empresa informática, y señala que el virtuosismo de éste en la explotación de la comunicación pública está dando a sus ideas un peso injustificado. No discrepando de estas opiniones, cabe señalar que la filantropía de Gates no representa sino una pequeña parte de la acción filantrópica global en torno al hambre, y que el tipo de tecnología que él promueve no es la única presente en el amplio campo de batalla. En su fervor anticapitalista, Rieff desacredita la filantropía y la técnica de un único plumazo, asociándolas de modo exclusivo a las acciones de Gates y sus compañeros de riqueza. Otros pensamos que la iniciativa de estos magnates, por desafinada que sea, ha de rendir algunos resultados útiles frente a los retos del crecimiento de la población y, de modo muy importante, en la adaptación al cambio climático, aunque no vaya a monopolizar las soluciones. Por otra parte, cabe suponer que Rieff no prefiere que los ricos del mundo se gasten sus ganancias en yates y otros lujos.

La ideología de Rieff le lleva a desdeñar los logros de ese éxito filantrópico-tecnológico que fue la Revolución Verde, liderada por Norman Borlaug y financiada por unas fuentes muy distintas de las representadas por Gates & co. Así, se resiste a aceptar –y trata de pasada– el hecho de que, como consecuencia de la implantación de los trigos semienanos y de los arroces de ciclo corto, más de mil millones de seres humanos escaparon del hambre, y le imputa a esta revolución un enorme impacto ambiental, lo que implica una ignorancia radical de algunos conceptos.

La práctica agrícola ha sido contraria al medio ambiente desde su invención, tanto más contraria cuanto más primitiva, y su principal impacto ecológico es la invasión de suelo natural. La huella ecológica de los alimentos, como la del acero, hay que referirla a la tonelada de alimento y no a la hectárea, como erróneamente se hace. Un trigo semienano, por ejemplo, es más compatible con el medio ambiente que uno anterior a la Revolución Verde, porque necesita menos suelo, menos agua, menos productos químicos y menos energía por kilo de harina. La razón es muy sencilla: a igualdad de biomasa producida (igualdad de aportes), una mayor proporción de ella se convierte en grano: las variedades actuales tienen mayor «índice de cosecha» que las de hace cuarenta años. En consecuencia, el impacto ambiental de la actividad agrícola a escala global ha aumentado durante el último medio siglo no porque la producción de un kilo de alimento tenga una mayor huella ecológica, sino porque se ha triplicado la población mundial y necesitamos más que triplicar la producción de alimentos.

Sería conveniente disminuir moderadamente el consumo de alimentos de origen animal de algunos individuos, pero no por las razones aducidas por Rieff, sino por los beneficios sanitarios y ambientales que comportaría esta reducción. En contra de lo que parece pensar el autor, sólo una pequeña fracción de la carne que consumimos se produce a partir de granos que podrían ser consumidos directamente por el ser humano, es decir, a partir de piensos; en la mayoría de los productos de origen animal, son los pastos el material de partida y los granos son un complemento que potencia el aprovechamiento de los pastos. En este aspecto, España se encuentra entre los países que han de recurrir a los piensos para producir carne, pero importa cantidades significativas de carnes producidas en pastizales, como, por ejemplo, las procedentes de la pampa argentina.

Como ya hemos escrito en estas páginas, el primero de los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio estaba justamente enfocado a la erradicación del hambre y la pobreza. Hace un cuarto de siglo, más de la mitad de la población de los países en desarrollo estaba por debajo del umbral de la pobreza (1,25 dólares/día), mientras que en la actualidad la cifra es de sólo el 14%, al tiempo que la proporción de personas con más de 4 dólares/día se ha triplicado. En dicho período, a escala global, el número de pobres ha disminuido de 1.900 a 836 millones y el Banco Mundial acaba de anunciar que esta cifra se reducirá a 702 millones este año. En paralelo, la proporción de subnutridos en las regiones en desarrollo ha disminuido del 23,3% al 12,9%.

De acuerdo con Rieff, no podemos ser autocomplacientes con las cifras anteriores si consideramos que son cifras medias, que pueden ocultar una desigual distribución de los avances, tanto en el plano geográfico como cuando se discrimina por criterios de sexo, edad, raza o discapacidad. Además, se ha recorrido la parte más fácil del camino y seguramente queda la más difícil. Consideramos, sin embargo, que todavía queda margen para avanzar en la solución de los problemas del hambre y que hay razones para un prudente optimismo, sin ignorar los posibles obstáculos. Los datos aquí aludidos indican claramente que pueden paliarse los males del mundo siempre que se tenga una voluntad política solidaria, se diseñen unas estrategias acertadas y se pongan los medios necesarios, pero no deben llevarnos a concluir que las tasas de progreso experimentadas hasta ahora vayan a mantenerse en el futuro o que no queden problemas que hayan burlado las posibles buenas intenciones para resolverlos. ¿Cuáles hubieran sido los resultados si no estuviéramos tan mal avenidos?

Existen carencias recalcitrantes ‒hambre, sed y pobreza‒ para las que las soluciones buscadas hasta ahora no parecen eficaces; varios cientos de millones de personas permanecen en bolsas aisladas de difícil reducción y que no les permiten acceder a los recursos más básicos, y no hay «libres mercados» que vayan a hacerlas desaparecer. Persisten, e incluso se agravan, entre otras, las desigualdades entre mujeres y hombres, entre pobres y ricos, entre áreas rurales y urbanas. El cambio climático y la degradación ambiental están hipotecando futuros progresos y amenazan especialmente a los más desfavorecidos, a los más débiles. Finalmente, la salvaje depredación de los recursos naturales fomenta los conflictos bélicos y, a medio y largo plazo, destruye nuestro hábitat.

Francisco García Olmedo es miembro de la Real Academia de Ingeniería y del Colegio Libre de Eméritos. Ha sido catedrático de Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad Politécnica de Madrid (1970-2008). Sus libros de divulgación más recientes son El ingenio y el hambre (Barcelona, Crítica, 2009), Fundamentos de la nutrición humana (Madrid, UPM Press, 2011) y Alimentos para el medio siglo (Madrid, Fundación Esteyco, 2014).

25/07/2016

 
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