RESEÑAS

Recuerdos de un viaje de 1941

Jon Juaristi
Los árboles portátiles
Barcelona, Taurus, 2017
464 pp. 20,90 €

Ensayo, novela, autobiografía

Para los maniáticos de la taxonomía no será fácil determinar el estatuto genérico de este libro de Jon Juaristi. Su contracubierta habla de una visión «casi novelesca», pero la colección en que figura –Taurus Historia– y la propia ejecutoria del autor lo remiten a la condición de «ensayo», un género que de suyo puede considerarse una variedad de la autobiografía y un heredero de la escritura moral –que amalgama noticia y experiencia, reflexión y divagación–, pero que pasa de largo por la imaginación y se detiene justo a la entrada de la exigencia del tratado o del rigor de la monografía.

No faltan, sin embargo, algunas pistas para el despistado. En la página 24 de Los árboles portátiles se habla de W. G. Sebald, «un autor que aprecio», aunque sea para enmendar sus noticias sobre la húngara Paula Horváth (que fue amante del pretendiente carlista Carlos VII). Las cascadas de noticias y las almonedas de objetos pretéritos son la médula de las novelas de Sebald, tanto como lo son los protagonistas-receptores, viajeros perplejos de otro tiempo: el Sebald convaleciente que recorre el Este de Inglaterra en Los anillos de Saturno o el huérfano judío Austerlitz que indaga en su pasado y da nombre a su novela. Pero me resulta más significativo el elogio más decidido que, no muchas páginas después, hace Juaristi de una preciosa novela de Jean Echenoz, Ravel, que con cuidadosa asepsia emocional dio cuenta de los años finales de la carrera de un músico que vivió casi a la vez su consagración como artista y su decadencia física. A Juaristi le atrae la divagación con fundamento in re, la asociación espontánea de los conocimientos y el peculiar aroma que confiere el recuerdo a lo que se evoca. Pero no renuncia a la mala uva, ni le gusta la complacencia sentimental y busca un propósito argumental más definido; al respecto, los encomios más significativos se enderezan a Pío Baroja por cuenta de la descripción del Port Vieux de Marsella que, en las páginas de El laberinto de las sirenas, consigue una imagen mucho más vivaz que las prosas de Ernst Jünger, Joseph Roth y Joseph Conrad. Y es que Baroja intuyó de maravilla los pasadizos que comunicaban la novela y la autobiografía, el ensayo histórico y la ficción.

A la hora de terminar Los árboles portátiles y de burlarse un poco de la erudición al uso, Juaristi se siente tan a gusto en este «contar a la manera medieval, mezclando estilos» que cede la palabra a su mentor y reproduce casi exactamente el final del capítulo «Shanti se disculpa», que abre Las inquietudes de Shanti Andía: «Mi público no me reprochará mi falta de atildamiento. Más que para los jóvenes críticos del casino de Lúzaro, escribo para mis viejos amigos –gotosos, sordos y diabéticos– del Guzurrechape de Cay Luce (el Mentidero del Muelle Largo)» (solamente la impiadosa enumeración que va entre guiones es de la cosecha del escritor moderno).

Pero, por supuesto, hay más pistas en este libro que nos conducen a otros que se extravían adrede en los estantes bien provistos de su memoria: alguna vez se cita a Jorge Luis Borges por cuenta de los listados y del don de recordar, y a Umberto Eco porque ha hablado alguna vez de «bosques narrativos», y el nuestro lo es, aunque de «árboles portátiles». Y no mucho antes, al final del epílogo, confiesa que «me hubiera gustado escribir algo como TTT [Tres tristes tigres], de mi admirado Guillermo Brown Cabrera Infante», que tampoco está nada mal como invocación propiciatoria.

Tirar de los hilos

En puridad, Jon Juaristi es un filólogo, cuya práctica del oficio tiene bastante que ver con aquella definición de «Philología» que daba en 1737 el viejo Diccionario de Autoridades: «Ciencia compuesta y adornada de la Gramática, Rhetórica, Historia, Poesía, Antigüedades, Interpretación de Autores y generalmente de la Crítica, con especulación general de todas las demás Ciencias». La filología es, en fin de cuentas, el arte de proponer apuestas cognoscitivas y de tirar de los hilos. ¿Podrá dudarlo quien lea, en las primeras páginas de este ensayo, el habilidoso y sugerente comentario de texto que el autor hace de una estrofa de la «Égloga a Claudio», de Lope, por cuenta del título que ha elegido para su libro? ¿Y no se convencerá todavía más cuando, al final de sus variaciones sobre el tema de los árboles y los bosques, concluya que «en rigor, cualquier imagen puede convertirse en metáfora de cualquier cosa. Basta con proponérselo»? La ley de este libro es la libre asociación de ideas que cada mención procura: el nombre de un buque nos lleva a Nantes, donde nació el marino Paul Lemerle, pero también hay que narrar la vida y la muerte de este infortunado (torpedeado su barco por un submarino alemán en la guerra de 1914). Y de allí pasar a otro nuevo navío, botado en Burdeos, que fue bautizado con su nombre, Capitaine Paul Lemerle, y sorprenderlo en el puerto de Marsella, donde en marzo de 1941 se aprestaba a embarcar a los pasajeros de la última expedición que llevaría a América a intelectuales y políticos cuya seguridad en la Francia de Pétain era más que problemática. Pero ese mismo hilo conduce a evocar Casablanca, la película de Michael Curtiz que todos asociamos a aquellos tráfagos inciertos en los que la vida dependía de un salvoconducto. Y de ahí pasamos al dramatis personae del viaje que va a contársenos.

En aquel carguero («una lata de sardinas con una colilla de cigarro encima», lo definió Victor Serge) embarcaron unos doscientos, entre los que se contaban André Breton, jefe (aunque discutido) de las filas surrealistas y su compañera de entonces, Jacqueline Lamba; Claude Lévi-Strauss, que era un prometedor antropólogo y viajaba con su esposa; Victor Serge, revolucionario y escritor, paladín del trotskismo y estigmatizado por los partidarios de la Tercera Internacional; Anna Seghers, importante escritora alemana, que –como los pasajeros Lion Feuchtwanger, novelista, y Alfred Kantorowicz, historiador− era de raza judía; Wifredo Lam, un cubano de origen chino y negro, que se había formado como pintor en España y Francia, y un exiliado español, Toribio Echevarría, político socialista que había sido uno de los fundadores de la cooperativa industrial ALFA, en Eibar, y en julio de 1936 fue nombrado delegado de la CAMPSA.

Cada uno lleva su historia y esta conduce a Juaristi a tirar de nuevos hilos de asociaciones y coincidencias, que se remiten a menudo a los diez años precedentes. El trotskismo declarado de Serge y las simpatías de Breton por el movimiento nos llevan al México de finales de los años treinta. La progenie de Lévi-Strauss nos conduce a un divertido escolio sobre los judíos que escribieron música popular durante el Segundo Imperio, al recuerdo de la larga y fecunda estancia brasileña de entonces joven antropólogo, o a la función social de las lenguas no hebreas habladas por judíos, el yidish y el ladino. La vida de Toribio Echevarría permite una divertida estampa de Eibar, «ciudad industrial, tauromáquica, socialista española, anticlerical, republicana y vascohablante», que el autor apostilla con un «¡qué raro! ¿no?», quizás innecesario, pero cargado de razones. La larga travesía del buque hacia el Caribe –con escalas en Orán, Casablanca y Martinica– suministra más sabrosos desvíos: se recuerdan las películas que han filmado viajes azarosos a destinos inciertos, como El viaje de los malditos, basada en la novela de Katherine Anne Porter, y Exodus, en otra de Leon Uris (aunque a Juaristi se le haya pasado por alto la importante tragedia de Max Aub, San Juan, muy parecida en su planteamiento a la primera obra citada). Y la estancia en Martinica permite que se recuerde la explosión del volcán Monte Pelado en 1902 y que se mencione la película Tener y no tener (1942), en la que Howard Hawks convirtió la novela breve de Ernest Hemingway –cinco años anterior– en algo muy parecido a la exitosa Casablanca. Aunque también la isla sirvió para que Breton se encontrara con el poeta nativo Aimé Césaire y, entre uno y otro, se inventaran un «surrealismo negro» que, muy poco después, tendría su expresión más lograda en los cuadros de Wifredo Lam, que era otro compañero de expedición.

Todo esto, y lo que vino después, cuando los pasajeros se dispersaron por diferentes destinos americanos, se cuenta a partir de sus propios testimonios escritos y de las averiguaciones del autor, de sus conjeturas atrevidas y sus dudas escépticas o de sus sarcasmos. Lo he señalado más arriba. El ensayo deja siempre lugar a la intromisión del escritor y, de añadidura, un exergo de su amigo Félix de Azúa, siempre retador e insumiso, parece autorizarlo con su ejemplo. Jon Juaristi está allí, dentro de su obra, sin poder resistirse a un juego de palabras humorístico (ya sea culto, ya vulgar), a una maldad acerca de sus propios personajes e incluso a introducir un cameo de sí mismo en estas páginas: unas veces lo vemos escribiendo en los días asfixiantes del estío de 2016; otras, aportando su recuerdo personal de un paraje, e incluso narrando lo que vio en la reunión valenciana de 1987 que conmemoraba el cincuentenario del Segundo Congreso por la Libertad de la Cultura de 1937, quizá porque no hay segunda parte que sea buena.

Una feria de las vanidades

Jon Juaristi escribe casi siempre sobre lo que no le gusta, desde que lo hizo para denunciar la existencia de un bucle melancólico en la vida política de sus paisanos o, diez años antes, para mostrar los pasos de la invención del linaje de Aitor. Su novela Caza salvaje trazó el recorrido histórico de los nacionalismos vengativos europeos, enlazándolos por un símbolo, un destino y una metáfora. El símbolo es el cura réprobo Martín: un Proteo que adopta la forma que le conviene, con algo de Fausto menor (todas las mujeres que posee se llaman Margarita). Su destino es mimetizarse con todo nacionalismo emergente, enlazando así la Guerra Civil en el País Vasco, la ocupación de Francia, la vida en Berlín en 1945 y, luego, las pugnas en los Balcanes de Tito y en la España antifranquista de los años setenta. Y esos nacionalismos se expresan mediante la sugerente metáfora de la caza, de la horda primitiva que se reconoce en la violencia, en la destrucción convertida en juego. En su más reciente libro, A cambio del olvido. Una indagación republicana, escrito con Marina Pino, ha recobrado –a través de dos perspectivas diferentes– la persona y las dos familias del político Tomás Bilbao, un nacionalista que aceptó –un año después de la ocupación franquista del País Vasco– ser ministro de Negrín, y de un militar que participó como tal en represión de la sublevación de Asturias en 1934, pero se negó, dos años después, a sublevarse contra la República: el «cruce de memorias» revela la relatividad de lo ideológico y lo brutal e inexplicable de la violencia.

Los árboles portátiles se asoma a un universo ideológico que ostentó la autoridad de ser el «gran relato» colectivo hasta los años finales del siglo pasado, cuando se hicieron tan visibles los deterioros del marxismo, del arte de vanguardia y del estructuralismo (todavía nonato en 1941), que fueron, de un modo u otro, el equipaje que llevaban los viajeros del Capitaine Paul Lemerle en su periplo a América. Victor Serge fue un «revolucionario profesional» que jamás pasó de la conspiración al éxito y que resulta «patético en su énfasis». Sobrevivió a Trotski, su líder, y murió en 1947 en México, el mismo año en que Anna Seghers abandonaba el país (para convertirse en la figura más celebrada de la literatura de la República Democrática Alemana) y en la fecha en que fallecía Simone Weil, la filósofa cristiana: Serge y ella «personalmente debían de resultar inaguantables, pero encarnaron cada uno a su modo la imposible utopía del hombre nuevo». ¿Y qué decir de André Breton, afanado, como siempre, en ocupar el primer plano e incapaz de entender las premisas del mercado artístico norteamericano, en plena «marcha hacia el Oeste» de la vieja vanguardia europea? «Los artistas del siglo XX rara vez fueron heroicos», rezonga el autor con bastante razón. Y, en verdad, «el modernismo [la vanguardia] fue una reacción elitista contra los literatos salidos de los nuevos públicos y contra los literatos modernistas renegados que intentaban ganarse a los nuevos públicos, que eran mucho más amplios que los públicos de los modernistas estrictos. Para estos últimos, el realismo significaba una concesión imperdonable a la vulgaridad».

La sospecha de Juaristi vale por todo un ensayo clarificador, que merecería la pena continuar, y complementa la desconfianza que un luminoso libro de Jean Clair, La responsabilidad del artista (1997; trad. de José Luis Arantegui, Madrid, Antonio Machado, 1999), imputó a una vanguardia narcisista y desdeñosa, siempre proclive a las formas de pensamiento autoritario y más amiga del exhibicionismo que de la reflexión. Pero tampoco sale mucho mejor parado el mundo que encarnaba Claude Lévi-Strauss, aunque al antropólogo le esperaba el éxito en el mundo académico, la entrada de alguna de sus obras (Tristes trópicos, sobre todo) en el ámbito de los lectores no especialistas y, al cabo, la más alta jerarquía en el meteoro metodológico que fue la invención del estructuralismo. El epílogo del libro («Maravillas, marchantes y marxismos») es una ácida despedida de la troupe, que tampoco se olvida de aquel Toribio Echevarría, tenaz cronista eibarrés de su viaje y que no pasó de ser uno de aquellos «obreros conscientes» que se sabían «autodidactas, dogmáticos y pesadísimos, pero no irresponsables». En el fondo, «nunca supo que había viajado con gente tan importante en el Capitaine Paul Lemerle». En cambio, los lectores de este ensayo de Jon Juaristi hemos tenido la suerte de colarnos de su mano en un fascinante escenario para poder tirar de todos los hilos de su tramoya.

José-Carlos Mainer es catedrático emérito de Literatura en la Universidad de Zaragoza. Sus últimos libros son La isla de los 202 libros (Barcelona, Debolsillo, 2008), Modernidad y nacionalismo, 1900-1930 (Barcelona, Crítica, 2010), Galería de retratos (Granada, Comares, 2010), Pío Baroja (Madrid, Taurus, 2012), Falange y literatura (Barcelona, RBA, 2013) e Historia mínima de la literatura española (Madrid, Turner, 2014).

08/05/2017

 
COMENTARIOS

Elena 22/05/17 11:19
¡Gracias por compartir! ¡Es tan interesante!
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