RESEÑAS

Mar de cristal

Ray Loriga
Rendición
Madrid, Alfaguara, 2017
216 pp. 18,90 €

Si hay algo que nadie podrá escamotearle o discutirle jamás a Ray Loriga (Madrid, 1967) es su capacidad, casi temeraria, para arriesgarse, y el mérito de no acomodarse a un estilo que en sus tres primeras novelas acertó con un lenguaje, una actitud, unos temas y unos tonos que, sin renunciar en absoluto a la autoexigencia literaria, conectaron inmediatamente con la sed de cientos de lectores que, al parecer, necesitábamos exactamente eso, o atrajeron hacia los libros a otros miles de jóvenes que andaban, por definición, desorientados, hambrientos de compañía, anhelantes de nuevos símbolos, nuevas explicaciones, algún horizonte, un nuevo idioma en el que reconocerse. Lo peor de todo (1992) fue un estupendo debut, una novela brillante y eficaz que pronto se vio acompañada por la poética y acaso un poco más formularia Héroes (1993), que daba una vuelta de tuerca a la filosofía del perdedor precoz, a las expectativas imposibles de un futuro inexistente, negado, turbio. En 1995 esa estética culminó en la preciosa road novel, Caídos del cielo, que todavía contiene algunos de los pasajes más conmovedores, potentes y acertados de la obra de Loriga. Y a partir de allí llegó el golpe de timón: tras esa suerte de trilogía inaugural, en 1999 se publicó Tokio ya no nos quiere, una primera distopía electrizante y extrañamente hospitalaria que alejaba a Loriga de la crudeza o la grisura de las vidas cotidianas, más o menos desesperadas, impacientes, y lo lanzaba a un primer flirteo con la fantasía, en forma de ciencia ficción inflamada por las drogas, acelerada por los viajes constantes, amenazada por la vida artificial. Trífero supuso, ya en 2000, una nueva sorpresa, un nuevo volantazo narrativo, definitivamente desconcertante, supongo, para sus primeros lectores, pero estimulante para quienes leímos allí un nuevo testimonio del extremo extrañamiento contemporáneo, una fábula errática, sin destino pero con sentido, y con una belleza simbólica un punto sobrecogedora.

Las novelas que Loriga ha ido escribiendo a lo largo del nuevo siglo no han hecho más que confirmar la tendencia del escritor madrileño a sorprender, pero no por afán de hacerlo, sino por necesidad, por puro afán de búsqueda y de resultar significativo. La novela que acaba de publicar, Rendición, conecta con la penúltima, la probablemente excesiva Za Za, emperador de Ibiza (2014), en lo que tiene de retrato social, más explícito en aquella novela y más parabólico en ésta, aunque hay ideas compartidas (la de los poderosos «dueños del agua», por ejemplo) y cierta melodía general.

Quienes, como yo mismo, desconfíen un tanto de la ciencia ficción, tal vez tuerzan un tanto el gesto al escuchar el argumento de esta novela: en un futuro remoto, pero por fortuna todavía reconocible, humano, no alienígena y, por supuesto, en el planeta Tierra (hay alusiones a la guerra de Troya o a las «antiguas olimpiadas»), una guerra general ha anulado en buena medida los avances tecnológicos logrados y ha recluido a la gente en sus hogares, forzándoles en algunos casos a una vida campestre, de autosuficiencia, como la que llevan los protagonistas: un matrimonio cuyos dos hijos están en el frente (y éstos serán los fantasmas principales a lo largo de toda la narración, unos ausentes que no dejan de sobrevolar simbólicamente el relato), pero que ha adoptado a un niño mudo de nueve años, Julio, que un día apareció por su parcela. El avance de la guerra (o, más exactamente, la inminencia de una derrota ya cierta) hace que «el gobierno provisional» obligue a todos los ciudadanos a trasladarse a una imposible ciudad de cristal que han construido durante años para la reclusión, para la protección de los supervivientes. El mundo entero ha caído en manos del enemigo y sólo queda refugiarse en esa fabulosa ciudad transparente, regida por un gobierno que es siniestro por invisible y que, al parecer, aliena de forma extrema a sus habitantes a través de un proceso denominado «cristalización», logrado a través de duchas con aguas especiales, que neutralizan el olor corporal de la gente y, sobre todo, cualquier tentación de protesta, como una droga que hace felices, olvidadizos e irreflexivos a todos, anula la moral particular de cada uno, elimina toda posible pregunta e impone una alegría obligatoria, indiscutible, no postiza pero sí artificial y, sobre todo, paralizante («Estar bien es una especie de carga, estar bien significa estar dispuesto», se leía en Héroes). El narrador es el hombre, que en su madurez es un ser sencillo, noble, humilde, conformista, sumiso, más bien ingenuo, a veces simplón pero no apocado, enamorado de su mujer, cariñoso con su hijo adoptivo y que no discute ninguna orden oficial (aunque no sabemos cuánto ha afectado la cristalización al punto de vista desde el que escribe, interrogante que sólo puede multiplicarse tras el desenlace, una vez que sabemos lo que finalmente le ocurre). Y, sin embargo, un hombre así, de talante tan obediente, se convierte en el rebelde que, tras un solo incidente, se enfrenta a los espejismos que forzosamente produce tanto cristal. Decía Baltasar Gracián que todos debemos comportarnos como si alguien estuviese permanentemente observándonos, y eso es lo que ocurre en ese lugar: nadie hace nada malo, porque las consecuencias de esas homogeneizadoras duchas lo impiden, pero también porque todo el mundo está permanentemente vigilado, situación que, con los años, acaba cansando e irritando al protagonista, quien por tanto decide indagar.

El argumento, así planteado, puede producir reservas y, sin embargo, la novela supera con buena nota tanta parábola (que también es, ocasionalmente, parodia, y que rebosa ironía de la mejor factura en algunos pasajes), sobre todo si se entiende Rendición como una especie de novela bizantina en la que no faltan las aventuras, las sorpresas, las emociones, la acción ni el humor. Y tanto por la actitud de su protagonista como por su particular lenguaje (toda la narración está contada en primera persona, y sólo contamos con su perspectiva, con sus opiniones y dudas, con su versión de los hechos), la novela tiene algo también netamente cervantino. El narrador, innominado, no llega a incurrir en la paremiología, pero sí despliega un lenguaje franco, familiar, lleno de fórmulas comunes y de muletillas graciosas, con una sintaxis, unos rodeos, unas opiniones interpoladas y un modo de administrar las informaciones que, insisto, recuerdan mucho a las de los personajes de Cervantes cuando se lanzan a conversar.

Loriga consigue mantener el interés por su narración a lo largo de doscientas páginas, desafío que no era nada fácil, y lo logra gracias a su ya veterano dominio de los tiempos, de los ritmos, decidido a no inflar ninguna anécdota, pero sin dejar de contar en su momento nada relevante. Algunos episodios cómicos podrían parecer extemporáneos, pero también tienen su parte de responsabilidad a la hora de que la novela se mantenga en tensión, sin demasiadas posibilidades de que el lector se distraiga o se despiste. Más bien la narración es hipnótica y, a pesar de lo que cuenta, que no deja de ser un relato orwelliano bastante asfixiante, se lee más con una sonrisa que con congoja. Esto es algo en lo que valdría la pena detenerse: Loriga ha construido una ciudad desasosegante, cómoda pero despersonalizadora, agradable y alegre pero amenazante, y lo ha hecho para levantar a su vez una monumental metáfora de nuestra sociedad, de nuestro tiempo, de los peligros y amenazas y carencias y todos esos consabidos etcéteras que nos acosan, pero ha sabido hacerlo sin ponerse solemne, sin adoptar un tono profético o alarmista o, por supuesto, moralizante, sin demasiadas pretensiones en cuanto a los mensajes que no son estrictamente novelescos y sin ponerse siquiera estupendo, o penetrante, o sabio, sino contando, sin más, una historia, y haciéndolo por orden cronológico, de una manera ágil, entretenida y con enorme habilidad estilística, con un pulso y cierto magisterio que Loriga se ha trabajado con tenacidad a lo largo de los años. Todo ello, sumado a la propia filosofía liberadora de la narración y al hecho de que el resultado sea tan notable, tan adictivo y, sí, tan divertido, hacen de Rendición una novela muy estimable, una novela lograda, llena de fuerza y perfectamente resuelta.

Juan Marqués es poeta y crítico literario. Es autor de los poemarios Un tiempo libre (Granada, Comares, 2008) y Abierto (Valencia, Pre-Textos, 2010).

04/09/2017

 
COMENTARIOS

Ubaldo Suárez 19/09/17 12:48
Esta reseña podría convencer al que no haya leído la novela. Al que sí, no sabría decidir si es una burla disfrazada o un disparate.

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