RESEÑAS

Ecos de Octubre

Samir Amin
Octubre 1917
Barcelona, El Viejo Topo, 2017
Trad. de Josep Sarret
88 pp. 8 €

José M. Faraldo
La Revolución rusa. Historia y memoria
Madrid, Alianza, 2017
240 pp. 10,20 €

Mira Milosevich
Breve historia de la Revolución rusa
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017
338 pp. 19,90 €

Jacques Sadoul
Cartas desde la revolución bolchevique
Madrid, Turner, 2016
Trad. de Inés y Constantino Bértolo
500 pp. 28 €

El pensador maoísta Samir Amin se aferra al «despliegue de oleadas sucesivas de avances revolucionarios» para aguardar pacientemente el advenimiento del comunismo como «etapa superior de la civilización». Si el capitalismo tardó diez siglos en concretarse, extenderse e imponerse, la Revolución Rusa constituye la primera secuencia –descontada la Comuna de París‒ o, al menos, el feliz presagio del proyecto socialista que está por venir.

A su juicio, la revolución soviética no cristalizó en un modelo socialista, lo cual no la hace desmerecedora de elogio, pues contribuyó al reequilibrio internacional y a la contención del imperialismo capitalista. Amin reivindica en Octubre 1917 el año revolucionario, a Lenin e incluso a Stalin, aunque critica con amargura la progresiva –y casi inmediata‒ deriva del sistema hacia lo que llama capitalismo de Estado, capitalismo monopolista de Estado o, más asépticamente, modo de producción soviético. Asume que la renuncia a la colectivización fue el precio a pagar por el empeño de Lenin y Stalin en mantener la «coexistencia pacífica» [sic] y, previamente, por la necesidad de armarse hasta los dientes contra nazismo y fascismo.

Es un texto breve y plagado de imprecisiones, suposiciones y alguna contradicción, si bien contiene reflexiones interesantes. Respecto de lo primero, nada más empezar dice que el mundo está en deuda con la Unión Soviética por derrotar «en solitario» a las hordas nazis, como si no existiesen los muertos de Normandía. Posteriormente subraya que Stalin buscó un acuerdo con las democracias occidentales para frenar a Hitler. Y que como no lo obtuvo y, además, Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos empujaban con ahínco a la Unión Soviética hacia la guerra contra Alemania, Stalin se vio forzado, para evitarla, a pactar con los nazis. Esmerado malabarismo. Por último, acusa a los norteamericanos de provocar la Guerra Fría; pasa por alto que la Unión Soviética cizañeó con Berlín, y no digamos en Corea. En resumidas cuentas: las concesiones al mercado y al capitalismo, es decir, la Nueva Política Económica y la industrialización fueron obligadas. Esto rompió la alianza obrero-campesina. Así encalló, muy pronto, la utopía socialista.

Amin clarifica las fases de la revolución, que considera en paralelo a la evolución de su propio pensamiento. De esta forma permite interpretar en bloque el período que abarca desde 1917 hasta el derrumbamiento producido en 1992 (el autor no hace uso del término adecuadamente marxista «derrocamiento»): lo que Amin llama el «ciclo soviético». Octubre de aquel mítico 1917 constituyó el impulso fundacional. Ya tenemos noticias de que enseguida perdió fuelle. Desde finales de los años cincuenta, él mismo califica de burguesa a su clase dirigente, la nomenklatura, y critica su camaleónica capacidad de adaptación.

Asimismo, admite que la Unión Soviética no implantó una democracia avanzada y que ni siquiera fue capaz de superar los resultados de la democracia burguesa. No obstante, contribuyó decisivamente a la descolonización e, insiste, al equilibrio entre potencias. A la espera de esa segunda oleada que lleve al comunismo más lejos, aunque sea más tarde, el balance de las revoluciones rusa y china es positivo, porque ambicionaron un sistema que no estaba en el orden del día de las preferencias.

Como no es su propósito, el escritor egipcio deja fuera de su reflexión la apremiante actualidad, hasta donde sí llega la politóloga Mira Milosevich con un riguroso y pormenorizado análisis de la Revolución, sus orígenes, consecuencias y proyección. Amin no esconde el carácter panfletario –dicho sin ánimo peyorativo, se trata de un texto muy personal, muy político‒ de su opúsculo. Por el contrario, Milosevich, en Breve historia de la Revolución rusa,  completa su estructurada y ordenada disección con una última parte que constituye un ensayo en sí mismo: incluye la descripción del sistema político y de partidos actual y el período del «capitalismo gánster». Entre ambos autores queda una conversación pendiente: la cuestión de la «restauración»: el Termidor de Amin y el «neozarismo» que encarna Vladímir Putin. Amin, que toma el término de Trotski, no concreta cuando comienza la fase de «estabilización» de la Revolución. Pudo ser en la década de los treinta o siguientes. Eso sí, deja claro que a la Revolución le falta una nueva oleada. Por su parte, según Milosevich, el presidente ruso revitaliza la tradición autocrática, componente genealógico de la cultura política rusa y que sólo languideció durante los años de Mijaíl Gorbachov. Yeltsin tampoco fue ajeno a ese autoritarismo. Quizás esa debilidad del impulsor de la perestroika explique en parte el fracaso de su propósito.

A estas alturas ya sabemos que los dos, Amin y Milosevich, coinciden en algo: abordan el estudio y el análisis de la Revolución como un ciclo histórico, no tanto como el proceso que se circunscribe principalmente a 1917 y abarca académicamente hasta la constitución de la Unión Soviética y el final de la Guerra Civil. «Hay varias razones que aconsejan examinar la revolución como un ciclo y no como un hecho histórico», dice Milosevich: la Nueva Política Económica, la fundación de la Unión Soviética, los planes quinquenales, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y el colapso del comunismo fueron consecuencias de la Revolución. Y completa su análisis: el actual régimen es una mezcla de los modelos autocráticos zarista y comunista: «El ciclo revolucionario no ha concluido».

Su libro es mucho más preciso en este sentido –y, por supuesto, no «etiquetable», como el de Amin‒ y emplea el plural: las revoluciones rusas. De febrero a octubre de 1917: la liberal y la bolchevique o soviética. Se asoma también, como no podía ser de otro modo, a las vísperas, el Domingo Sangriento de 1905, que obligó al zar a crear la Duma e introducir medidas que, a pesar de ser cosméticas, precipitaron, entre febrero y marzo de 1917, la caída de Nicolás II y la definitiva descomposición del Estado e imperio zarista.

Asegura la autora que «es irónico que el último acto de un zar ruso fuera ilegal. Según la Ley de Sucesión de 1797, Nicolás II no tenía derecho a abdicar en nombre de su hijo, sino sólo en el propio, lo que cuestionó la legitimidad del futuro Gobierno provisional». Dio igual. Mijaíl sólo hubiese aceptado la corona si se la entregaba una Asamblea Constitucional. A los reformistas o revolucionarios burgueses no les dio tiempo a completar el proceso. Lenin les desbordó con su sagacidad y determinación, su elaborada y, al mismo tiempo, burda propaganda de paz e implacable retórica de la violencia.

Milosevich incorpora un enfoque actual al estudio de la Revolución. Para todos los autores considerados clásicos en la materia –E. H. Carr, Richard Pipes, Christopher Hill, o más recientemente, Orlando Figes‒, la Gran Guerra es una variable esencial que explica la Revolución. Las ausencias del zar, las derrotas militares, la situación y división en el Ejército, las deserciones en sus filas, las protestas de madres y esposas en febrero de 1917, la entrega de armas al pueblo, la citada propaganda antibélica de Lenin e incluso el «tren sellado» que atraviesa oportuna y misteriosamente Europa para llevar al líder bolchevique hasta la Estación Finlandia de San Petersburgo convierten a la Primera Guerra Mundial en el «metafenómeno» en torno al cual pivota todo lo demás.

Pues bien, ni Milosevich, ni Julián Casanova en La venganza de los siervos, ni José M. Faraldo, de quien enseguida nos ocuparemos, se limitan a incrustar la guerra en la revolución. El hallazgo consiste en hacer también lo contrario: empotrar la revolución en la guerra. Milosevich lo deja meridianamente claro, pues titula el capítulo que abre la segunda parte del libro –la primera está dedicada a la Rusia prerrevolucionaria‒ «El impacto de la Gran Guerra», que se prolonga hasta la guerra civil soviética.

La influencia de la Gran Guerra nos obliga a rescatar otro título: Cartas desde la revolución bolchevique, del oficial, escritor y político francés, contemporáneo de los sucesos referidos, Jacques Sadoul. De alguna manera abducido por Trotski y la revolución, Sadoul escribe a sus jefes del Partido Socialista de Francia. La obra pertenece al género epistolar, pero es realmente un tratado, un manual de diplomacia. Sadoul no duda entre sus simpatías revolucionarias y la lealtad a su país y partido, y escoge lo segundo, lo cual no evita que se le lleven los demonios por creer que Francia se equivoca en su manera de afrontar la relación con los bolcheviques. El intento de ahogarlos contribuye de algún modo al baño de sangre posterior. El gobierno francés no hizo ningún amago de tender puentes. Probablemente tampoco Lenin los hubiese atravesado: se negó a pagar las deudas de guerra contraídas por el zar con los aliados. Lenin extrajo petróleo del victimismo. En fin, que lo que muestra Sadoul, destacado en San Petersburgo, es la influencia de la Primera Guerra sobre el curso de los acontecimientos.

Uno de los objetivos que persigue Milosevich es explicar el mito de la revolución proletaria. Por eso la lleva hasta nuestros días y dedica el decimosexto capítulo a la propaganda: «Jamás un fracaso de tal envergadura derivó en un éxito semejante». La frase contenida en el prólogo del volumen no es un mero ejercicio retórico: es un punto de arranque para desarrollar su tesis. La propaganda es una herramienta que permite a Lenin conquistar todo el poder y renunciar a la revolución. Efectivamente: el éxito de su fracaso consiste en disfrazar la aniquilación de los principios de la revolución con la defensa de su ideal, devastar con otra contienda que la propaganda de paz bolchevique «vendió» como necesaria –y segó la vida de casi un millón de personas‒ a un país exhausto por la Gran Guerra y abandonar a las primeras de cambio el socialismo, sustituido primero por la economía de guerra y luego por la Nueva Política Económica, sin derribar su mito ni provocar una reacción entre sus bases, perfectamente adoctrinadas. Así, el bolchevismo forjó la leyenda revolucionaria y erigió un sistema «irreformable» basado no sólo en el terror y las purgas, sino en la colaboración y aceptación de buena parte de la sociedad.

Esa aceptación y colaboración duró mientras el régimen se mantuvo en pie. El mito no ha sido extirpado del todo. Los historiadores rusos, señala José M. Faraldo en La Revolución rusa. Historia y memoria, prefieren hablar de Revolución de Octubre que de golpe bolchevique. La antigua fábrica de chocolate Octubre Rojo es un café hípster y el nombre de más de un centenar de poblaciones recuerda a la Revolución. Todo eso es tan verdad como que no hay fastos preparados para conmemorar el centenario. Los rusos no añoran 1917, si acaso los años estables de Stalin y Brézhnev. Por su parte, la perestroika tiene mala prensa.
El libro de Faraldo es una pequeña joya: sintético, valiente, claro, concienzudo y singular. Una investigación sobre el terreno que no elude ningún tema. Repasa el testimonio de varios personajes anónimos, construye un relato también conceptual de la Revolución y se muestra inclemente con Lenin, al que acusa de «deformar» a Marx. No es el primer autor que menciona la traición, ni mucho menos, pero no tiene reparos armar la trama de la revolución en torno al golpe de octubre. Por eso detalla y emplea un fino bisturí para contar lo que sucede en los ocho meses que transcurren entre febrero y el asalto al poder. Los bolcheviques no eran tantos, pero fueron eficaces. El proceso revolucionario encadena revolución propiamente dicha, golpe, guerra y terror y represión.

El golpe, según Trotski, fue una serie de «pequeñas operaciones, calculadas y preparadas de antemano». Jugó a su favor la impericia de Aleksandr Kérenski –jefe del Gobierno provisional‒ y la torpeza y bravuconada del general Lavr Korlínov, acusado de urdir un Putsch contra la Duma, de tal modo que la propaganda bolchevique presentó un contragolpe en defensa de la democracia. La toma del Palacio de Invierno fue una farsa.

A finales de septiembre, los bolcheviques se hicieron con el control de los soviets de San Petersburgo y Moscú. Acto seguido, el Comité Militar Revolucionario –bolcheviques infiltrados en las tropas‒ se hizo con el control del ejército. Lenin depuso al Gobierno provisional y lo sustituyó por uno de partido único. El siguiente paso, harto cruel, fue cumplir otro punto mencionado en su programa: «Transformar la guerra imperialista en una guerra civil», lo cual le permitió crear un aparato específicamente diseñado para el terror: la cheka. Posteriormente disolvió la Asamblea Constituyente y reconoció el derecho de autodeterminación de los pueblos del viejo imperio: más caos sobre el caos. Era el pirómano con el extintor.
Faraldo se plantea de otra forma lo mismo que Milosevich: «Una revuelta contra la Guerra [Mundial], por el pan y la democratización del poder [acabó] en una transformación total del sistema». Esta es la característica fundamental del 1917 ruso. Ambos despojan a Lenin de su leyenda revolucionaria y «pacifista» y desmontan la mística de la revolución, que sobrevivió gracias, de nuevo, a otra eficaz campaña propagandística que sedujo a escritores, académicos e intelectuales de todo el mundo durante las tres décadas posteriores. Al menos hasta el XX Congreso del PCUS, celebrado en 1956, cuando Nikita Jrushchov pronunció un discurso de cuatro horas a puerta cerrada. Reconoció los crímenes de Stalin. Meses después liberó a más de veintiséis mil presos políticos y prohibió el culto personal. Comenzó un período de «legalidad socialista». La fábula de la abundancia perduró unos cuantos años más.

Javier Redondo Rodelas es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid. Su último libro es Presidentes de Estados Unidos. De Washington a Obama, la historia norteamericana a través de los 43 inquilinos de la Casa Blanca (Madrid, La Esfera de los Libros, 2015).

09/10/2017

 
COMENTARIOS

Mª Teresa Largo Alonso 12/10/17 18:02
Coincido con la valoración del profesor Redondo, especialmente en lo referido al ensayo del profesor Faraldo, que plantea nuevas preguntas que obligan a revisar la visión canónica de la Revolución de 1917 más difundida.

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