RESEÑAS

Sobremesa en el siglo

Enrique Krauze
Personas e ideas. Conversaciones sobre historia y literatura
Barcelona, Debate, 2016
368 pp. 19,90 €

Siglo corto, como quería Eric Hobsbawn al fijar su comienzo en la Gran Guerra y su final en la caída del Muro de Berlín, o siglo largo para quienes querrían extenderlo hasta el atentado contra las Torres Gemelas o aun la Gran Recesión iniciada en 2008, no cabe duda de que el siglo XX empieza a distanciarse de nosotros. Por más que busquemos paralelismos con los años de entreguerras o paseemos a Marx por los suplementos culturales, las tonalidades específicas de la última centuria empiezan a perder fuerza sin que aún hayamos encontrado categorías firmes para describir las nuevas realidades psicopolíticas. Al mismo tiempo, sin embargo, nuestro mundo no puede comprenderse sino a través de su historia reciente y no cabe duda de que el siglo XX ha sido especialmente fértil –a la manera hegeliana, es decir, sangrienta– como laboratorio sociopolítico. De manera que nos encontramos en plena transición, habitando una tierra de nadie cuyos contornos no terminamos de adivinar. Por eso ha de ser especialmente bienvenido un libro como éste, que acaso sin proponérselo nos ofrece un completo retrato del siglo de las ideologías y las ilusiones políticas. Y que lo hace a través de la voz de algunos de sus más eximios protagonistas intelectuales. Si Víctor Serge tituló Medianoche en el siglo a sus memorias, este volumen vendría ser su apacible sobremesa: la rememoración de sus tumultos a través de la conversación.

Pero no es lo único que el libro hace. También se propone como una reflexión acerca de la tradición liberal en la que vienen a inscribirse entrevistador y entrevistados, entendiendo aquí por tradición liberal esa rama del pensamiento que se opone a las concepciones cerradas de la sociedad y defiende al individuo frente a cualquier forma de colectivismo. Así definido, a la manera clásica, caben en el liberalismo Octavio Paz y Hugh Thomas, aparte de, más obviamente, Isaiah Berlin o Leszek Kołakowski: una gran familia cuyos miembros, el pasado siglo, a menudo coquetearon juvenilmente con el marxismo. Esto es especialmente cierto en el caso del liberalismo mexicano, donde la lucha contra el absolutismo ha estado siempre acompañada de legítimas demandas de justicia social. Publicado originalmente en aquel país, este libro es también una meditación sobre su tortuosa trayectoria histórica, que arranca en la Nueva España y llega hasta esos dos ambiguos emblemas de la modernización que son el zapatismo y el porfirismo. La atención a las complejidades del imperialismo hispano abre otros dos puntos de fuga en el libro: por una parte, el destino general de los imperios y, en particular, el futuro del imperio liberal estadounidense; por otra, el choque entre culturas, religiones y aun temporalidades dispares. Estamos, pues, ante la paleta bien amplia de un volumen que nunca aburre, incluso allí donde uno temía –por la ajenidad aparente del asunto– que lo hiciera.

Si bien el origen de los textos es diverso, publicados como están con anterioridad en distintas revistas y periódicos, a todos los mueve una misma intención: mantener una conversación de ideas con hombres –mujeres no hay ninguna– de ideas. Quiere así Krauze honrar la afirmación de Gabriel Zaid conforme a la cual la cultura es conversación, haciéndola conversación vivida y no meramente libresca. Y quiere, también, trasladar a este género su pasión confesa por la biografía, más concretamente por la biografía a la manera anglosajona que él mismo ha tratado de cultivar: una que pone en relación al personaje con su época. Ya hemos dicho que la época es el siglo XX, pero añadamos también, antes de entar en mayores detalles, una relación de los personajes –las personas– que hablan con Krauze en estas páginas. Si el primer entrevistado, un Jorge Luis Borges que habla sobre Spinoza, aparece como hors catégorie, los demás encuentran encaje en las distintas secciones del libro, dedicadas a la heterodoxia intelectual (Isaiah Berlin, Joseph Maier, Leszek Kołakowski, Mario Vargas Llosa), la sociedad y el imperio norteamericanos (Irving Howe, Paul Kennedy, Daniel Bell), Oriente Medio (Yehuda Amijai, Bernard Lewis, Donald Keene), el mundo hispánico (Miguel León Portilla, John H. Elliott, Hugh Thomas) y México (Charles Hale, Octavio Paz, Luis González y González). Para terminar, el propio Krauze es entrevistado por Christopher Domínguez Michael para Letras Libres, la magnífica revista fundada por el primero como heredera de la legendaria Vuelta de Octavio Paz.

No es posible, en el corto espacio de una reseña, dar debida cuenta de estas apasionantes conversaciones. En buena medida porque, a pesar de su vocación liberal –o precisamente por esa razón–, no es éste un libro de tesis; pueden discernirse, en cambio, algunos temas recurrentes. Dejaremos fuera a un Borges que responde a los elogios del por entonces joven Krauze de forma característicamente borgiana: «No, no. Ustedes se equivocan conmigo. Yo soy una alucinación colectiva». Su charla es breve, pero memorable.

De alucinación colectiva podríamos tachar también a la utopía socialista, que produjo hace ahora cien años una formidable equivocación: el comunismo soviético. Su origen no deja de ser una idea, como subraya un Berlin que defiende el papel de los individuos en la historia por encima de sus condiciones materiales y, en consonancia con su tesis, apunta que las revoluciones suelen deberse al empuje de las minorías agresivas sobre las pasivas mayorías. Algo que también cree Daniel Bell, para quien la pobreza no genera insurrecciones: es la intelligentsia marginal y descontenta la que toma la iniciativa. Berlin también enfatiza el peso que posee el milenarismo en la utopía comunista:

Hay quien cree que en un mundo perfecto la justicia sería innecesaria, lo mismo que la piedad. Pero no podemos concebir siquiera los perfiles de ese mundo.

Miembro del Instituto de Investigaciones Sociales o grupo de Fráncfort en el exilio, Joseph Maier trae a colación una sentencia del Sanedrín judío del siglo III que solía citar Gershom Scholem: «Que el Mesías venga, pero no en mis días». A su juicio, si Marx deja en los francfortianos una huella, es la del redencionismo histórico, fantasía infantil que adopta cariz negativo conforme avanza el siglo. Baste recordar que Max Horkheimer y Theodor Adorno tacharon a la Ilustración de totalitaria, cosa que Maier explica así:

como no se hicieron realidad ni sus sueños ni sus esperanzas, mis maestros se adhirieron a la filosofía de la desesperación. Su creencia en el progreso eterno se transformó en la creencia en el retroceso constante.

¡Todo mal! Kołakowski, por su parte, cifra el éxito del marxismo en su capacidad para proporcionar respuestas «científicas» que cualquier creyente, con indudable satisfacción emocional, podía enarbolar. Desde ese punto de vista, añade, no hay nada de sorprendente en su éxito. Fatalmente, la combinación de dogmatismo y negativismo es apreciable en la Nueva Izquierda que surge en los años sesenta al amparo del estallido de la contracultura: si Maier, como, por cierto, hiciera Hannah Arendt, reprocha a aquella corriente teórica carecer de otro programa que no fuera la destrucción de lo existente, Irving Howe, fundador de Dissent, dice lo mismo cuando evoca a los Weathermen, grupo terrorista que ponía bombas por creer que Estados Unidos era un país «liberal-fascista». De este punto de vista se libró Krauze mismo, según cuenta, mientras trabajaba como empresario en su juventud y los obreros de la fábrica, habiendo confesado él a modo de exculpación que carecía de beneficios, le pidieron que los aumentara para la mayor prosperidad colectiva. Pero quizás el pensamiento más original sobre las revoluciones –en el marco de la experiencia mexicana– lo trae Octavio Paz: que son menos un proyecto de futuro que la revelación de lo oculto de un pueblo, la resurrección de lo que en ellas es más antiguo. Por eso demanda «corregir al liberalismo con el zapatismo», esto es, modernizar sin homogenizar: conjugar al «ogro filantrópico» del Estado con el respeto al individuo y el pluralismo. Un fin deseable para cuya realización no acabamos de encontrar los medios.

Es una intuición la de Paz que no puede sorprendernos, preocupado como estuvo siempre por la coexistencia entre la historia política y la trascendencia espiritual: en una aldea del Himalaya, cuenta, siguió por radio las revueltas juveniles del 68. Se trata de otro de los temas principales del libro, explorado a través de los ejemplos mayores de Israel, Japón y el islam. Yehuda Amijai habla del primero y su rareza: «Somos un Estado moderno y un Estado arcaico, una democracia plena y un orden legal que proviene de la Edad Media». Algo parecido, mutatis mutandis, sucede en Japón, del que Donald Keene destaca una vocación mimética que lo empujó –a partir del último tercio del siglo XX– a copiar a Occidente. Más numerosas son las consideraciones sobre el islam, cuya actualidad no ha disminuido. Bernard Lewis propone una formulación brillante para comprender el papel de la religión en las sociedades islámicas y el concepto de umma o comunidad de creyentes: «Nosotros pensamos en un país dividido en religiones; ellos, en una religión dividida en países». Y tanto él como Bell coinciden en señalar que la principal debilidad de las sociedades árabes es su relegamiento de la mujer. Probablemente sea una de las causas –junto al más general gozo prometido por el capitalismo de consumo– que explican la célebre descripción de Estados Unidos como «Gran Satán» debida al ayatolá Jomeini, cuyo sentido ilumina Lewis: no se trata del gran mal, sino de la gran tentación. Nada que no hubiera podido suscribir Fidel Castro, cuyo régimen comunista no puede explicarse sin el antagonismo con Estados Unidos. Para Hugh Thomas, el resorte básico de la revolución cubana no es otro que el nacionalismo cultural, cuya fuerza descubrió John Elliott en Cataluña al comprobar –con conmovedora sorpresa– que la historia oficial del nacionalismo no encontraba correspondencia en los archivos. Y aunque Thomas admite los logros castristas en materia de sanidad y educación, plantea una pregunta tan elemental como pertinente: «educar, ¿para qué?; preservar la salud, ¿para qué?»

Finalmente, tenemos al imperio español y la complejísima realidad de la Nueva España. Se percibe en relación con este vasto tema el deseo de restaurar la imagen del imperialismo español frente a sus propagandistas negativos. Paul Kennedy destaca la noción española de igualdad cristiana, mientras que John Elliott encomia su deseo de incorporar a los indios –de un modo u otro– a la sociedad que estaban creando, ya que «como dijeron los escolásticos de la escuela de Salamanca, consideraban a los indios como hombres con almas susceptibles de salvarse». Inclusividad en la que abunda Miguel León Portilla cuando anota que muchos indígenas conocieron el derecho español y ganaron pleitos; también las universidades allí fundadas salen a relucir como ejemplo del contraste con otros imperios más intransigentes. Pese a lo cual, como sostiene Charles Hale, el liberalismo mexicano mira más al mundo anglosajón que al español, acaso por la debilidad de la Ilustración peninsular. En cuanto a las causas del fracaso imperial, Elliott apunta hacia la falta de adaptación a unas circunstancias cambiantes y elige el desengaño como palabra clave del siglo XVII español. ¡Si hasta tiene una calle en Madrid!

Basten estas pinceladas para dar una idea del contenido de este volumen gozoso, que nos ofrece una excelente panorámica del siglo XX y, con ello, una ventana desde la que mirar el XXI. Pero no quisiera terminar esa reseña sin anotar en el haber de Enrique Krauze un logro nada desdeñable: evitar la complacencia en el empleo de la etiqueta «liberal», a menudo mero estandarte tribal en manos de sus defensores más autosatisfechos. Nos encontramos aquí, por el contrario, con una amplitud de miras que se corresponde mejor con el natural rechazo liberal del perfeccionismo y con su preferencia por el diálogo, el pluralismo y el pragmatismo. Pasen y vean.

Manuel Arias Maldonado es profesor titular de Ciencia Política de la Universidad de Málaga. Ha sido Fulbright Scholar en la Universidad de Berkeley y completado estudios en Keele, Oxford, Siena y Múnich. Es autor de Sueño y mentira del ecologismo (Madrid, Siglo XXI, 2008) y de Wikipedia: un estudio comparado (Madrid, Documentos del Colegio Libre de Eméritos, núm. 5, 2010). Sus últimos libros son Real Green. Sustainability after the End of Nature (Londres, Ashgate, 2012), Environment & Society. Socionatural Relations in the Anthropocene (Dordrecht, Springer, 2015) y La democracia sentimental. Política y emociones en el siglo XXI (Barcelona, Página Indómita, 2016).

24/04/2017

 
COMENTARIOS

Manuel Arias Maldonado 24/04/17 15:29
FE DE ERRORES: Tal como me apunta Roberto Ramos, uno de los editores de las obras de Victor Serge en España, "Medianoche en el siglo" es una novela, y no las memorias de Serge, que "Memorias de mundos desaparecidos" o "Memorias de un revolucionario". My mistake.

Chalie 19/05/17 14:58
Gracias por compartir el post. Es muy útil para mí twitter viewer

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