RESEÑAS

No soy un fracasado

Carlos Abella
Luis Miguel Dominguín. A corazón abierto
Barcelona, Bellaterra, 2016
480 pp. 25 €

Quienes no vivimos la posguerra la percibimos en blanco y negro cuando leemos sobre esos años que se alargan hasta bien entrados los sesenta. La influencia cinematográfica es indudable. Imaginamos aquella época como escenas de películas de Edgar Neville, José María Forqué o Fernando Fernán Gómez: La ironía del dinero, Atraco a las tres, El extraño viaje; con la dureza del cine de Carlos Saura: Los golfos, La caza; con el humor bonancible de La gran familia o el esperpéntico, negro y disparatado de Luis García Berlanga en Plácido o El verdugo. Y siempre, en el trasfondo, la tristeza de las frustraciones, la pobreza y la represión que emana de todas esas películas y que muestra como nadie el cine de Julio Diamante en El arte de vivir o en las tres historias de Tiempo de amor.

Esa atmósfera caliginosa, de tabardos y aguardientes para combatir el frío, y de botas y botijos para defenderse del calor, de golfillos, descampados, tuberculosis y de gente que se trataba de usted, es la que también se vive en el relato de los viajes que Richard Wright, escritor norteamericano, negro y excomunista, hizo a España entre 1954 y 1955. Bajo el título de España pagana publicó Wright sus andanzas por el país, muy influido entonces por el psicoanálisis y la simbología sexual. Bajo ese prisma observó las erectas formaciones de la montaña de Montserrat, así como una capea en Morata de Tajuña a la que asistió acompañado de Harry Whitney, un joven norteamericano que llevaba dos años en España aprendiendo el arte de la tauromaquia. Wright describe perplejo el comportamiento de la muchedumbre. Tras morir cada uno de los toros, la turba asaltaba el ruedo para patear sádicamente los testículos de los animales y escupir sobre ellos. Wright sabía, no obstante, que aquello no era lo habitual en las corridas de las grandes plazas. Unos días antes había asistido en Madrid a una del entonces aún novillero Antonio Borrero Morano, «Chamaco», y había descrito la lidia con minuciosidad, fascinación y mucho interés por lo que consideraba un auténtico ritual que mezclaba simbolismo y arte.

En cualquier caso, sirva la experiencia de Wright para hacernos una idea de cómo era aquella España que se vislumbra hoy en blanco y negro, y en la que cabe situar a Luis Miguel Dominguín. Personaje controvertido y complejo, torero en el más amplio sentido de la palabra; ateo y amigo de comunistas y de los Franco, hubiera votado a Fraga en las primeras elecciones democráticas en España tras la muerte del dictador de no haberse encontrado fuera del país en ese momento. De este Luis Miguel Dominguín se ocupa con meticulosidad y admiración el escritor y taurómaco Carlos Abella en esta biografía.

Como torero, Luis Miguel Dominguín resultó innovador y resume en su figura la esencia del ritual que enfrenta al hombre con la bestia. El periodista Antonio Caballero llegó a convertirlo en adjetivo: «seguridad adominguinada», diría para alabar el aplomo de otros toreros. Y en la necrológica que le dedicó el crítico taurino Joaquín Vidal, quizás el más leído y deleitoso de la prensa española, no escatimó elogios para un torero de «condiciones excepcionales». Según los recuentos que Carlos Abella expone al final de su libro a modo de apéndices, Dominguín sufrió catorce cornadas, puntazos, varetazos y otros percances entre 1946 y 1973. Toreó en ciento treinta y siete plazas de España, Francia, Portugal, América y Marruecos. En total, más de ochocientas corridas de toros. Abella recuenta hasta sus becerradas, con quién toreó y cuáles fueron las ganaderías que aportaron los toros a lidiar. Como detalle anecdótico (que quizá convenga elevar a categoría), la ciudad donde más veces toreó fue Barcelona, con setenta y una corridas; la siguiente es Zaragoza, con treinta y cuatro.

Fuera de las estadísticas aportadas al final del libro, todo él parece un recuento biográfico, narrado por el mismo Abella o como transcripción de las entrevistas que mantuvo con el diestro. A modo de pórtico, recuerda Abella que Luis Miguel Dominguín fue testigo de la muerte de «Manolete», una de las leyendas de la tauromaquia española, acaecida el 29 de agosto de 1947 en la plaza de Linares por una cornada del toro Islero. De la muerte a la vida no hay más que un capítulo, y Abella lo continúa hablando del amor de Luis Miguel Dominguín con Lucía Bosé, casada con el torero en Las Vegas primero, en marzo de 1955, y formalizado el matrimonio en España siete meses después. Tras el amor, la familia: padre, madre, hermanos, hermanas e hijos. Después, los dos capítulos vertebrales de la biografía, donde habla de sus vicisitudes como matador de toros y de su vida intelectual, o cuando menos de su vida rodeado de intelectuales y políticos. Por estas páginas pasan Francisco Franco, Pablo Picasso –gran amigo de Dominguín–, Juan Antonio Vallejo-Nágera, Jorge Semprún, Rafael Alberti, José Ortega y Gasset, Julio Camba, Salvador Dalí o Agustín de Foxá.

Aparece aquí un Luis Miguel Dominguín que intermediaba entre Picasso y las altas esferas del franquismo. El torero negoció infructuosamente el regreso del Guernica a España o el proyecto de crear una plaza de toros diseñada por el pintor en la Casa de Campo. Todo en vano. La amistad con Picasso fue larga y duradera, y eso que Luis Miguel Dominguín recuerda que fue, posiblemente, el único diestro que toreó en Francia que se resistió a brindarle un toro al pintor. Lo entretenido de la biografía tiene que ver con el continuo desfile de anécdotas que Abella pone en boca de Dominguín, y que éste cuenta como manera de perfilar a tal o cual artista o escritor. Para resaltar el carácter españolísimo de Picasso, por ejemplo, «el más español que yo haya encontrado jamás», cuenta cómo, tras acabar un jamón que le había regalado el diestro, le propuso enterrarlo en suelo español; lo había comido con enorme gusto. Así que ambos se fueron al consulado español en Marsella y enterraron el hueso en el jardín, idea que Dominguín describe como «genial». Ante este tipo de chascarrillos se descubre el aspecto frívolo de aquellos artistas que no parecían ser conscientes de que los españoles podrían tener jardín, huerta o, el que menos, un par de macetas con geranios, pero era más raro que ingeniaran el entierro de un hueso de jamón en lugar de preparar un buen caldo con él. La anécdota del consulado de Marsella puede situarse en torno a 1959, cuando la fisonomía de España estaba a caballo entre la de Cervantes y la actual. Contaba el país con cerca de treinta millones de habitantes, el doble que en 1857. Había casi doscientas noventa plazas de toros en el país, en torno a siete mil cines y se representaron unas doscientas cincuenta obras teatrales (la mitad que en 1945). Un auxiliar administrativo cobraba en torno a las cuarenta pesetas por jornada, y el precio de un jamón de siete kilos rondaría las setecientas u ochocientas pesetas, por lo que he podido averiguar en la prensa de entonces y en los anuarios estadísticos de esos años. El entierro del hueso de jamón podrá ser una humorada extravagante, propia de quienes vivieron en su día tiempos bohemios y propicios a anécdotas semejantes; ahora, «genial», probablemente, sea decir mucho.

La de Luis Miguel Dominguín fue una figura controvertida, que Carlos Abella acierta a retratar reflejándola en la de quienes convivieron con él. Así hace con la de Domingo, el hermano mayor del torero, a quien el biógrafo describe como «seductor, bohemio, atractivo y disparatado». Fue apoderado de Luis Miguel después de su padre, y de alguna manera se benefició de la fortuna de su hermano. Invirtió el dinero en negocios que no siempre florecieron, participó en la producción de Viridiana, la película dirigida por Luis Buñuel, y ayudó a financiar una empresa singular: el Partido Comunista de España. Domingo, que también hizo sus pinitos con la lidia, participó en la Guerra Civil bajo las órdenes de José Antonio Girón de Velasco. Al terminar la guerra, Girón quiso incluirlo en su camarilla política, pero Domingo fue uno de tantísimos falangistas de primera hora decepcionados con Franco y su régimen abiertamente antirrevolucionario. Abella cuenta cómo Domingo trabó amistad con Jorge Semprún y Javier Pradera. Según Pradera, la conexión entre Domingo y el Partido Comunista debió de establecerla en alguno de sus viajes a México a través de Isidoro Diéguez. Es difícil que fuera así. Diéguez había sido un destacado miembro del Partido Comunista durante la guerra, fue miembro de la Junta de Defensa de Madrid y se exilió a la Unión Soviética primero y a México más tarde. En México permaneció poco tiempo. Uno de sus nietos, Jorge Diéguez Cobo, me confirma que apenas unos días, pocas semanas como mucho. Fue enviado por el partido a España en 1941, y fue detenido y fusilado unos meses más tarde. Domingo dejó de torear en 1948 y se dedicó a varios negocios taurinos, sin abandonar el aparato clandestino del Partido Comunista. Muchos años después marchó a América y la relación con su hermano Luis Miguel quedó rota tras nombrar éste a otro apoderado. Se suicidó en Ecuador en 1975, dejando detrás una vida digna de ser contada y publicada.

No fue el único suicidio cometido por personas cercanas a Dominguín. Tras su matrimonio con Lucía Bosé se quitó la vida una de sus amantes, la actriz mexicana de origen yugoslavo Miroslava Stern. La relación entre ambos hechos fue toda la explicación que dieron los medios sensacionalistas al respecto. Carlos Abella dedica unas líneas al suceso dentro de un capítulo que viene a ser un cajón de sastre de las relaciones del torero con las mujeres. En él caben Ava Gardner, Brigitte Bardot o Lauren Bacall. Afortunadamente, son pocas páginas y evitan que la biografía de este personaje tan complejo y llamativo se tiña de rosa.

En vívido contraste con las ebúrneas actrices con que intimó, aparece en el libro un personaje singular que viene a ser resumen de esa España de toreros, folclóricas, naipes, anís y tabernas. Un hombre que vendría a ser linde y frontera entre la España popular y la España encopetada, intelectual y socialmente establecida que representaba Luis Miguel Dominguín. Su nombre era Marcelino Cano Ortega y había nacido en enero de 1905 en Madridejos (Toledo). Se lo conocía como don Marcelino, era un señor muy bajito, a causa de una enfermedad de la hipófisis, y dotado de un extraordinario ingenio. Estudió Ciencias en la Universidad Central de Madrid y fue funcionario del Ministerio de Comercio, donde trabajaba como bibliotecario. Era un gran taurófilo y gran aficionado a Belmonte y a Luis Miguel Dominguín. Fumaba enormes puros, era jugador y juerguista, y peroraba en su tertulia en Chicote, donde murió una tarde de septiembre de 1988, dicen que dándole vueltas a un café. En las fiestas navideñas de los Ordóñez, familia de toreros, se terminaba siempre con el «entierro» de don Marcelino, al que metían en la funda de una guitarra a modo de féretro mientras un cantaor y un guitarrista le cantaban un miserere. Las escenas berlanguianas y buñuelescas iban más allá. Dominguín se lo llevaba de jarana, porque a don Marcelino le gustaban mucho las mujeres. En una conversación con Abella, reconoce que todas las anécdotas relacionadas con el toledano «tienen un poco de picante y de morbo». En una entrevista que le hicieron para La hoja del lunes, don Marcelino dice que esas historias «no son publicables» y que su gran afición siempre fueron la literatura y los toros. En esa misma entrevista se queja de la poca calidad de las corridas: «Ahora todo está empobrecido, empequeñecido, ya no hay gestos de toreros, ni los toros son como aquéllos. Te puedo hacer cinco o seis carteles de antes con mucha garra; ahora, no [...]. Las corridas casi todas son iguales. Impera la rutina [...]. Pero el público tiene la culpa, se sabe poco de toros y además es muy conformista. Antes el público de Madrid exigía mucho, sabía de toros. Hacer el debut en la plaza de Madrid era jugársela a una carta entonces». Cuando le preguntan por el mejor cartel que podría confeccionar, asegura: «Sin duda, Joselito, Belmonte, Marcial Lalanda, Domingo Ortega y Luis Miguel Dominguín. En él está todo el toreo. Eso sí, tendría que ser con toros de antes, no con los de hoy».

Luis Miguel Dominguín. Figura extraordinaria del toreo y figura en las revistas del corazón, pero suturando ambos puntos, un hombre admirable por su inteligencia y capaz de fascinar a los grandes intelectuales de su época. Así se muestra en esta biografía casi hagiográfica de Carlos Abella. No es la única dedicada al torero. La primera es de 1949 y fue escrita por Alfredo R. Antigüedad: Y el nombre se hizo renombre (La novela de Luis Miguel). El mismo Carlos Abella publicó otra en 1995, y un año después Marié Morales sacó a la luz en una colección de la revista Pronto el libro Luis Miguel Dominguín. La vida de un gran seductor: toros y mujeres sus grandes pasiones. Y finalmente, en 2008, se editó la biografía escrita por Andrés Amorós, Luis Miguel Dominguín. El número uno, donde el autor, que escribe con igual pasión de Ramón Pérez de Ayala que de la tauromaquia, incluye varias crónicas taurinas que dan idea del arte torero de Dominguín.

En 1977, Marisol Colmenero entrevistó al torero para Mediterráneo. Llevaba algunos años retirado definitivamente. Tenía cincuenta y uno, y aparece en las fotografías con aire despreocupado fumándose un pitillo. Reconoce que no cree en Dios, que es llorón por naturaleza y que para «autoeducarse» se va solo a los Andes con una tienda de campaña para darse cuenta de que uno no vale nada. Al regresar a España se reintegra de nuevo en las fiestas y en las juergas. Declara estar escribiendo recuerdos de su vida, pero sin ánimo de publicarlos, y dice no ser ya ni torero, ni empresario ni playboy. No se siente fracasado, pero una persona que lo tuvo todo dentro y fuera de los ruedos, que fue piedra de toque de una España que pugnaba por olvidar la guerra y que aguantaba su represión y su tristeza con los toros, las flamencas y los amoríos de las estrellas, considera que no consiguió todo lo que quería. De la lectura de este libro de Abella no se llega a saber qué quiso Luis Miguel Dominguín, pero sí que lo consiguió absolutamente todo.

Sergio Campos Cacho es bibliotecario, coautor de Aly Herscovitz y colaborador de Arcadi Espada en su libro En nombre de Franco. Los héroes de la embajada de España en Budapest (Barcelona, Espasa, 2013).

20/02/2017

 
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